Realmente vivo en una época sombría.
La palabra inofensiva es estúpida.
Una frente lisa es signo de insensibilidad.
El hombre que ríe no se ha enterado aún,
simplemente, de la terrible noticia.
¿Qué época es esta en que hablar de los árboles es casi un delito
porque significa el silencio entre tantos horrores?
Ese hombre que cruza silenciosamente la calle
está, es lo más probable, fuera del alcance de sus amigos, en apuros.
(Primera estrofa del poema A nuestros sucesores escrita por Bertolt Brecht en 1939, durante su exilio en Dinamarca)
Por Alina Marrero
Para Fundación Nacional para la Cultura Popular
Como si no hubiera pasado el tiempo, esos versos del maestro Brecht, que escribió hace casi 90 años mientras enfrentaba el destierro ante la amenaza del fascismo, nos confrontan con nuestra ira, avaricia y estupidez.

Al establecer que nunca desembocaremos en conclusiones apocalípticas y al considerar lo que el padre del teatro épico dejó como ejemplo de acción pletórica en sus cortos 58 años, declaramos que no proponemos dejar de hablar sobre los árboles.
Si nos abraza el pesimismo nos arropa la maldad. Lo anterior no implica vivir fuera de la realidad ni guardar silencio y quedar de brazos cruzados ante las atrocidades que vemos a diario.
Quien puede matar mil vidas también las puede salvar. Si nuestra avaricia conforma el hambre, nuestra estupidez corona la enfermedad y nuestra ira desarrolla la guerra, podemos ser capaces de la paz.
“La liberación de Abelardo Ramírez” de Leo Cabranes-Grant, cuyo estreno mundial ocurrió el 13, 14 y 15 de junio, como parte de la segunda entrega de la serie “Puro teatro” en la Fundación Nacional para la Cultura Popular provoca nuestros comentarios.
Aunque no se basa en hechos autobiográficos, el dramaturgo borda su tesis en una historia cuya experiencia como docente domina.
Abelardo Ramírez (Josean Ortiz), profesor universitario, empaqueta sus tereques en la oficina porque se acaba de jubilar. Emeterio Ruiz (Lucca Rodríguez), ex estudiante de la clase de introducción al teatro de Ramírez entra sin cita y sin ser anunciado para reclamar asuntos pendientes a los cuales achaca la razón de haber abandonado sus estudios.
Los motivos del estudiante nos quitan la respiración. Emeterio Ruiz pretendía que el profesor de actuación vetara a los estudiantes homofóbicos y derechistas por solidaridad al movimiento LGBTTQIA+ y a las ideas políticas que comparten.

Abelardo Ramírez le explica que en su clase no hay otra forma de evaluación que no sea la de hacer un buen trabajo. Por alguna razón, el joven entiende que, al adversario, hay que castigarlo, o un paso hacia atrás, eliminarlo y no quiere ampararse en nada más.
A esas alturas pensamos que estuvimos dormidos con Los Beatles en el sendero de las fresas mientras cantábamos que todo lo que necesitábamos es amor.
Atacar al adversario con la misma estrategia que se critica es una estrategia nefasta ancestral, que parece resolver el asunto por opresión e intimidación, pero que no resuelve, verdadera y profundamente, nada.
Vivir al ser señalados que no somos inclusivos los que no queremos hablar de cierta manera, después que hemos dedicado nuestras vidas a la defensa de tantos asuntos en tiempos cuando, vuelvo a citar a Bertolt Brecht en el mismo poema, “solo había injusticia y no gritería”.
Nosotros sabemos los que es ser abandonados aun por aquellos a quienes defendemos. Con todo, no cedimos ante ningún opresor. ¿Por qué ceder ante injustos reclamos de personas que defendemos?
Como se desprende de nuestras emociones, tomamos bando con el profesor. Estábamos a punto de levantarnos de nuestros asientos para tirar a Emeterio por la ventana, cuando el mismo joven nos reveló que lo que estábamos presenciando era el ensayo de una obra de teatro.

En estos días, hemos renegado de la cantidad de autores que se inspiran en premisas pirandellianas. ¿Habremos descubierto a Pirandello o creemos hacer algo que nunca se ha hecho?
Lo que propone Leo Cabranes-Grant (dramaturgo que puede dar cátedra sobre grandes maestros) en “La liberación de Abelardo Ramírez” es una notoriedad.
El autor retrató lo que está pasando en la grieta generacional convergente. Lo que resulta fascinante es que cuando descubre descaradamente su “mentira”, logra también señalar una estrategia… o solución, lo cual no es misión de rigor del dramaturgo. Pero no deja de ser una aportación extraordinaria.
Leo nos confirma que para vencer al contrincante solo hay que trabajar con él. De esa fórmula de esfuerzo compartido se obtiene una victoria compartida. Esto, por supuesto, no lo afirma Cabranes-Grant por primera vez.
Nelson Mandela dijo una vez: “Si quieres hacer la paz con tu enemigo, trabaja con él”. Y tampoco lo estableció Madiba por primera vez.
Leo parece añadir una nota al calce al implicar el hecho de que no tenemos que cambiar lo que somos ni ceder en nuestras creencias para resolver el conflicto: “Ensayemos la armonía hasta aprenderla de memoria y celebremos la victoria”.

