Ruta trazada por la reverenda Blanqui Otaño

Celebra 50 años de la ordenación como primera mujer ministro del Presbiterio de San Juan, Sínodo de la Iglesia Presbiteriana Unida en Puerto Rico.
La reverenda Blanqui Otaño salió de su Lares querido a llevar palabras de fe y esperanza por distintos lugares del mundo. (Foto Suministrada).

Por Vicente Toledo Rohena
Para Fundación Nacional para la Cultura Popular

El pueblo de Lares es su cuna. Un hábitat que recuerda muy bien por su rico y abundante entorno montañoso caracterizado por la agricultura. La reverenda y Dra. Blanca E. Otaño-Rivera (conocida como Blanqui Otaño) reflexiona y viaja en el tiempo, mientras habla de su caminar de la mano de Dios. La reverenda ordenada el 1ro de junio de 1975 en la Iglesia Presbiteriana de Caparra Terrace -donde desarrolló su liderato en su juventud- se convirtió en la primera mujer hispana/latina ordenada en la Iglesia Presbiteriana Unida en EUA (UPCUSA).

Los recuerdos de su pueblo, conocido también por ‘El Grito de Lares’ todavía se mantienen muy latentes en su pensamiento. Una niñez, que no olvida al lado de sus padres Miguel y Dulce, y sus cuatro hermanos.

“Estuve en Lares hasta los 15 años, y después, nos mudamos para San Juan. Pero tengo lindos recuerdos de aquellos tiempos”, dijo Blanqui Otaño vía teléfono a la Fundación Nacional para la Cultura Popular.

Entre anécdotas e historias recordó su primera experiencia con Dios. Instantes que permanecen grabados en su mente y atesora con felicidad.

“Lo que voy a contar fue mi primera experiencia con Dios. Cuando fui para primer grado, era una caminata de 30 minutos hasta la escuela. Mi papá me llevaba, pero el día que no podía, me iba a pie solita. Un día, iba por el camino, donde había una sección llena de tierra y con caña en ambos lados.

Había un caballo en el mismo medio del camino y me dio mucho medio”, narró pausadamente, mientras buscaba en el baúl de los recuerdos.

“No me atrevía pasar, porque pensaba que era peligroso. Me metí por el cañaveral – es mi primera memoria de yo pedirle a Dios que me ayudara- pero sabía que en el cañaveral había ardillas. Le pedí a Dios que me protegiera, porque una ardilla había mordido a un niño en la escuela. Y recibí su contestación, tuve su protección. Recuerdo esa, como mi primera experiencia directa con Dios. Orando y pidiendo a Dios protección”, expresó la reverenda.

En aquellos años, la tradición católica predominaba, y una abuela de sus primos, la buscaba los domingos bien temprano para ir a misa. Tiempos, en que la misa se realizaba en latín; posteriormente, cambió a español. Con el tiempo, no regresó a la iglesia católica.

“Cuando estaba en escuela intermedia una tía, se mudó a la misma calle donde vivíamos e iba almorzar a casa. Siempre nos hablaba de un Dios maravilloso que la ayudaba a seguir adelante, a pesar de ser viuda y con cuatro hijos. Mi tía iba a la iglesia presbiteriana y me había invitado varias veces, pero mi papá no me dejaba ir. Pero llegó el momento de un aniversario, me invitó y fui”, contó con gran emoción, como si lo estuviera viviendo en estos momentos.

“Fue la primera vez que escuché un sermón basado en la Biblia. Predicó el reverendo Nicandro González. Quedé fascinada. Cuando escuché ese sermón, me dije, ese es el mismo Dios con el que caminaba sola y hablaba de niña. Lo identifiqué… Salí bien contenta y convencí a mis padres para que me permitieran tomar unas clases para hacerme miembro de la iglesia. Pero el día que me tocaba el bautismo, creo que, por la misma tensión, me sentí muy mal; y mis padres aprovecharon la situación para no llevarme. Para que no me bautizara en la iglesia presbiteriana”, destacó.

Portada del periódico El Mundo destacando la noticia de su ordenación. (suministrada).

Pero como en la voluntad divina y la obra de Dios no existe las coincidencias ni las casualidades; aguardaban grandes momentos para Blanqui.

“Nos mudamos Para San Juan. Un día caminando para ver dónde quedaba la escuela – Gabriela Mistral- me percato que al frente está la Iglesia Presbiteriana. Y el pastor era Nicandro González. Cuando vi eso, salí corriendo y se lo conté a mi mamá. Empecé a ir todos los domingos a la iglesia. Mis padres no estaban muy contentos, pero me dejaban ir. Y fue en ese ir a la iglesia, donde me comencé a desarrollar como líder. La sociedad de jóvenes fue creciendo poco a poco. Allí se realizaban actividades con otras iglesias y se hacían retiros para la juventud. Recuerdo que hasta prediqué. Los jóvenes predicábamos y teníamos una gran participación… existía mucha confianza en la juventud. Evangelizábamos… Los domingos salíamos de la iglesia y nos íbamos al hospital a orar por los enfermos. Era un ministerio bien activo”, recordó con entusiasmo.

