‘Morir de noche’: provocadora

La década de 1990, donde se ubica la pieza, coincidió con dramaturgos osados que exploraron temas de religión, moralidad y la hipocresía social con un enfoque irreverente y crítico.
“Morir de noche” del dramaturgo puertorriqueño Roberto Ramos-Perea, se presentó a casa llena en el Teatro Victoria Espinosa, bajo la producción ejecutiva de Melissa Reyes para la Compañía Nacional de Teatro del Instituto Alejandro Tapia y Rivera. (Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

Por Alina Marrero
Para Fundación Nacional para la Cultura Popular

El estreno de “Morir de noche” del dramaturgo puertorriqueño Roberto Ramos-Perea, hace semanas atrás, generó en los espectadores un impulso irresistible de opinar, reseñar y criticar.

Las manifestaciones fluctuaban entre lo sublime y la alabanza, hasta señalamientos de aburrimiento, homofobia y misoginia. Sensaciones, por cierto, muy dispares entre el mismo público en la misma sala.

En las épocas tumultuosas le corresponde al arte provocar, y nosotros vivimos, citamos el primer verso del poema “A nuestros sucesores” de Bertolt Brecht, “en una época sombría”.

Ugoh, quien protagonizó la obra que rindió justo homenaje a Esther Mari, recibió elogios por su atinado  desempeño escénico. (Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

Aunque podemos tener una opinión sobre artistas que conocemos y darnos cuenta de las tendencias que existen en determinados discursos a través de las situaciones que desarrollan en sus trabajos, el hecho de, en una obra de teatro, un criminal sea homosexual, o una esposa sea traidora y taimada, no indica que el autor sea ni homofóbico ni misógino.

Por supuesto, hay que señalar la homofobia, la misoginia y la estupidez, en el amplio panorama de cualquier trayectoria, con la seriedad de la investigación más allá de lo que percibimos, sobre todo en la realidad social.

Pero señalar y censurar son asuntos diferentes. Imponer al arte criterios para crear y desarrollar situaciones y personajes, de parte del gobierno o de un sector social es peligrosísimo. La historia está llena de ejemplos, los alentamos a indagar.

Roberto Ramos-Perea, controversial, provocador, arrogante, pero también trabajador, romántico y arrojado, con más de 230 obras escritas, la gran mayoría estrenadas en y fuera de Puerto Rico, es un pilar del teatro puertorriqueño contemporáneo.

“Morir de noche”, tuvo su estreno mundial en 1996, como una producción de Teatro El Ángel, compañía de la primera actriz puertorriqueña, y entrañable amiga, Esther Mari (1930 – 2010). La ocasión contó con la actuación de su hija Angela Mari.

Emile Zola (Israel Solla), adulto exitoso de muchos méritos, compite con su discípulo Van Gogh (Ugoh), hasta el punto de relacionarse con la prostituta a la que el joven ama. (Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

28 años después, con la producción ejecutiva de Melissa Reyes para la Compañía Nacional de Teatro del Instituto Alejandro Tapia y Rivera, se repuso, con todas las funciones a casa llena, y libre de costo, entre el 6 y el 15 de septiembre de este 2024, en el teatro Victoria Espinosa.

La puesta en escena, que rindió justo homenaje a Esther Mari, fue protagonizada por su nieto Ugoh, hijo de Angela y de Roberto Ramos-Perea.

En 1992, “Morir de Noche” fue finalista en el certamen Tirso de Molina que se otorga en España a lo mejor de la dramaturgia en el mundo hispano, el mismo año en que el texto del propio Ramos-Perea “Miénteme más” obtuvo el primer lugar.

La obra, traducida a varios idiomas, se ha presentado en Cuba, México, Argentina y Puerto Rico. La historia se desarrolla en el Puerto Rico contemporáneo, y los protagonistas roban sus nombres al pintor post impresionista Vicent Van Gogh (1853 – 1890) y al escritor naturalista Emile Zolá (1840 – 1902).

Los temas, que son unos cuantos, giran como planetas alrededor del sol suicidio, acción considerada por el Vincent puertorriqueño, de 25 años, desde que comienza la obra. Esos planetas, satélites incluidos, los cuales logramos ver desde la amplitud de su mapa en relación con los demás, hasta la más cruel intimidad, atrapan al espectador.

Mariana Quiles se destacó por su trabajo como Naná y como Sien. (Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

No obstante, no es el saber lo que va a suceder lo que mantiene la solemnidad de seguir la trama. La humanidad del artista, desarrollada en el diálogo, es lo que nos alienta a no compartir atenciones, y es, a nuestro entender, el logro más sobresaliente de este hermoso texto.

El joven, pistola y dudas en mente y mano, consulta sus asuntos existenciales con Emile, un antiguo profesor de 40 años, mientras comparte su vida, entre el pasado y el presente, con una esposa, una hija, y dos prostitutas. Ninguna mujer es virtuosa en esta obra, pero peor que ellas es Emile. Es este personaje quien pone las etiquetas morales.

