‘La literatura es una paradoja extrema’

Jean-Marie Gustave Le Clézio, Premio Nobel de Literatura 2008, ofreció conferencia inaugural en Segundo Congreso Internacional de Escritores en Caguas.
El autor francés Jean-Marie Gustave Le Clézio destacó que “la literatura puede ser una alarma para despertarnos”. (Foto Edgar Torres para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

Por Edgar Torres
Para Fundación Nacional para la Cultura Popular

El francés Jean-Marie Gustave Le Clézio, Premio Nobel de la Literatura en 2008, tuvo a cargo la conferencia inaugural en el Segundo Congreso Internacional de Escritores, la mañana del miércoles 10 de abril en Bellas Artes de Caguas.

La Sala Felipe “La Voz” Rodríguez enmudeció desde que el invitado de honor comenzara su disertación titulada “El otro, el mismo” ante estudiantes de varios planteles educativos de la Ciudad Criolla.

El escritor inició su disertación señalando que “la literatura es una paradoja extrema. Por una parte, expresa la personalidad del autor, su origen, su educación, su relación con su idioma de nacimiento o de adopción, en resumen: lo que hace de él o de ella una persona única, diferente de los otros, inamovible y constante. Pero, por otra parte, la lectura de una obra literaria es variable, está sometida a la crítica, es objeto de consumo por ojos ajenos. La razón es simple: la literatura es antes de todo lenguaje, esto significa materia maleable, fluctuante, que existe únicamente para ser leída, escuchada, para resonar en la mente de los otros, para hacer surgir resonancias, emociones, sensaciones nativas, interrogaciones”.

Acto seguido, J.M.G Le Clézio trajo a colación al lingüista Roland Barthes, quien analizó el fenómeno en un artículo llamado “Le bruissement de la langue”, comparando el lenguaje humano con el ruido de los animales, incluyendo los gestos, las mímicas, durante cuales las palabras se agregan y se contestan a la manera del canto nocturno de las ranas, o del sonido de los élitros de los insectos, o de la fulguración de colores de las aves en las paradas amorosas.

El escritor recurrió a un pensamiento del poeta mexicano Octavio Paz: “El mundo duerme y canta”, para destacar que “no uso al azar estas metáforas. Una gran experiencia de mi vida la viví en la selva de Panamá, cerca de la frontera con Colombia, donde en mi juventud pude asistir a una ceremonia durante cual los indígenas de la nación Embera llenaron la noche con el sonido de flautas de Pan en un concierto largo, obstinado, en el que cada persona usaba un único tubo de caña de tamaño diferente −unos con un sonido muy agudo, otros con un rumor grave, casi inaudible−, que sonaban alternativamente, interrogándose, contestándose, sin ritmo, sin motivo, durante toda la noche, como un largo poema sin palabras ni significado, para llenar el vacío y afirmar su existencia. Nuestra literatura moderna es sensiblemente diferente del concierto ciego y nocturno de los Embera de Panamá”.

Explicó, además, que “es un arte de la construcción que, a través del lenguaje, comunica una experiencia, una visión, una interpretación de la realidad. La creación de la mitología podría resumirse ‘en el tiempo en que los animales hablaban’. Y podríamos añadir, ‘el tiempo en el que el otro era el mismo, y era posible comprender todo”. Hoy estamos lejos de ese paraíso con nuestra modernidad de violencia y rabia. Sin embargo, yo me convencí muy temprano de la posibilidad de ese intercambio, en el momento que empecé a escribir”.

