Por Alina Marrero
Para Fundación Nacional para la Cultura Popular
Cada vez que vamos al Teatro de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras, el cual (insistimos) debería llamarse Leopoldo Santiago Lavandero, los recuerdos de tantas experiencias en ese escenario compiten con todo lo que tienen para ganar.
No fue diferente el domingo 6 de abril, cuando fuimos a ver “La casa de Ramón Iglesia” del laureado dramaturgo puertorriqueño en la diáspora José Rivera.

En esta oportunidad nos sentíamos entusiasmados por dos asuntos. Este año, el teatro cumple 85 años y la ocasión cerraba la celebración.
Además, reviviríamos la experiencia del teatro arena a tres y cuatro lados dentro del escenario que en tantas producciones disfrutamos en la década de 1970: “Tric Trac” de Isaac Chocrón, “Auto de la compadecida” de Ariano Suassuna, “Las tres hermanas” de Anton Chejov, “Asia y el Lejano Oriente” de Isaac Chocrón, “Calígula” de Ricardo Molina, entre otras.
En la entrada fuimos recibidos por Jackmarie Ortiz con un bellísimo programa de mano. Nuestra algarabía fue documentada en un vídeo tomado por Ortiz, feliz coordinadora de producción.
Laureles de oro para la producción. En un momento donde muchos consideran este documento histórico como gasto superfluo, se aplaude un esfuerzo que tiene que ser de rigor.
Con esa euforia entramos al escenario. De inmediato tropezamos con encrucijada de lo fantaseado y la realidad.

El espacio mantenía las cualidades de teatro de proscenio con escenografía (muy bien construida, por cierto) de un solo nivel, de lado a lado, y su imaginaria cuarta pared. El público se ubicaba de frente a la escenografía en lo que conocemos como foso.
Estábamos, literalmente, al filo de la cuarta pared y teníamos la sensación de que la escenografía era descomunal.
La escenografía nos proporcionó información relevante. Las paredes estaban deterioradas y los muebles se veían desgastados. No así otros elementos de utilería, como los cubos de metal que brillaban como recién comprados.
Nuestros pensamientos iban de lado a lado con la misma coordinación de la escena del tenis en la película “Strangers On A Train” de Alfred Hitchcock.
No sabemos con exactitud cuándo ni de qué manera llegamos allí, el asunto es el autor de la obra y su relevancia como dramaturgo y guionista importante, atrapó toda nuestra concentración.
José Rivera es un dramaturgo y guionista puertorriqueño nacido el 24 de marzo de 1955, conocido por su habilidad para explorar temas complejos como la identidad y las relaciones humanas. Su talento y profundidad son incuestionables. Su teatro ha sido representado en distintas partes del mundo.
Dicho sea de paso, y como dato, Rivera es el guionista de la serie de Netflix, “Cien años de soledad”, adaptación de la novela de Gabriel García Márquez.
“La casa de Ramón Iglesia” (1982), a cuyo montaje dirigido por Jorge Rodulfo y producido por la compañía Teatro Repertorio UPR Río Piedras, nos referimos es la primera de una trilogía teatral cuya fuente es la vida del autor.

“Boleros para los desencantados” (2008) y “Las horas son femeninas” (2011) completan esta trilogía que explora temas profundamente humanos como la identidad, las relaciones familiares y los conflictos culturales.
Además del fuerte componente autobiográfico, hay un interesante paralelo entre “Las horas son femeninas” (estrenada en 2024) y “La casa de Ramón Iglesia” (estrenada en 1983), ya que ambas obras exploran las complejidades culturales, familiares y emocionales dentro del contexto de la diáspora puertorriqueña en Estados Unidos.
“La casa de Ramón Iglesia” se ubica en la década de 1980, en Long Island, donde vive una familia con tres hijos varones que se trasladó desde Puerto Rico a principios de la década de 1960.
Después de malograr el sueño norteamericano, los mayores deciden vender la casa donde han vivido por años en Long Island, con el propósito de hacer realidad el sueño de regresar a Puerto Rico, con la dificultad de que la casa está a nombre de una doñita puertorriqueña, con leyenda de realismo mágico.
Enfrentan, el obstáculo de que las hijas de la mujer no desean firmar el contrato y la dificultad de que los dos hijos mayores no quieren regresar. El futuro del hijo mayor, graduado de universidad, en Estados Unidos, promete. El hijo del medio se alista en el ejército y el hijo más pequeño quiere darle a Puerto Rico una oportunidad.

