En tiempos en que la escena contemporánea busca ampliar las narrativas sobre identidad, memoria y pertenencia, Alguna vez fue hoy, del dramaturgo puertorriqueño Rafael Pagán, emerge como una pieza de notable sensibilidad humana. Presentada los días 3 y 4 de octubre de 2026, en el Art Theater Mezanine de Nueva York, como parte de Fuerza Fest, en sus 10 años, la obra confirma la madurez dramatúrgica de un autor que entiende que los grandes conflictos no siempre suceden en espacios épicos, sino en los rincones íntimos en los cuales las personas intentan reconciliarse con el pasado.
La obra, reconocida con el Premio Abniel Marat a la Mejor Dramaturgia, dentro del Torneo de Piezas Cortas, encuentra en la sencillez de su planteamiento una sorprendente profundidad emocional. El relato se desarrolla dentro de un atelier de moda, un espacio donde las telas, las agujas y las costuras funcionan como una poderosa metáfora de las identidades fragmentadas y de los vínculos humanos que intentan recomponerse. Allí se enfrentan Alicia, hermana biológica de Frances; y Henry, amigo íntimo y familia escogida de esta persona ausente, cuya presencia domina cada escena.

La premisa es aparentemente simple: decidir qué ocurre con los bienes y el legado de Frances tras su muerte. Sin embargo, la pieza trasciende rápidamente cualquier discusión legal o material para plantear una interrogante mucho más compleja: ¿a quién pertenece realmente una vida: a quienes comparten la sangre o a quienes acompañaron y validaron la identidad de una persona cuando el resto del mundo la ignoraba?
El conflicto adquiere especial fuerza cuando Alicia continúa aferrada al nombre de «Frankie», negándose a reconocer plenamente la identidad de Frances. En ese gesto, aparentemente cotidiano, se concentra una de las reflexiones más potentes de la obra: la invisibilización de las personas trans no siempre ocurre mediante grandes actos de violencia. A veces, se manifiesta en la persistencia de un nombre equivocado, en la incapacidad de recordar quién fue realmente un ser querido o en la comodidad de aferrarse a una versión del pasado que ya no existe.
La dramaturgia de Pagán evita los discursos panfletarios y apuesta por la humanidad de sus personajes. Ninguno es completamente villano ni completamente héroe. Alicia no representa únicamente el rechazo: encarna, también, el desconcierto, el duelo y la dificultad de aceptar cambios que desafían estructuras familiares tradicionales. Henry, por su parte, se convierte en la voz de quienes han tenido que construir sus propias redes afectivas ante la ausencia o incomprensión familiar. La confrontación entre ambos personajes se transforma, entonces, en un diálogo sobre el amor, la memoria y la legitimidad de los vínculos.
Gran parte de la efectividad de la pieza descansa en las interpretaciones de Carlos Omar Fonseca y Cecilia Argüelles. Ambos actores sostienen una tensión dramática constante, navegando con precisión entre momentos de confrontación y profundas revelaciones emocionales. Particularmente destacable resulta el trabajo de Argüelles, quien ya había sido reconocida en el certamen Teatro en 15, con el premio a Mejor Actriz. Su desempeño demuestra una notable capacidad para transitar entre la dureza, la vulnerabilidad y la contradicción interna de un personaje que lucha entre el recuerdo, la culpa y el afecto.
Fonseca, por su parte, aporta una interpretación contenida y honesta, la cual evita cualquier exceso melodramático. Su Henry está construido desde la verdad emocional, permitiendo que cada silencio adquiera tanta importancia como las palabras pronunciadas. La química entre ambos intérpretes convierte el espacio escénico en un terreno cargado de verdades reprimidas, las cuales van aflorando lentamente hasta alcanzar momentos de genuina intensidad.

Uno de los mayores aciertos de Alguna vez fue hoy es que no se limita a hablar sobre la experiencia trans. La obra expande el debate hacia cuestiones universales: el duelo, la amistad, la familia elegida, el derecho a ser recordado como uno mismo y las complejas negociaciones afectivas que surgen después de una pérdida. En ese sentido, la pieza interpela a cualquier espectador, independientemente de su identidad o experiencia personal.
La propuesta también posee una dimensión política discreta, pero efectiva. Al cuestionar quién hereda no solo los bienes materiales sino, también, la memoria de una persona, la obra invita a reflexionar sobre los sistemas sociales y familiares que, históricamente, han excluido a las comunidades LGBTQ+.
Más que ofrecer respuestas definitivas, plantea preguntas necesarias y profundamente contemporáneas.
Con Alguna vez fue hoy, Rafael Pagán demuestra que el teatro sigue siendo un espacio privilegiado para escuchar voces frecuentemente silenciadas. La obra conmueve porque comprende que la verdadera herencia de una persona no reside únicamente en sus pertenencias, sino en quienes fueron capaces de verla, nombrarla y amarla tal como era.
Al finalizar la función, queda la sensación de haber presenciado algo más que un conflicto familiar. Hemos sido testigos de una costura de recuerdos, heridas y afectos que, lentamente, revela una verdad esencial: la identidad de una persona no debe desaparecer con su muerte. Mientras alguien la recuerde y la nombre correctamente, seguirá existiendo. Y ésa, quizás, es la herencia más valiosa que Alguna vez fue hoy deja al público.