Todo comenzó a caer en su lugar en su entorno académico y profesional. Se graduó de Administración de Empresa y empezó a laborar en una empresa líder en la industria de pintura, en el departamento de contabilidad.

“Un día llegó a mi casa una prima de mi papá que asistía a la iglesia pentecostal. Llegó para que mi papá la llevara al seminario pentecostal; y nos comenzó a contar su historia. Narró sobre un viaje que hizo como misionera a Haití y otros lugares. Igual que le sucedió a ‘Los Caminantes de Emaús’ ya yo sabía que quería ser misionera. Cuando la fuimos a llevar, le dije a mi padre que yo la llevaba. Fui todo el camino haciéndole preguntas. Cuando regresé a casa me dije, ya sé lo que quiero hacer Señor… ser misionera. Ya sentía esa conexión personal con el Señor”, dijo.

Todavía con su trabajo de contabilidad comenzó a realizar gestiones para ir tras el sueño de convertirse en misionera. Luego de asesorarse de todo lo necesario para entrar al seminario presbiteriano, depositó su confianza en una persona que aseguró ayudarla en realizar los arreglos para comenzar el siguiente semestre.

“Cuando fui dos meses antes a la fecha que debía irme, la persona me dijo que no había hecho todavía ninguna gestión, pero que lo haría. Creí tanto en la persona que puse mi renuncia en mi trabajo. Al regresar nuevamente más tarde, no había realizado ninguna gestión… y yo había renunciado a mi trabajo. Tuve que comenzar a buscar otro empleo. Me percaté que no podía delegar mis sueños en otras personas, lo tenía que hacer yo misma”, señaló Blanqui, quien tuvo que buscar un nuevo empleo; en esta ocasión consiguió entrar a la industria farmacéutica.

Siempre mantuvo un gran apoyo en el ministerio de su esposo Rvdo. Canónigo Jorge Juan Rivera (ambos al centro). (Foto suministrada).

Con fe, determinación, ímpetu y disciplina prosiguió muy activa en la iglesia. Colaboró en un programa para usuarios de drogas, para los que deseaban una mejor calidad de vida. Y en compañía de un doctor, enfermera y otros voluntarios en la iglesia; se crecieron en la misión.

“Frecuentaba mucho el seminario. Y en la biblioteca había libros y panfletos que contenían mucha información sobre los diferentes seminarios. Busqué sobre los seminarios de Estados Unidos, donde tomé cursos; y encontré un panfleto de un seminario en San José, Costa Rica. De nuevo, el corazón me ardió como ‘Los Caminantes de Emaús’. Y me dije, este es el seminario donde quiero ir. Tenía dos personas en la iglesia que eran muy apegadas a mí, y oraban constantemente por mí. La oraciones eran para que el Señor abriera puertas, ya que mis padres no querían que fuera para el seminario. Oré con estas personas, pidiendo que, si era la voluntad del Señor, obrara”, narró sobre aquel momento de dar el paso para trasladarse a Costa Rica.

“Di la noticia a mis padres y en la iglesia que me iba para Costa Rica. Mis progenitores trataron de persuadirme para que no me fuera. Opté por visitar a mi abuelo paterno y le conté sobre la situación que tenía con mis padres, que no contaba con su apoyo. Como hombre sabio me dijo: Mira Blanqui, tu no tienes que complacer a tus padres ni a nadie. Lo que tienes es que estar segura del paso que darás; y contestarte la pregunta ¿Estás segura de que esa es la voluntad de Dios para tu vida? Si la contestación es que sí, no tienes que preguntarle nada a nadie”, señaló diciendo que sintió un poco de paz, porque lo recibió como un consejo de una persona sabia.

A partir de ese momento, tomó fuerzas adicionales para planificar y preparar lo necesario para ir tras su decisión de convertirse en misionera.

“El día que fui al aeropuerto, nos marchamos tres. Se unieron dos compañeras. Mi familia fue a despedirme y un grupo de mi iglesia. Mi madre se quedó en casa llorando, y papi, quien pensaba que a último momento me arrepentiría, me echó el brazo y me fui con su bendición”.

Después de esa despedida en el aeropuerto, mi padre y mi madre me apoyaron. Se hicieron miembros activos de la Iglesia Presbiteriana en Viejo San Juan. Fui su hija y su pastora hasta el día en que partieron.

Al llegar al seminario en San José, entró a estudiar teología junto a una de sus compañeras, en un hábitat dominado por varones. Durante el estudio de teología fue que llegó por primera vez la idea de convertirse en pastora.

Un puertorriqueño bautista que residía en Nueva York llegó al semanario como profesor. Como éramos puertorriqueños pudimos hacer buena química. Conocí a su esposa y su familia. Y un día, en la clase de predicación nos dijo que había que buscar un texto y prepararnos para una predicación. Preparar un sermón… Entregarlo escrito y predicar en la clase. Levanté la mano y dije, que yo no iba a ser pastora, no tenía por qué predicar. Voy a ser misionera, no pastora. Y me dijo: ¿Qué sabes tú, si la voluntad del Señor es que tu seas pastora? Esa fue la primera vez que escuché sobre la posibilidad de ser pastora”, expresó pausadamente.