Recibimos en esta obra ecos del teatro de Arthur Miller, específicamente de “La muerte de un viajante” (1949), y “Todos eran mis hijos” (1947). Como Miller, Rivera presenta elementos significativos que reflejan la visión crítica sobre el sueño americano y las consecuencias morales de las decisiones y el comportamiento humanos.
Tenemos que contener el fuerte impulso de seguir escudriñando lo que se refiere al fascinante y pertinente autor para regresar a las impresiones de la puesta en escena en el Teatro de la Universidad exactamente dónde nos quedamos, al filo de la cuarta pared.
Comenzó la función y entendimos que nuestras sospechas estaban bien fundadas. La dirección, a pesar de nuestra cercanía, respondía a un montaje para teatro de proscenio. Teníamos esa sensación de estar desnudos en el más que primer plano, como cuando dormimos y tenemos un sueño donde abre el telón y somos el actor que no sabe las líneas.
Lo que se entiende como realismo en teatro de proscenio no se siente como realismo en teatro arena. Visto desde la cercanía para la cual no fue concebido, el realismo de proscenio puede parecer posado y alejado. Confundidos con las intenciones del director, pensamos que tal vez, esa era su intención.
Aunque nos hubiera gustado ver ese realismo incandescente que logra que toquemos hasta los pensamientos de los personajes, cuyo medio hábil idóneo es el teatro arena, la puesta en escena nos ofreció momentos brillantes.

Los cambios de escenografía y luces fueron impecables e imperceptibles. A pesar de nuestra cercanía, se logró casi un efecto de magia.
El vestuario mostró fidelidad a la época (¡ay, el poliéster!) y a los personajes. Los colores, coordinados con la escenografía, solidarios con el montaje, estaban muy bien dispuestos.
Otorgamos laureles para la estética armoniosa lograda entre Israel Franco- Müller, (iluminación); Miguel Vando (vestuario) y, sobre todo a Nicolás Luzzi (escenografía) por elaborar el espacio como casa, hogar y limbo donde deambulan los personajes que trabajan en su sueño de regreso y cuyas paredes los inmortalizarán como fantasmas.
El impulso de José Rivera es “ponérselo lo más difícil posible a los actores”, porque, según sus palabras, cree que ese es “el trabajo más gratificante que pueden hacer” (https://www.americantheatre.org/2024/05/10/jose-rivera-and-the-family-storm-of-the-hours-are-feminine/).
Ese desafío fue culminado por Magaly como Dolores Iglesia, la esposa de Ramón, madre de Javier, Julio y Carlos, quien nunca aprendió inglés, reina portadora de la misión de regresar a su pueblo para “echarle maíz a las gallinas” y manipuladora de dulce voz y apariencia frágil hasta más no poder.
Recordamos el primer encuentro que tuvimos con Carrasquillo en un escenario. La vimos porque sustituía a una gran actriz en una obra de teatro para niños, mientras el director comentaba: “Que se cuide la primera actriz porque no hace falta, esa jovencita es extraordinaria”. Entre tantos desempeños memorables la aplaudimos en “Te juro Juana que tengo ganas” de Emilio Carballido.