De esa manera, profesor y alumno repiten las partes de la obra que el dramaturgo quiere enfatizar.
Entre las tantas reflexiones que nos ha provocado este texto, nos dimos cuenta de que también nosotros podemos ser peligrosamente intransigentes y esto fue considerado por el autor.
En la obra, profesor y alumno dialogan, y el diálogo, aunque podría ser caldeado, es el camino. Entonces “La liberación de Abelardo Ramírez” es la liberación de todos.
En estos momentos donde lo que les falta a los líderes mundiales es la lira que tocaba Nerón, esta propuesta, resulta alentadora. Laureles de platino para Leo Cabranes-Grant como dramaturgo y provocador.
La sala de presentaciones de la FNCP se convierte en un teatro con escenario y cámara negra para los montajes desde la primera entrega de “Puro teatro” el año pasado. El artista residente, Josean Ortiz ha sido responsable de las dos temporadas.
Ortiz, quien se encuentra en Nueva York presentando con éxito “Tite Curet Alonso: lírica y poesía”, adaptación del libro de Norma Salazar “Tite Curet Alonso: lírica y canción”, fue el director de “La liberación de Abelardo Ramírez”.
Ortiz también diseñó la escenografía, el vestuario, las luces y la utilería. Josean interpretó, además, con credibilidad orgánica al profesor de teatro universitario Abelardo Ramírez.

Aunque lo conocemos con un actor sobresaliente, siempre nos sorprende. Ortiz es un conocedor del espacio escénico donde es dueño y señor.
El joven actor Lucca Rodríguez (todavía estudiante universitario) interpretó al rebelde Emeterio Ruiz. Rodríguez es un actor de incomparable poder en su belleza física y destella imponente seriedad, lo cual para la interpretación de Emeterio fue vital.
Además de ser poseer un ángel luminoso (hay que mirarlo), Rodríguez posee talento natural. Esperamos verlo crecer con acordes de profundidad en sus actuaciones futuras.
La dirección, realista pasiva, fue certera en su tráfico escénico y las actuaciones estaban bien definidas. Unos toques viscerales en momentos donde la emoción lo aclama podrían redondear el asunto con más efectividad.

La charla con el público después de la función es un acento encantador de las obras que han engalanado las temporadas de “Puro teatro”. Para nosotros, este foro inspiró nuestra búsqueda. Agradecemos la experiencia.
Completan el equipo, José Juan Orta (regidor de escena, técnico de luces y sonido, y Myrta Fourquet (boletería).
El estreno mundial de “La liberación de Abelardo Ramírez” de Leo Cabranes-Grant fue una producción ejecutiva de Josean Ortiz para Fundación Nacional para la Cultura Popular, Serie Puro Teatro y Latinx Performance Ensemble.
Una reflexión para añadir –
Inspirados por “Abelardo Ramírez”, y sin pretender convertirnos en los más versados, encontramos algunos artículos interesantes que coincidían en los puntos que exponemos a continuación.
La “generación de cristal” también conocida como “generación de copos de nieve”, es un término que se usa a menudo para las personas nacidas entre 1995 y 2010.
Conforme la definición del diccionario Collins se trata de “la generación de personas que se convirtieron en adultos en la década de 2010, vistos como menos resistentes y más propensos a ofenderse que las generaciones anteriores”.
Se han generado debates sobre el uso del lenguaje inclusivo y la tolerancia a diversas opiniones. Mientras algunos defienden la importancia de adaptar el lenguaje para promover la equidad, otros argumentan que ciertas posturas pueden derivar en la censura de ideas divergentes.
En algunos casos, se ha señalado que estudiantes han presionado a profesores para modificar su discurso o han promovido la exclusión de compañeros con opiniones diferentes.
Algunos estudios han señalado que estos jóvenes pueden sentirse sobrecargados por la cantidad de información y tener dificultades para manejar la presión académica.
Además, son vistos como impacientes ya que están acostumbrados a obtener información, trámites y compras más rápido gracias al internet.
La sensibilidad de nuestros muchachos ante la crítica puede hacer que eviten situaciones de evaluación que perciban como demasiado exigentes.
Por otro lado, su empatía y creatividad pueden ser ventajas en entornos educativos que fomenten el pensamiento crítico y la colaboración.
Como estudiantes, no toleran la posición superior. Más bien desean un profesor que sea su “amigo” y pueden culparlo como causa principal de su falta de concentración.
Esta generación, ampliamente reconocida como “nativos digitales”, enfrenta desafíos descomunales y es menospreciada.
Es hora de reconocer el compromiso de los jóvenes y verlos como personas capaces de hacer contribuciones significativas.
Si desean tener una amplia perspectiva sobre este tema, acudan por favor a artículos serios y a los profesionales expertos.