En 1971 obtuvo un grado en Divinidad en el Seminario Bíblico Latinoamericano en San José, Costa Rica. Retornó a Puerto Rico y colaboró con su Iglesia madre (Iglesia Presbiteriana de Caparra Terrace; y con el departamento Educación Cristiana del Sínodo.

“El pastor era José Antonio Bonilla y mantenía a la juventud bien activa. Me puso a cargo de la juventud. Y observando todo lo que pasaba a mi alrededor, comencé a pensar sobre la posibilidad de convertirme en pastora… Todos los lunes, antes de empezar la mañana en la oficina, con puerta abierta orábamos. Y un lunes, el reverendo Bonilla me preguntó, ¿Tú no has pensado ser pastora? Y rápidamente dije sí. Y el reverendo me dijo, yo también lo he pensado”.

En enero 1975, Otaño, fue invitada a trabajar en la unidad de Mujeres Presbiterianas (MP) de la agencia de Programa de la Iglesia Presbiteriana Unida, de EUA. Sirvió a las Mujeres Presbiterianas Hispanas del este de EUA y en Puerto Rico.

Y el 1ro de junio de 1975, Blanca E. Otaño-Rivera fue ordenada en su Iglesia Presbiteriana de Caparra Terrace como la primera mujer ministro de la Palabra y los Sacramentos en el Presbiterio de San Juan, Sínodo de la Iglesia Presbiteriana Unida en Puerto Rico.

“El proceso fue extenso, y había pastores líderes que no me apoyaban. Cuatro de ellos votaron en contra, cuando mi ordenación. Pero eran más los que me apoyaban. El día de la ordenación llegó gente de todas las iglesias de Puerto Rico, en apoyo a la primera mujer pastora. Una iglesia que escuchó al Señor para hacerse receptiva para la ordenación de una mujer pastora”, dijo Otaño.

La pastora predicó y realizó trabajo misionero en Guatemala, Nicaragua y El Salvador por mencionar algunos. (Foto suministrada).

En 1979 fue instalada en la Iglesia Presbiteriana de Guánica. De 1978 a 1980 enseñó Religión y Ética en la Universidad Interamericana de Bayamón; y en 1980 recibió su segundo llamamiento pastoral, de la Iglesia Hugh O’Neill Memorial en el Viejo San Juan. Durante cinco años desarrollo un trabajo con énfasis en Evangelismo y desarrollo de líderes. Además, colaboró con organizaciones ecuménicas y organizaciones de apoyo a la mujer.

La Iglesia Presbiteriana EUA la nombró Obrera Fraternal (1985) para servir a través del Centro Evangélico Latinoamericano de Estudios Pastorales (CELEP).  Sirvió como asesora del Programa de Mujeres del Concilio de Iglesias Protestantes (CEPAD) y profesora en la Facultad Evangélica de Estudios Teológicos (FEET) en Nicaragua; como Asesora del Programa de Mujeres de la Iglesia Bautista en El Salvador; y Asesora del Programa de Mujeres de la Iglesia Presbiteriana en Guatemala. Lugares donde existían gobiernos hostiles y de persecución.

En 1988 fue asignada por CELEP a Brasil, para desarrollar un departamento de Mujeres. Luego fue invitada a trabajar con la Alianza de Iglesias Presbiterianas y Reformadas de América Latina (AIPRAL). Desarrolló e implementó varios encuentros ecuménicos de mujeres Latinoamericanas auspiciados por AIPRAL; y su trayectoria profesional concluyó dirigiendo una empresa privada de Outplacement en PR y el Caribe.

Durante la década de 1990, fue pastora de la Iglesia Presbiteriana de Monteflores -hoy, Iglesia Ramón Olivo Robles en Monteflores- durante seis meses.

En junio de 2023 fue honrada por el Seminario Evangélico de Puerto Rico con un Doctorado Honoris Causa en Letras y Divinidad. Tiene tres libros escritos en colaboración con otras autoras. En 2023 – 2024 desarrolló un proyecto para junto a sus compañeras Pastoras Presbiterianas Puertorriqueñas Jubiladas escribir sus Vivencias Pastorales. Las Vivencias han sido publicadas por Presbyterian Historical Society.

La reverenda Blanqui Otaño se mantuvo firme siempre acompañando a su esposo el Rvdo. Canónigo Jorge Juan Rivera Torres, DEP, de la Iglesia Episcopal Puertorriqueña, en su ministerio. Este año, Rivera Torres partió a morar con el Señor.

Otaño es una mujer de Dios. Siempre receptiva a escuchar su encomienda. Un mujer determinada y firme que trazó un camino teniendo como bandera y estandarte la dirección de Dios.

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