Zola, adulto exitoso de muchos méritos, compite con su discípulo Van Gogh hasta el punto de relacionarse con la prostituta a la que el joven ama, nos resulta tan desagradable como la Hedda Gabler de Henrik Ibsen (1828 – 1906).
Encontramos el suicidio tratado en forma “novedosa” en otras obras de Ibsen como “El pato salvaje” y “Cuando despertemos los muertos”. El padre del teatro moderno lo utiliza no solo como un elemento dramático, sino también como una forma de criticar y cuestionar las normas sociales y morales de su tiempo. Roberto Ramos-Perea, indaga ese exterior en el interior.

De repente, y al pensar en los motivos del protagonista para cometer asesinato en la novela “El extranjero” de Albert Camus (1913 – 1960), se nos ocurre pensar como banalidad que el joven Vincent, con fobia a morir de noche, ve en el suicidio la posibilidad de tener el control absoluto de su muerte. Podemos pensar muchas tonterías.

La joven actriz Sol Vega se destacó por la fuerza escénica que comunicó en su corta participación a tan temprana edad. (Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

Lo cierto es que del suicidio nada sabemos y no nos parece que el autor desee darnos esa luz. La persona que se suicida se lleva sus motivos y nosotros lo que podemos es especular.

Roberto Ramos-Perea toma su inspiración del suicidio de su mejor amigo de juventud, un pintor talentoso… algo que nunca entendió.

La obra, aunque tiene similitudes, no se traslada del pasado al presente tal cual fueron las vidas de Emile Zolá y Vincent Van Gogh, ni aun en el asunto del suicido.

Émile Zola, falleció el 29 de septiembre de 1902 en París. Su muerte fue causada por una intoxicación con monóxido de carbono debido a una chimenea mal ventilada. Sin embargo, su fallecimiento ha estado rodeado de misterio y sospechas, ya que Zola había recibido amenazas de muerte debido a su activismo político y social.

Vincent van Gogh falleció el 29 de julio de 1890 a los 37 años. La versión oficial sostiene que se quitó la vida debido a problemas mentales. Sin embargo, su muerte sigue siendo un misterio y ha generado diversas teorías, incluyendo la posibilidad de un accidente o un juego que salió mal.

El joven Ugoh, como Vicent Van Gogh, asumió con valentía la interpretación de un personaje que a un actor experimentado haría temblar. (Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

No hay evidencia directa de que Émile Zola expresara admiración específica por Vincent van Gogh, ya que no se conocieron personalmente ni intercambiaron correspondencia.

La admiración de Van Gogh por Zola está documentada en cartas para su hermano Teo, y es posible que Zola, de haber conocido la obra de Van Gogh, lo hubiera apreciado.

Un momento polémico en la obra es la escena de sexo con la Virgen María.

La década de 1990, donde se ubica “Morir de noche”, coincidió con dramaturgos osados, posiblemente por causalidad, que exploraron temas de religión, moralidad y la hipocresía social con un enfoque irreverente y crítico.

Ejemplo de lo anterior lo tenemos en la obra “La virgen loca” del mexicano Alejandro Licona, donde María es la Madama de un burdel.

Después de las reacciones desbocadas en los Juegos Olímpicos en París 2024, por la apertura “sacrílega” desarrollada por el director y actor francés Thomas Jolly, la cual fue un besito en el cachete al lado de las temerarias propuestas de Licona y Ramos-Perea, el enfoque en el siglo 21 promete guerra intergaláctica.

El derecho, y el deber, del autor a inventar, degradar y glorificar, lo defendemos con pasión pletórica.

Aunque son muchos los comentarios que podríamos hacer sobre el texto, nos detendremos después de observar muy brevemente la influencia que ejerce el romanticismo sobre el autor, hugólatra confeso.

La escenografía, construida con redes y paletas, fue el heraldo de la ruta en el montaje, teatro arena a tres lados. (Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

Al ser capaz de enamorarse y hasta querer casarse con una prostituta, Vicent está muy cerca de Armando Duval (La dama de las camelias, Alejandro Dumas, hijo (1824–1895).

La escenografía, construida con redes y paletas, fue el heraldo de la ruta en el montaje, teatro arena a tres lados. Los bordes formaban un camino en un nivel leve y uniforme. En las cuatro puntas del ring reinaban niveles más elevados y heterogéneos. Pensamos que los dos del frente entorpecerían el panorama.

No obstante, una baranda de madera formaba marcos de ventanas e impartió un punto de vista interesante. El centro, a nivel del piso, estaba reservado para las pasiones carnales. Cada espacio, como metáforas alegóricas, tenía su muy pensada función.

