Por Windy Cosme
A 38 años del fallecimiento de Ismael Rivera, la Fundación que lleva su nombre, junto al Comité Centenario Tite Curet Alonso, convocaron a una emotiva ofrenda colectiva en el Cementerio de Villa Palmeras, en Santurce. Bajo un cielo despejado y con los tambores como guía, familiares, músicos, amistades y seguidores del Sonero Mayor se dieron cita para rendir homenaje a su legado musical y cultural con amor popular.
La actividad contó con la presencia de Ivelisse Rivera, hermana de Ismael Rivera y presidenta de la Fundación, así como de Hilda Curet, hija del compositor y amigo entrañable Tite Curet Alonso. También participaron artistas como Choco Orta y los músicos Jesús Cepeda, Mario Cepeda, Charlie Pizarro y Jesús Rondón, quienes, junto a otros miembros de la comunidad, encendieron el batey con ritmo, flores, versos y memoria viva.

Durante la jornada se recordó no solo la trayectoria artística del Sonero Mayor, sino también su aporte a la dignidad y el orgullo del pueblo afrocaribeño. Más que una conmemoración, fue una afirmación del orgullo, la resistencia y la ternura que encarnó Ismael Rivera en su voz y su andar. Desde Santurce, su barrio, se reafirma año tras año que Maelo vive en la memoria colectiva de un pueblo que no lo olvida.
Ismael “Maelo” Rivera es un personaje imprescindible en nuestra historia cultural. Bautizado como el Sonero Mayor por Benny Moré, transformó el canto popular con un dominio extraordinario de la clave, la polirritmia y la improvisación. Su grito de “ecuajey” y su sentimiento callejero dignificaron a “las caras lindas” de nuestra gente negra y pobre, y su repertorio trascendió la maravilla de sus interpretaciones para convertirse en legado de pueblo.

Nacido en Santurce en 1931, trabajó desde joven como limpiabotas y albañil, pero su pasión por la música lo llevó a debutar como cantante en 1954 con la Orquesta Panamericana. Al año siguiente, se unió a El Combo de Rafael Cortijo y revolucionó la música popular con temas como «El bombón de Elena», «El negro bembón» y «Con la punta del pie». A pesar de haber enfrentado momentos difíciles —como su encarcelamiento en 1962—, retomó su carrera con fuerza al fundar su orquesta Los Cachimbos y grabar más de una decena de discos.
Maelo colaboró, también, con grandes figuras como Tito Puente y Kako Bastar, y fue el primer cantante negro en aparecer en una película nacional. Entre sus composiciones más destacadas se encuentran «Arrecotín arrecotán», «Mi libertad eres tú» y «Besito de coco». Su legado, celebrado en Villa Palmeras, es el de un artista cuya voz se convirtió en estandarte del sentir popular afrocaribeño.

Como bien dijo Tite Curet: “Fue el sonero más grande que ha habido en la música antillana, con unas condiciones vocales increíbles, un instinto para cantar y un conocimiento de la rítmica… Él fue el adalid de eso, el abanderado principal”.
El pasado martes 13 de mayo, entre flores, plenas, coros improvisados y los acordes de su música, Maelo volvió a cantar en boca de su gente. Porque el Sonero Mayor no ha muerto: vive en la memoria, en el ritmo y en la dignidad de un pueblo que sigue bailando con él.