Apuntes sobre ‘’La carta’’, de Adriana Pantoja

El actor Reinaldo Santana junto a la dramaturga y directora Adriana Pantoja y Yariel Hernández (intérprete de lenguaje de señas /actor). (Foto Cristina Martínez Mattei para FNCP).

Por Dr. Carlos Manuel Rivera
Para Fundación Nacional para la Cultura Popular

Bajo el marco del Segundo Festival de Monólogos Ecos, Voces y Rostros, dedicado a su dramaturgia, Adriana Pantoja escribió y dirigió el monólogo “La carta”, homónimo del cuento de José Luis González (1948), en continuidad con el tema de la inmigración, pero con un acercamiento a algunos escritores del setenta, quienes se establecieron en la diáspora estadounidense y presentaron el tema desde posturas antidiscriminatorias y subversivas sobre la identidad genérica, la orientación y la disidencia sexual después de los ataques surgidos en el Bar Stonewall, en la Ciudad de Nueva York (1969); y en el surgimiento de los movimientos de liberación gay.

Escritores de narrativa, drama y, sobre todo, de poesía, como Manuel Ramos Otero, Víctor Fragoso, Nemir Matos, Luz María Umpierre y Abniel Marat, por mencionar algunos, han abierto un discurso polémico y transgresor sobre el tema, el cual desafía la heteronormatividad compulsiva y el esencialismo genérico binario basado en los órganos sexuales.

A finales de la década del cuarenta, un grupo de escritores, la llamada Generación del 45, desarrollaba en sus trabajos el tema de la emigración a los Estados Unidos. Pero este tema se planteaba desde el tránsito de la Isla a la metrópolis, debido a la desaparición de la sociedad agraria y de los procesos de modernización e industrialización que se establecían en Puerto Rico. Escritores como Pedro Juan Soto y José Luis González llevaron su escritura sobre este tema hasta las últimas consecuencias, retratando la miseria y la pobreza que llevaron a los campesinos a emigrar, como resultado de esta transición modernizante; consecuencias catastróficas que pasaban los habitantes de la isla, obligados a buscar mejores condiciones de vida en el país del norte, las cuales resultaron en fracasos para algunos de ellos.

(Foto Cristina Martínez Mattei para FNCP).

De esta manera, José Luis González escribe el cuento “La carta”, de la colección del libro El hombre en la calle (1948), el cual evidencia la pobreza, el racismo, la discriminación racial y la desigualdad de clase de los puertorriqueños en los Estados Unidos. La escritura del cuento se transmite mediante un enmascaramiento del conflicto sobre las realidades circundantes de Juan, personaje principal que, mediante una carta, oculta a su destinatario, su madre, las desgracias que padece en la nueva vida como inmigrante.

Desde la generación del cuarenta y cincuenta, el tema de la inmigración en la literatura y la dramaturgia puertorriqueñas ha sido una constante. Un máximo ejemplo es el de René Marqués, quien desarrolla el tema en su famoso clásico La carreta (1953). Sin embargo, desde finales del s. XX, la literatura puertorriqueña ha dado un giro en torno al tema de la inmigración, la cual ahora no necesariamente se inserta en los problemas económicos como los describían sus precursores de las décadas del cuarenta y cincuenta. Para algunos inmigrantes, su objetivo es buscar aceptación social y política a su identidad, como transgresión al rechazo de una sociedad patriarcal discriminatoria, homofóbica y transfóbica ante sus orientaciones sexuales, preferencias de género, condiciones y estilos de vida personales.

Tan es así que, desde finales del s. XX, se ha cuestionado el comportamiento, la identidad y la subjetivad del ser humano y su género, los cuales han sido regidos fijamente por formas binarias masculinas o femeninas. Según varios pensadores (Michel Foucault, Teresa de Lauretis y Judith Butler, por mencionar algunos), se ha definido al género como un performance en constante construcción, que no necesariamente está adherido a su cuerpo biológico. Según estos teóricos, las tecnologías de control y el discurso biopolítico de poder hegemónico hacia los esencialismos ontológicos de los individuos se han marcado por la imitación o repetición de sus actos genéricos que continuamente se manifiestan en la práctica de su vida diaria. Las inamovibles taxonomías que, de manera categórica, definen a tales sujetos por sus órganos sexuales, pueden, para varios sujetos no identificados con su cuerpo biológico, transgredir normas, disentir y violentar las vigilancias que el discurso patriarcal fomenta en la sociedad de manera rigurosa, punitiva y discriminatoria.

“La carta”, de Adriana Pantoja, pieza que presenciamos el 20 de noviembre de 2025, a las 8:00 p.m., en el Teatro Paradise, de Río Piedras, Puerto Rico, expone esta problemática. En esta pieza, un sujeto femenino, Liza, mediante cartas, revela a su padre -personaje hiper-masculino (súper machista), inmerso en un discurso patriarcal de altas posturas disciplinarias heteronormativas- sobre su cambio de identidad fuera del entorno social y geográfico de la Isla.

El personaje de Quique (el padre) es un hombre maduro, fanático del béisbol, asumido en su propia soledad, al cual lo único que lo sostiene es la transmisión de juegos en la radio y la televisión, la comida y las cartas que recibe de su hija que ha emigrado a los Estados Unidos. Al personaje, lo acompaña, el intérprete de señas para sordos. Éste, en algunos momentos, interpela al personaje con gestos que comentan sobre lo que dice el personaje principal y sus acciones. También ejerce el papel del cartero, quien trae las cartas enviadas.

(Foto Cristina Martínez Mattei para FNCP).