Las luces corrieron su concierto con composiciones visuales en armonía con los actores, lo empático, lo pictórico, la intención y el ritmo de la narración. El momento todo amarillo fue sorpresivo y cautivador, muy Van Gogh (los tantos “Girasoles”, «La casa amarilla», «Terraza de café por la noche» o «La avenida de los Alyscamps»).

Septiembre es el mes que conmemora la prevención del suicidio, cuyo color es amarillo. El amarillo, además, es un reto a la superstición teatral.

Aplaudimos el sobresaliente diseño de luces de Héctor Negrón y Andrea Almodóvar.

Los actores ejecutaron con dignidad los buenos personajes que la fortuna puso en su consideración. El joven Ugoh, como Vicent Van Gogh, valiente por aceptar el reto que a un actor experimentado haría temblar, dueño de un primoroso ángel, demostró tener un talento que puede ser desarrollado hacia la perfección. Nos encantaría verlo retomar ese personaje en el futuro.

El momento todo amarillo fue sorpresivo y cautivador, muy Van Gogh (los tantos “Girasoles”, «La casa amarilla», «Terraza de café por la noche» o «La avenida de los Alyscamps»). (Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

Israel Solla (Emile Zola), Adaluz Santos (Teresa), Anahí Rodríguez (la Virgen), Adriana Isabel (la Doctora), demostraron creer en lo que estaban haciendo con conocimiento escénico, sensibilidad y seriedad.

Aunque la línea de cada actuación estuvo clara, en ocasiones el volumen de las pasiones lucía desbocado, sin riendas de profundidad.

Ponemos laureles en la frente de la actriz Sol Vega, por la fuerza escénica que comunicó en su corta participación a tan temprana edad.

Colocamos laureles en la excelencia de Mariana Quiles, hermosa, estudiada, mayestática, por su trabajo como Naná y como Sien, mujeres en la misma profesión, muy diferentes la una de la otra.

Coronamos con laureles la frente del director y autor, Roberto Ramos-Perea, por un montaje de dos actos reñido entre lo bello, lo inteligente, y la crudeza de la duda existencial que cuidó el detalle y la composición, para un texto pasional, conmovedor, poderoso e inolvidable.

Componen el resto del equipo: Angela Mari (música incidental y sonidos); Héctor Negrón, Andrea Almodóvar (diseño y realización de luces); Israel Solla, Anthony Delgado, Ugoh, Carlos Piñero (diseño y realización de escenografía); Nelson Alvarado (director de vestuario y ambientación); Social Marcela/Camila Faberllé Denis (redes); Angela Mari (medios); Carlos Piñero (regidor); Esteban Calderón (asistente del director); Mariana Quiles (coreografía); Angela Mari (gestoría actoral); Ugoh (música original) y Melissa Reyes Pérez (producción ejecutiva).

Esperamos la próxima producción de la Compañía Nacional de Teatro del Instituto Alejandro Tapia y Rivera.

Nuestro primer encuentro con Esther Mari –

En verano de 1966, a la tierna edad de 13, esperábamos en los bordes del escenario del Teatro Alejandro Tapia y Rivera, que los técnicos prepararan el escenario para el comienzo de una función. La fila en la calle daba la vuelta al edificio, por lo que la producción estaba feliz.

La Compañía Nacional de Teatro del Instituto Alejandro Tapia y Rivera rindió un tributo póstumo a la actriz Esther Mari, quien estrenó la obra en 1996. (Foto suministrada)

“Bienvenido don Goyito” de Manuel Méndez Ballester, protagonizada y producida por Elín Ortiz, que había tenido una exitosa gira por Estados Unidos, tenía su reposición. Éramos invitados del director, José Luis (Chavito) Marrero, quien nos había dado órdenes de estricto comportamiento.

No fue difícil obedecer al pariente, porque el deseo de quedarnos tras bastidores era monumental.

A la salida de Chavito, entró Mercedes Sicardo con una tiza y escribió algo en el piso del foro, mientras nos decía: “Es una línea que siempre se me olvida”. Como dato curioso, Mercedes Sicardo escribió en el piso del escenario las líneas que podía olvidar hasta el final de su carrera.

No había terminado la Sicardo, cuando llegaron, casi a la vez, las actrices Alicia Bibiloni y Ruth Cains. Segundos después, hizo su entrada otra actriz de personalidad avasalladora, poseedora de una de las más bellas voces de mujer que hayamos escuchado. Ni el volumen ni la velocidad alteraban su excelente dicción.

La actriz fue bien enfática: “¡Chavito! ¿Dónde estás? Mi vestuario se jodió y he tenido que entrar a una tienda por departamentos a comprarme este traje y en la fila del teatro vi a una mujer que lo tiene puesto. ¿Qué va a pensar el público?”

Chavito, asomó la cara por la puerta de uno de los camerinos del primer piso: “El público te va a aplaudir, Esther Mari”.

Chavito no se equivocó. El público la aplaudió siempre. Nuestra eternidad se inclina, la enaltece y le agradece.

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