Otro actor que desde donde quiera que se tira cae de pie, es Mario Roche. Roche construyó a su Ramón Iglesia – patriarca, alcohólico de vocación, que nunca dejó de ser conserje porque montó un negocio de comida que fracasó _ creíble hasta los límites de la credibilidad, con dominio de una técnica pulcra, recursos para regalar, inteligencia y pasión.
Los personajes de Rivera son también un reto para el público que enciende sus expectativas en forma ascendente en la medida de la trama.
Los jóvenes actores Omar Morales, como Julio Iglesia el incomprendido hijo del medio que decide cerrar filas con el ejército y Paola Tirado como Caroline, la libertina joven “nuyorrican”, con un corazón más grande que la Vía Láctea, se desempeñaron con seriedad y disciplina. Sabemos que veremos más y mejor de ellos en la medida de sus respectivos desarrollos.
Aunque por momentos lo percibimos más puertorriqueño que italiano Manolo Castro interpretó a Nick Calla, comprador de la propiedad, con dignidad.
Otorgamos laureles a Luis Merced por su genuina y hermosísima caracterización de Carlos Iglesia el regalón, ingenuo, noble, sincero. Merced, con auténtica credibilidad, estuvo a la altura de la más exigente expectativa en todos sus momentos. Daba gusto verlo.

Pondremos una corona de laureles en la frente de Héctor E. Rodríguez, por su indiscutible talento y ángel escénico. Su interpretación de Javier Iglesia, hijo mayor y graduado universitario, el único, por cierto, que parecía tener la cabeza encima del cuello, nos agarró desde su primera entrada hasta esas palabras finales dichas con una simpleza que nos hizo temblar.
No obstante, haremos un señalamiento. Algunas escenas, como cuando Caroline le da a Javier el dinero que hizo vendiendo sustancias ilegales porque su enamorado había gastado todos sus ahorros ayudando a sus padres, pecaron por ausencia de reacción emotiva.
Nos hizo mucha falta esa profundidad que se logra con el entendimiento orgánico o visceral (si está bien hecho no importa) de una situación (todo el tiempo: acción – reacción) y que hizo superficial algo de que es de belleza absoluta en nuestra humanidad. Entendemos que esa laguna debió haber sido considerada por el director.
No obstante, agradecemos al director la experiencia de la posibilidad de su montaje, y reconocemos, como positivo, la osadía.
Agradecemos, además, que se haya mantenido el intermedio. Se ha puesto de moda dejar correr durante dos horas o más una obra de teatro sin el correspondiente intermedio salva vidas de la necesidad humana.
Aplausos para el resto del equipo: Soraya Rodríguez (regidora); Jaiyslinn González (utilería); Ema Colón (asistente del director); Adriana Desardén, (asistente de regiduría); Mariana Cartagena Villanueva (maquillaje); Paola Gómez (asistente de maquillaje); Leonardo López Pantiga (fotógrafo y diseñador de publicidad); Jack Mari Ortiz (coordinadora de producción).

José Luis Gutiérrez, Wendel Agosto (construcción de la escenografía); Marisely Cortés (coordinación de vestuario); Christopher “Christa” Romero (asistente de vestuario).
Heriberto González Martínez (director técnico); Karla Quiñones Vega (técnico de sonido); Ana Salgado Pagán (técnico de luces); David Emil Marcano (técnico de tramoya); Ángel Acevedo Prieto (técnico de tramoya); ujieres y estudiantes asistentes (Teatro UPR).
La traducción del libreto original fue un trabajo de los estudiantes y exalumnos del Programa Graduado de Traducción, bajo la supervisión de Aurora Lauzardo.
Las funciones de “La casa de Ramón Iglesia” de José Rivera, se dieron desde el jueves 27 de marzo hasta el domingo 6 de abril.
Finalizamos al volver a otorgar laureles a la compañía Teatro Repertorio de la Universidad de Puerto Rico, que existe desde hace 15 años como una casa productora que combina artistas profesionales con estudiantes de los departamentos de Drama y Música, por sus gestiones.
¡Bravo! Esperamos el próximo estreno.