Por Rvda. Arelis Cardona
Para Fundación Nacional para la Cultura Popular
La Capilla del Recinto Metro de la Universidad Interamericana de Puerto Rico contiene la obra titulada Crucifixión, un tríptico en acrílico sobre maisonite de la artista puertorriqueña Noemí Ruíz. La obra data del 1966.
Mientras me desempañaba como Directora de Capellanía Universitaria en ese mismo Recinto, recibimos la obra en el sagrado espacio de la Capilla. Desde su remodelación en el 2010, el tríptico preside e invita a quienes la visitan, a considerar -desde la naturaleza- la crucifixión del Hijo de Dios.
El Dr. Rubén Moreira, en el libro: Noemí Ruíz y su espacio en el tiempo, dice que la obra Crucifixión pertenece al periodo creativo del 1964-69, un tiempo cuando las raíces, los troncos y las ramas van emanando de la cautelosa paleta de Ruíz. La primera vez que contemplé la obra, mi gran sorpresa fue precisamente esa, la presencia del tema ecológico. En cada parte del tríptico, los troncos se entremezclan con las raíces aéreas, constituyendo figuras-árboles y entre sus sombras, se distinguen tres crucificados.
La narrativa bíblica del evangelio de Juan sobre la crucifixión dice que Jesús salió llevando su cruz hacia el Gólgota. Allí lo crucificaron y con él a otros dos, uno a cada lado, quedando Jesús en el medio. Pilato escribió un letrero que decía: Jesús de Nazaret, Rey de los Judíos y lo mandó a poner sobre la cruz. Después que los soldados crucificaron a Jesús.
El Cristo que pende de la cruz-árbol aparece en el centro del tríptico. Una corona de espinas sobre su cabeza, lo distingue. A su derecha e izquierda figuras menos definidas lo acompañan. Una de ellas tiene un hueco en el centro del pecho como si le faltara el alma o el corazón. En el recuento lucano de los mismos hechos, se registra una conversación entre los tres crucificados. Uno, pronunciaba palabras de insultos contra Jesús mientras se burlaba de él. El otro, reconociendo la inocencia del Cristo, pidió misericordia y encontró gracia y salvación.
Las cruces que se levantaron sobre el lugar llamado La Calavera permanecieron allí hasta el día antes de la Pascua Judía, hasta el atardecer del día antes del sábado. Las cruces de la obra Crucifixión parecen estar enmarcadas en el crepúsculo de la noche cuando aún se ilumina parcialmente el cielo, justo detrás de las tres figuras, siendo la luz más intensa la del cuadro central.
Como los judíos no querían que los cuerpos quedaran en las cruces durante el solemne día que se avecinaba, le pidieron a Pilato, que quebraran las piernas a los crucificados para que los quitaran de allí, antes del amanecer. Las piernas quebradas de Jesús se distinguen en el cuadro central dobladas ante el peso del pecado que consigo cargó.
La naturaleza y lo divino invitan a la reflexión profunda y novedosa sobre la muerte de Jesús, el Cristo.
Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él, herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados…más el Señor cargó en él, el pecado de todos nosotros, dice Isaías 53:4-6.
La obra de Noemí Ruíz, vista desde la perspectiva ecológica, sesenta años después, me lleva a considerar la crucifixión de la tierra. A considerar el resultado del pecado del descuido de los recuros naturales, el mal manejo de los desperdicios sólidos, la falta de atención a nuestras playas y costas, el descuido de nuestras fuentes de agua y el descontrolado uso de las fuentes fósiles de energía, entre otros. Ciertamente la tierra gime, como dice el Apóstol Pablo en Romanos 8:22.
Que estos días de crucifixión te lleven a caminar, a observar la naturaleza. Busca las cruces por donde te muevas; y considera aquello que puedes hacer para honrar a Dios y agradecer por su amor sacrificial, procurando la redención de Su creación a través de la obra de arte que es cuidar de cuanto Él nos ha dado para nuestro beneficio. Para que también la tierra pueda recibir, como aquel ladrón que acompañó al Hijo de Dios, gracia y salvación.
(La escritora del artículo es Pastora de la Iglesia Presbiteriana Rvdo. Ramón Olivo Robles en Santurce).