Por Alina Marrero
Para Fundación Nacional para la Cultura Popular
En el pasado hemos rendido loas y cedido laureles para la incandescente misión de Teatro en 15. En el presente lo haremos una vez más.
Llegamos a las últimas funciones de mayo en el edificio que alberga Teatro en 15, Calle San Sebastián 111, el domingo en la tarde, cuando se supone que el Viejo San Juan respire más lento, pero no es verdad.
Los augurios eran de protesta esa tarde y al temer a la acostumbrada congestión de vehículos que puede comenzar desde el histórico puente Dos Hermanos, hicimos el emocionante trayecto de tren y guagua desde la Milla de Oro y el calor también era de oro.
Llegamos exactas a nuestro destino con muchos deseos de sentarnos, lo cual hicimos después de contagiarnos con el entusiasmo del público, variado y abundante que engalanaba el patio interior. Nos sentimos tan a gusto que olvidamos el calor.

Teatro en 15 nos esperaba con su exitosa dinámica de seis obras de quince minutos cada una, para escoger a gusto o devorarlas todas en un solo recorrido. Y en este mayo dedicado a la esclavitud, la cartelera era un mapa diverso y encantador.
Los seis dramaturgos, entre nobeles y experimentados, abordaron el tema desde ángulos que iban de lo histórico a lo contemporáneo: la esclavitud en los tiempos de la invasión; la esclavitud que sustenta adicciones y prostitución como mecanismo de supervivencia; la esclavitud que se exhibe en los cuerpos marcados por el estigma y en las brujas que cargan siglos de persecución.
El tema no buscó comodidad. Y aunque cada propuesta encontró su propio lenguaje, hubo en cada una de las mismas un elemento unificador comandado por el brillo de los buenos actores protagonistas varones.
Nuestra ruta comenzó en la sala 4, donde tuvimos un encuentro con “La mala raza”, libreto y dirección de Prince Porto.
La promoción describía: “Entre el sonido del barril y la sombra del cañaveral, una familia revive la historia de una herida que nunca desapareció y de una identidad que se negó a ser borrada”. Más adelante especificaba: “Con Insertos de “Me llamaron negra” de Victoria Santa Cruz”.
La estética del montaje nos dio la bienvenida con vídeos creativos en un bastidor ubicado detrás de los actores y retazos en el techo. La trama comenzó a desenrollarse con simpatía y picardía, algo que reforzó la innegable victoria contra toda adversidad, sin dejar de señalar los escollos en la carretera de la herencia negra, algo que en nuestros días se enfrenta y a veces con intensidad. Esa es la razón por que tenemos prohibido olvidar.
Los actores Karen Andino y Jonnathan Malbert rindieron sus talentos a la disposición de “La mala raza”, aportaron al todo de los placenteros quince minutos que experimentamos. Anthony Valentín, quien nos ha impresionado en ocasiones anteriores, con sus dones de tambores, voz, cuerpo y entrega representativa brilló con luces de neón.
Aplaudimos el tráfico y composiciones escénicas del director. Y aunque nos quedamos sin saber quiénes eran los diseñadores, el arreglista musical y los técnicos, los esfuerzos de la producción (Proyecto T) rindieron frutos.
Animadas y sonreídas, hicimos fila para la sala 5, y alcanzamos a entrar, pero nos tuvimos que quedar de pie. Allí fuimos testigos del “El peso de un color” de Nadine N. Morales y Sophia Falú.
La promoción de esta obra ofrecía una oración contundente y real: “El peso de un color es una obra teatral de estructura simbólica que recorre cuatro generaciones de una misma familia afrodescendiente, para explorar la transformación de la opresión a través del tiempo, desde la esclavitud hasta el presente”.
La propuesta presentó esas cuatro generaciones en orden cronológico y en 15 minutos de duración. Aunque pretenciosa, no dejó de ser interesante, también importante, escuchar con atención la gravedad de la voz de dos jóvenes dramaturgas, entre ellas una de 17 años.
El texto resultó una muestra de lo que podría ser si se revisa. Reconocemos el talento de ambas jóvenes y las alentamos a seguir estudiando y explorando sus posibilidades en el universo de la dramaturgia.
Por otro lado, la dirección (compartida también entre las dos dramaturgas y productoras) merece más atención, sobre todo en el trabajo con los actores, dado que en ciertos momentos eran demasiados los gritos, a veces sin justificación dentro de la línea realista por la cual navegaron.