‘El Lazarillo de Tormes” y “Don Quijote de la Mancha” son dos obras literarias que cautivaron al ganador del Premio Nobel de Literatura en 2008. (Foto Edgar Torres para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

Ante una audiencia impresionada, el Nobel de Literatura rememoró que en tiempo de guerra en Europa, los niños tuvieron que estar encerrados en la casa, rodeados de grandes peligros, mientras los adultos vivían momentos de angustia y a veces de esperanza sin compartir sus emociones con los menores. Entonces, los niños no pueden imaginar la alteridad, sino por medio de la ficción, en cuentos, historias de hadas y ogros, países fantásticos, viajes imposibles, sueños en vigilia. “Así fue para mí. Empecé a escribir libros sobre mal papel, con lápices gruesos, con letra de imprenta, y mi madre los cosía con aguja e hilo, les ponía portada, ilustraciones y un nombre de editorial (mi editorial se llamaba El Lobo negro)”, precisó.

El entusiasmo de los jóvenes aumentó en su comentario de “las dos obras que más me conmovieron en mi vida: una fue el ‘Lazarillo de Tormes’, y la otra ‘Las aventuras del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha’, de Cervantes. Estos libros me llegaron como herencia de mi bisabuelo, Juez de la Corte Suprema de Isla Mauricio, quien falleció en 1917 en la epidemia de la llamada Gripe Española (probablemente la primera manifestación del virus H1N1 que causó hace poco la ola del Covid-19). El libro que heredé de mi bisabuelo fue la traducción al francés del Quijote por Louis Viardot, publicada en 1845 por Dubochet. Un solo tomo magnífico de 884 páginas, encuadernado en tela de color café claro, decorado con un grabado de oro fino, e ilustrado por Tony Johannot”.

Especificó que “desde el principio me gustó aquel libro pesado, sólido, el olor ácido de su papel, la tipografía y los finos dibujos a pluma. Pero yo no sabía entonces que se trataba de un libro excepcional. Para mí, era el Quijote, un libro que podía tomar día tras día de los estantes, leer los mismos pasajes, dejándome llevar por un sueño perezoso, descifrando aquellos nombres que para mí no se referían a ninguna realidad conocida; por el solo gusto de oír su música: Alcalá de Henares, Castilla, Sierra Morena, Dulcinea del Toboso, el Caballero de la Blanca Luna… Regresando siempre a aquellos pasajes que más me gustaban, donde vemos al Quijote montado sobre su famélico Rocinante (…) y a Sancho Panza sobre su asno, caminando al anochecer hacia nuevas aventuras”.

Para Le Clézio, la fuerza de la obra de Cervantes viene de inventar el primer antihéroe, con quien podemos identificarnos. (Foto Edgar Torres para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

Al mismo tiempo, destacó que en el libro de Cervantes encontró, “todos los ingredientes que podían lanzar a un niño a la aventura de la lectura: la burla, la mentira, el riesgo, la verdad que yo no había encontrado en los cuentos de hadas de Perrault o de Madame d’Aulnoy. Eso era aprender a vivir como otro. El Quijote capturaba esta mezcla de géneros. Era un libro total, que abarcaba la totalidad de la vida y me hacía buscar su confirmación en la realidad, acechando en las calles de Niza, por donde yo caminaba, a la busca aquí de un Sancho Panza, allí de un Juan Haldudo, allá de un Ginesillo de Paropilla liberado de sus cadenas, en búsqueda de su hermana menor. Entonces existía en Niza, en aquellos tiempos, un lugar perfectamente adecuado a la lectura de Cervantes (y del Lazarillo): a la orilla de la antigua ciudad, sobre una explanada que cubría el lecho de un riachuelo, existía el cuartel general de la Gitanía (para usar el mismo término que Cervantes). Cuando yo regresaba de la escuela, en invierno, esta plaza sombría estaba alumbrada por escasas farolas y por las lámparas de las caravanas de los Gitanos. Emanaba de ella una atmósfera de misterio, de aventura, hasta de peligro, como si se tratase de alguna ciudad del Sur, Nápoles, Tánger, al lado del río Tormes, o bien de una plazuela de la Alcalá de Henares donde había crecido Cervantes”.