El ambiente se desarrolla de noche, en la sala de una casa de clase media. En el centro aparece un sillón donde el personaje se sienta a ver los juegos de béisbol, con una mesita al lado para colocar la bebida y el sándwich que irá comiendo a través de la acción. Alrededor del piso hay bolas, bates y guantes, los cuales representan el fanatismo hacia el deporte. Además, hay un marco en una mesita con un retrato de la hija, quien podía verse como ese objeto que, en estado recriminatorio, le dice al padre que es mujer y no hombre como él quería.

Al comienzo de la obra, el personaje llega contento, demostrando el placer que le dan los juegos de béisbol y haciendo un comentario crítico sobre cómo en Puerto Rico, recientemente, se deleitan con la música extranjera, cuando la música autóctona es de más alta calidad cultural. La acción queda interrumpida, pues piensa que le falta un buen vino blanco para poder disfrutar del juego. Llegando con el vino, la acción se interrumpe nuevamente, pues se le olvidó con qué acompañar el vino para disfrutar el juego plenamente y sale en busca de un sándwich.

Todas estas acciones las comenta, hablando sobre el estado de salud que debe proteger por recomendaciones médicas; pero el goce de beber vino y de un buen acompañante para comer mientras ve su deporte favorito, sobrepasa las advertencias médicas.

Ya sentado, tocan a la puerta y la acción se interrumpe por tercera vez. El personaje queda perplejo porque, a esas horas de la noche, nadie toca a su puerta. Llega la primera carta y se nos va mostrando cómo el silencio y la invisibilidad, tanto de emisor como de destinatario, toman acto de presencia frente a los tabúes sociales sobre las disidencias o transgresiones sexuales a la norma. De esta forma, la lectura de la carta queda detenida porque su mirada al televisor continúa para ver lo que está pasando en el juego. La carta llega sin remitente, solo con el nombre del destinatario; y, cuando Quique la lee, la misma queda en suspenso, sin continuidad.

Las acciones de Quique continúan en la incertidumbre y la confusión de quién la envía. A veces se pregunta si es la vecina, haciendo comentarios machistas sobre el coqueteo de cartas que hacían los hombres de su época hacia las mujeres. En ocasiones, se detiene a mirar el juego en televisión, pero su mente está cuestionándose continuamente quién escribió la carta y por qué no la finalizó. Nuevamente, Quique se levanta a recibir una segunda carta: la misma vuelve sin remitente y, otra vez, deja al destinatario en confusión. Luego, llega una tercera carta y ahí inicia el punto climático del monólogo.

Alina Marrero y Adriana Pantoja. (Foto Amarilis Cintrón para FNCP).

En ese inicio del descenso del punto climático se informa que la que le escribe la carta es su hija, quien, entre miedo y recriminaciones al padre y al mundo social en general, por sus acosos, burlas y maltratos, confiesa su cambio de identidad de mujer a hombre. Ante esta revelación, Quique queda sin habla y, con rabia, esconde la foto que está en la mesita y arruga la carta, tirándola al suelo. Luego, en reflexiones de segundo, la recoge otra vez, lee su final en silencio.

El sonido de una voz externa a la escena emite el final de la carta. En ello, se acentúa que, a pesar del pasado vivido entre su padre y el mundo social, la hija ha entendido sobre el amor paternal y sobre la concientización social, política y psicológica que conlleva un cambio paulatino de identidad sexual. Al padre le salen lágrimas, se lleva la carta al pecho y, después, la abraza conjunto a la foto que había escondido previamente, quedando la escena en total oscuro.

El monólogo, el cual utiliza el recurso epistolar, muy poco frecuente en el drama y más usado en la narrativa, busca conducir a la audiencia al pensamiento crítico; y nos sugiere sobre cómo el problema de identidad genérica de la hija, escritora de la carta, ha surgido desde la raíz familiar paterna, quien, como fanático deportivo del béisbol, siempre deseó tener un varón. También nos deja ver cómo el padre siempre quiso tener un hombre que siguiera sus pasos en el deporte; un padre que no entendió cabalmente la identidad de su hija, una muchacha que se iba masculinizando en etapas de desarrollo, al igual que el personaje principal de una novela del aprendizaje o bildungsroman.

En este caso, en retrospectiva, la joven regresa desde la infancia a la madurez adulta. Es decir, es una chica que ya se iba formando como varón desde la niñez, que prosigue en la adolescencia y, por último, se realiza en la adultez: una individua que formalizó su iniciativa de cambio, revelándonos que, por encima de la familia, del mundo social que vivió en Puerto Rico, del miedo, la inseguridad y la culpa, tomó la valentía de vivir su propia vida e identidad.

En términos del montaje, con escenografía realista sugerida, luces, sonido, una excelente actuación de Reinaldo Santana y una dirección detallada y estructurada de la misma dramaturga, Adriana Pantoja, nos deja, como receptores, con las mismas preguntas de siempre, en cuanto profundizamos sobre la problemática de género e identidad.

Para finalizar estos apuntes, preguntamos: en el mundo actual, la familia, el padre, la sociedad y el país, ¿estamos preparados o no lo estamos para vivir un mundo de diferencias? Las multiplicidades de identidades sexuadas que desmantelan los binarismos normativos del género, sus roles sociales, sus orientaciones, sus individuales preferencias, placeres y deseos sexuales, ¿pueden ser comprendidos en un mundo cada vez más cambiante en las definiciones de sus sujetos? Como espectadores, estas serían las preguntas que formalizaríamos.

 (El Dr. Carlos Manuel Rivera es profesor en el Bronx Community College, City University of New York, además de actor y dramaturgo puertorriqueño).

 

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