Por desgracia, no supimos cómo se llamaban los personajes, quienes eran los actores que los interpretaban y sobre todas las cosas, aunque lo suponemos, de quién era la voz de época que se escuchaba ¿por la radio? en una de las escenas.
Fueron los actores Sophia Falu, Roberto Karlos, Liahn Sousa, Yairnel A Ramos, Isvette de Aza, Keyser Z Santana, y Héctor U Ortiz.
Aplaudimos el entusiasmo de todos y esperamos volver a verlos en escena en otra oportunidad.
En la sala 6 logramos sentarnos para saber quién era el “Cura que condena” y entender cuál es la “Cura que condena” para ponerla en práctica. Comenzaremos al decir que el comentario en el título de esta obra de Kiara Jeniva es inteligente y acertado.
Al confesar que las cacerías de brujas es uno de nuestros temas dilectos, revelamos de la misma manera lo cómodos que nos sentimos en la sala. Por supuesto, la cura que condena sería quemar al cura que condena, y aunque eso no sucedió en esta obra de época, es una acción que debemos considerar.
Antes que nos acusen de estar alentando al público a quemar sacerdotes en una plaza pública aclaro que lo expreso en sentido figurado en cuanto a cualquier creencia discriminatorias que podemos albergar. Revelamos a la vez que tenemos entre nuestros amigos atesorados a sacerdotes, rabinos, imanes, ministros, maestros de logias, líderes de convens, divulgadores ateos, etc.
Aunque una religión puede hacernos odiar y perseguir a los adeptos a otros credos y eso lo tenemos que señalar, el discrimen, la injusticia, la ignorancia y al absolutismo son patrimonio de la humanidad.
La promoción de esta obra lo explica sin modificaciones ad hoc: “Cuando la ignorancia y la superstición gobiernan, la voz de una mujer se convierte en llama de desafío y esperanza”.
La dirección de Antonio Asencio fue tan acertada como el título de la obra en su montaje. El público se ubicó entre árboles en el borde de la sala y hasta nos mojó la lluvia cuando la misma se ubicó en la trama. Con elementos mínimos se intentó el ambiente y la hoguera se encendió. Le señalamos que la poseía de un humano que muere quemado no se desliza en el palo que lo sostiene. Pudo haber aprovechado más ese momento dramático final.
“Cura que condena” contó con interpretaciones convincentes, pero en esta ocasión brilló con especial intensidad el trabajo de una actriz. La literatura que nos habían entregado incluía numerosos nombres, lo que nos hizo suponer que los intérpretes doblaban personajes. Como solo conocíamos a dos de ellos, llamé a un actor que no vi en escena para aclararlo. Javier Pastrana me confirmó que la actuación femenina que me impresionó fue la de María del Carmen Muñiz.
Por aquí los nombres del resto del elenco, sin los personajes que interpretaron: Coral Merced, Javier Pastrana, Freddie Acevedo, Kiara Jeniva, Andrés López Sierra, Héctor Sánchez, Joctan Hernández.

Felicitamos a Kiara Jeniva por escoger el tema tan pertinente y construir un texto alrededor del mismo. La alentamos a seguir explorando por esos caminos y a retomar la obra con el propósito de hacerla más larga.
Les enviamos saludos a los diseñadores, los técnicos y demás responsables en el funcionamiento de esta representación.
En la sala 1, se presentaba “Bendiciones pa’ Junito”, la obra que el público de Teatro en 15 premió.
La producción fue de Ken Burgos, quien también protagonizó.
La promoción destacaba: “Junito está cansado de muchas cosas y de mucha gente…pero no piensa irse de aquí. Junito no cree en nadie, ni en la luz eléctrica…Bueno, en esta ciudad insípida, ya nadie cree en nadie. Entre risas irreverentes y un gran sinsabor, Junito quiere expresar su realidad, su situación. De lo que ha de pasar y lo que pasó, Junito es la gente que esta ciudad olvidó”.
Habíamos aplaudido esta pieza original del experimentado dramaturgo puertorriqueño Rafael Pagán, en el festival Ecos, voces y rostros que ha tenido su sede en el teatro Paradise de Río Piedras en el mes de noviembre desde 2024.
El montaje fue galardonado por los premios Myrna Casas que otorga el festival, desde el año pasado 2025. El primer lugar en dirección escénica se le otorgó a Rafael Pagán, quien también obtuvo una mención de honor como dramaturgo.
El actor Ken Burgos recibió una mención de honor. Ambos teatristas, Pagán y Burgos, fueron galardonados con el premio Latin Alternative Theater Award 2025 como mejores dramaturgo y actor.