J.M.G Le Clézio abundó en la conferencia inaugural que “la fuerza de la obra de Cervantes viene del hecho de que inventa a nuestro primer antihéroe, con quien podemos identificarnos porque, a la vez, nos es próximo y nos aleja de nosotros mismos. El antihéroe de Cervantes no es nuestro opuesto, al contrario, está delante de nosotros, es un ante héroe, un modelo atractivo e irresistible, tal como nuestro reflejo en un espejo crítico, o bien como un espejismo cáustico. La pareja que forma el Quijote con Sancho Panza es verdaderamente nuestro mejor retrato, quiero decir el retrato del hombre moderno, en su dualidad; el uno, heroico hasta lo absurdo, el otro, cobarde y prudente hasta el buen juicio. Todos los personajes de la novela moderna son hijos e hijas de esta pareja primordial, débiles, ridículos, habladores, emotivos, contradictorios, víctimas del monstruo frío de la política, de las intrigas, de las calumnias, en rebelión contra la injusticia, pero incapaces de resolverlas, en perpetua exigencia de amor y de dinero, de un hogar, o, simplemente, de una comida”.

Vista parcial del público que asitió a la conferencia de apertura del Congreso en la Sala Felipe Rodríguez del Centro de Bellas Artes de Caguas. (Foto Edgar Torres para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

El escritor enfatizó, “el humanismo que inventa Cervantes está todavía por cumplirse, como un modelo que estuviera fuera de nuestro alcance. Y en nuestros días, al igual que en los trágicos tiempos de la expulsión de los judíos y los moros de España, la literatura puede ser una alarma para despertarnos”.

“Para hablar de mi descubrimiento de la versatilidad de la conciencia, he insistido en mi lectura, durante mi niñez, de la extraordinaria obra de Cervantes. Sin duda, ese descubrimiento hubiera podido ser con la lectura de muchas otras obras mayores, como la ‘Odisea’ de Homero, el ‘Mahabharata’ de Vyasa o la novela inmensa de Cao Xue Qin, ‘El sueño del pabellón rojo’. O bien con obras modernas como ‘The Pickwick Papers’ de Charles Dickens, donde describe el Encarlamiento por Deudas como si fuera el mundo entero, o el poema onírico del franco-uruguayo Lautreamont, ‘Los cantos de Maldoror’. Es la pasión por la lectura que me acompañó en mi niñez. Cambiar de piel, cambiar de vida. ¿Acaso no será esta la necesidad de esa cosa escrita, que llaman literatura? Aprender a vivir en los otros, como lo requiere la sociedad, por amor, por interés o por desesperación. No se trata de psicología, sino de instinto”, añadió el autor de “El atestado”, su primera novela que publicó a los 23 años, logrando el prestigioso Premio Renaudot. (Su novela “Desierto” obtuvo el Premio Paul Morand en 1980, adjudicado por la Academia francesa. En 2004 publicó el relato autobiográfico “El Africano”.)

En la parte final, J.M.G Le Clézio recalcó que “ser escritor me llevó a esta aventura de una vida por procuración. Así lo decía el mismo poeta romántico John Keats (correspondencias): ‘El poeta es el menos poético que existe porque no tiene identidad — está siempre tomando forma y llenando un cuerpo ajeno)’. Percibo en ese instinto algo que debe de ser profundamente humanista y que podría resumirse en la práctica de la interculturalidad. Imagino que esta actitud de compartir (sharing) entre las culturas podría bien ser el ideal de nuestra modernidad, después de las carnicerías de las guerras modernas y del exceso de crueldades todavía presente. Vivir en empatía, abrirse a otra mirada a la realidad. Sin embargo, en nuestra civilización intolerante, enturbiada por la búsqueda de la identidad y por los conflictos religiosos, esta visión podría parecer una gran ingenuidad”.

Los estudiantes tuvieron la oportunidad de hacer preguntas al invitado de lujo, que tuvo una buena interacción en su español. Y los asistentes dieron cátedra al prestarle atención en cada momento.

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