Por Vicente Toledo Rohena
Para Fundación Nacional para la Cultura Popular
La cita con un músico legendario y de vivencia centenaria me aguardaba. Estaba preparado para dar un viaje retrospectivo a unos años dorados en nuestra música popular; y tener la oportunidad de conversar con uno de sus protagonistas. El puente telefónico me permitió platicar con Aníbal Herrero, destacado saxofonista y arreglista, quien formó parte de las orquestas de Rafael Muñoz y César Concepción, entre otras.

Tertuliamos unos segundos. Me preguntó sobre Puerto Rico -reside actualmente en Texas- y continuó su cariñoso interrogatorio sobre el calor, el coquí; y otros detalles entrañables. Su voz proyecta sinceridad, humanidad y bondad. Y se preparó para contar pinceladas de su trayectoria.
“Yo nací en Humacao, el 1ro de agosto de 1924…”, fue su primera expresión, marcando territorio sobre su procedencia y recordando una fecha centenaria. Tomó una breve pausa, cómo si buscara entre las páginas del libro de su vida.
“Mis tíos y mi padre iban a estudiar a la Universidad de Puerto Rico, y mi familia se mudó a Santurce en 1928… para entonces, tenía cuatro años. De ahí, nos fuimos a vivir a Río Piedras”, narró pausadamente Aníbal Herrero.
“Mi padre y mis tíos fueron discípulos del padre de Don Lito Peña (Don Juan Peña) y de ahí pienso, que viene mi pasión por la música. Mi padre tocaba trompeta, por ahí comienza todo…”, añadió.
En la Escuela Superior Central había una orquesta de estudiantes. Y cómo joven soñador, se vio tocando en el colectivo musical.

“El instrumento que siempre me llamó la atención fue el saxofón. Vi la orquesta de Moncho Usera y esa orquesta tenía tres saxofones tenores. Y cuando terminaron el espectáculo, fui atrás y pregunté cómo se llamaba ese instrumento que me gustaba tanto. Me dijeron, saxofón tenor. Mi mamá vivía en Nueva York y le pedí uno. Me lo envío. Empecé mis clases con Rafael González Peña (primer saxofón y arreglista de la Orquesta de Rafael Muñoz). Iba dos veces a la semana a su casa en la Parada 20 en Santurce y tomaba las clases”, destacó entre susurros y suspiros de nostalgia.
Finalmente, logró tocar con la Orquesta de Estudiantes de la Escuela Superior. Para ese momento, contaba con 15 años. No podía explicar todo lo que sintió y vivió con la experiencia. Al entrar a cuarto año, ya estaba decidido que su futuro estaba depositado en el pentagrama musical.
“En cuarto año, ya había decidido que sería músico profesional. El próximo paso, fue trasladarme a Nueva York. Pensaba estudiar en el Conservatorio de Julliard, pero cuando fui, solo estaban aceptando veteranos, porque estaba terminando la guerra. Entonces, fui a estudiar con el mejor maestro de saxofón que había en Estados Unidos, Joe Allard; y un maestro italo-americano para estudiar armonía y arreglos”, señaló.

Durante la estadía en ‘la gran manzana’ inició su participación con diversas orquestas y distintos grupos. Y llegó, la oportunidad de tocar con la Orquesta de Rafael Muñoz en un club en Bronx.
“Allí junto a Muñoz, grabamos un disco. También coincidí con César Concepción, a quien ya había conocido. Como parte de la Orquesta de Rafael Muñoz toqué durante seis meses o un año… Para ese tiempo, César Concepción estaba empezando a formar su orquesta, así que regresé a Puerto Rico, y toqué con varios grupos hasta que César me llamó. Se le había ido un saxofonista por motivos de salud. Me contrató con la condición de que, si el saxofonista mejoraba, tenía la obligación de integrarlo y yo me quedaba fuera. Acepté… el saxofonista nunca regresó y estuve como cinco años con la Orquesta de César Concepción.
Según fue pasando el tiempo, Aníbal y César fueron realizando una química musical excelente hasta recibir la primera encomienda de arreglar un bolero. A partir de ese instante se convirtió en un arreglista titular de la Orquesta de César Concepción y del sello disquero Ansonia Records. Fue artífice de arreglos musicales memorables como las plenas Santurce y Ponce, por mencionar algunas. Un trabajo orquestal exquisito y prolífero.

“Esos bailes se llenaban… Eran majestuosos. Puedo recordar la gente bailando y nosotros disfrutando la experiencia. El público respaldaba mucho los bailes. Íbamos varias veces al año a Nueva York. El primer año que fuimos a tocar a Manhattan, la fila para entrar era inmensa. Salía del bloque y daba la vuelta a la cuadra”, expresó, tomando una pausa ante el sentimiento de la emoción y la remembranza.
De igual manera, recordó los años de éxito en el popular e histórico Palladium; y sus grandes vivencias en hoteles, centros de bailes, radio y televisión en su Puerto Rico amado.
“Fuimos también a Venezuela y República Dominicana… Los viajes eran un cambio en la rutina de la orquesta. Era como una fiesta y una época en que vendíamos muchos discos. César aprovechaba los viajes a Nueva York para grabar”, recordó Herrero, quien además formó parte de la Orquesta Siboney de Pepito Torres.
Don Aníbal realizó diversos arreglos para otras orquestas y compositores. Habló brevemente, sobre la oportunidad de ir España a grabar; y también, de llegar hasta Buenos Aires, Argentina para plasmar un disco de la gran compositora Puchi Balseiro.

También el legendario músico tuvo una exitosa carrera como piloto de aviación. Fue capitán de vuelo de Eastern Airlines (fundada en 1920 y que se mantuvo vigente hasta 1991). Trabajó como aviador durante 30 años.
“Conocí un amigo piloto e hicimos un trueque. Él me enseñaba aviación, y yo le enseñaba música. Yo acumulé muchas horas de vuelo y me convertí en piloto. Él nunca aprendió música, fui malo como maestro”, soltó una risa.
Llegó el momento de la despedida. Todo lo bueno, tiene un final. Tras un viaje en el tiempo de 25 o 30 minutos al pasado, regresé a la realidad. Agradecido por la tertulia, Herrero dio gracias por el interés de conocer sobre su trabajo musical. Respondí, que somos nosotros, quienes lo aplaudimos y le damos gracias por su brillante aportación.