La pieza, sin duda dilecta del público en general, tuvo una presentación muy aplaudida en el Paradise y nos entusiasmó verla funcionar en una de las pequeñas salas de Teatro en 15. Volvimos a aplaudirla con la misma intensidad.
Ken Burgos domina con los ojos cerrados todos los recovecos del realismo y Rafael Pagán es un dramaturgo soberbio que conoce el área de cualquier escenario.
Sobre los créditos, hacemos la misma observación que hemos hecho, por lo cual no repetiremos.
Pasamos a la sala 2 con mucha curiosidad, no solo porque Esteban Calderón es uno de los mejores actores jóvenes que hemos visto en los últimos tiempos, también porque se estrenaba como dramaturgo Edwin Batista, a quien conocemos como artista plástico, escenógrafo y productor.
“Lo que se siembra en el asfalto” de Edwin Batista tenía en la promoción la siguiente explicación:
“Eloy, un joven del campo que llega a San Juan lleno de sueños para estudiar en la Universidad. Pero la vida en la ciudad es dura… En una plaza, durante la noche, Eloy cuenta su historia con sinceridad y dolor. Recuerda su pasado, sus sueños y como la esperanza se apaga bajo los faroles de una ciudad fría e indiferente. Lo que se siembra en el asfalto…una historia de esclavitud moderna y libertad.
Hemos visto a Esteban Calderón enfrentando retos actorales diversos, en distintos estilos, y no nos deja de sorprender.
Calderón maneja su cuerpo y su voz como armas invencibles, se transforma en lo que la escena le exige, sin titubeos, sin fisuras.
Laureles de oro para este actor dueño de una rara y poderosa fuerza en el pleno dominio de su arte. Un intérprete capaz de gobernar el teatro clásico y el contemporáneo con seguridad, creatividad y verdad.
Laureles de oro para el director Edwin Ocasio, quien también interpretó un personaje de pocas líneas al final. Ocasio logró un resultado notable al escoger el camino de la belleza y empatía en una situación que, en manos menos sensibles, habría obviado la dulce fragilidad del texto para caer en el sendero de lo soez.
Laureles de oro para el nuevo dramaturgo, Edwin Batista, por ofrecer a la dramaturgia puertorriqueña su voz y punto de vista esperanzador en un texto bien construido inspirado en una historia real.
Coronamos con laureles de platino a Producciones Acrópolis haber puesto los créditos de la obra en nuestras manos a través de Edwin Ocasio: Edwin Batista (diseño de escenografía y sonido, regidor de escena y productor general); Edwin Ocasio (diseño de iluminación).

Culminamos nuestra aventura en la sala 3 con “La habitación donde respiro”, escrita y dirigida por Antonio Collazo y producida por Tamara Ortiz, la cual resultó ser un thriller digno de Netflix y de Twilight Zone en una tradición que establece una línea que sostiene Alfred Hitchcock, el maestro del horror.
Esta obra, la cual es indudablemente un detonante de conversación, puede irse por los senderos de la salud mental y la empatía.
Conforme la describía la información que nos llegó: “Erick dedica su vida al cuidado de su madre. A medida que el cansancio y la culpa lo consumen, la línea entre la realidad y su mente comienza a desdibujarse. Sintiendo el peso invisible de quienes cuidan”.
El director cuidó bien su tráfico y las composiciones. Los apagones en escena nos producen sentimientos muy encontrados, pero el apagón que colocó en determinado momento fue crucial. Duró tan pocos segundos que se sintió como el cambio de cuadro de una película. Al regreso de la oscuridad, pasamos de lo que sucedía en la realidad distorsionada del personaje para ver lo que acontece en la realidad distorsionada nuestra.
En cuanto a su trabajo con los actores, aunque se asomaron sus sinceras intenciones, Collazo pudo profundizar un poco más, trabajar algo más con los matices y la voz de Ainara Miranda, actriz que cumplió. De lo que vimos se desprende el potencial actoral de Christian Rodríguez.
Como no sabemos quiénes fueron los diseñadores ni los técnicos, para ellos mis mejores deseos.
Porque sucede con demasiada frecuencia, haremos el comentario cada vez: No le corresponde ni al crítico, ni al reseñista, ni al público ir descifrando sombras para encontrar los nombres que la producción decidió no pronunciar. Reconocer a los equipos creativos y técnicos no es un gesto accesorio, sino parte esencial del oficio. Atiendan, por favor, esta encomienda. El teatro es efímero y su memoria se escribe con nombres y apellidos.
Con todo, salimos con la sensación de haber sido parte de algo vivo, inquieto y necesario. Y, por supuesto, con ganas de regresar.
La temporada de junio de Teatro en 15 está dedicada a los niños. Enriquezcamos las vidas de nuestros hijos, sobrinos, nietos, estudiantes con esta experiencia, que no dudamos serán sensacional.
¡Ovaciones para el futuro de Teatro en 15, muchas veces!