La Tea… en el recuerdo

En aquel café-teatro, comandado por Abelardo Ceide, se procesaba una infra-proyección de lo que acontecía en el Puerto Rico de una época de seria transformación creativa.
Carmen Nydia Velázquez, Nena Rivera y Jorge Arce en los años en que formaban el Trío Integración cuya plataforma de lanzamiento lo fue el cafe teatro La Tea en el Viejo San Juan. (Foto suministrada))

Por Jorge Arce

“Recordar es vivir…” reza el inicio de la letra de una canción magistralmente entonada por José Luis Moneró que acariciaba mis oídos infantiles. Jamás pensé, que esta frase iba a ser un hito en mi vida al comenzar este recuerdo. Con este pie “forza’o”, y sin temor al pleonasmo, es que afirmo que todo aquel haya “vivido” y disfrutado la creatividad artística de los años 70 no puede permitir que su mente evada el “recuerdo” de La Tea.

En aquel asomo de la década de 1970, el Trío Integración estrenó la versión criolla del clásico “La muralla” de Nicolás Guillén. (Foto suministrada)

El café-teatro La Tea, es imagen fiel que quedó impregnada en las mentes de los muchos que incursionamos allí, como incipientes artistas, productores o público, para alimentar el resto de nuestra existencia y darle sabor a nuestro pasado. Junto con su homólogo La Tahona forman el marco de nuestra existencia vivida por la calle Sol del Viejo San Juan.

Pero no podemos mencionar La Tea sin abrazar el recuerdo de su dueño Abelardo Ceide. Al principio para mí era Abelardo – siempre tuve curiosidad por ese apellido que me sonaba vasco o italiano -cualquier cosa menos castellano. Pero sí era claro que su apellido armonizaba con su personalidad: diferente, serio, de poca sonrisa pero recto, asertivo y bien organizado.

Mi inicial llegada a La Tea fue en los inicios de los años 70 -posiblemente como público invitado por compañeros del Departamento de Drama de la UPR. Pero como los estudiantes siempre estábamos “pela’os”, mi recuerdo más claro fue la entrada por sus puertas como artista, siendo miembro y director vocal del Trío Integración junto con mis compañeras y hermanas Carmen Nydia Velázquez y Nena Rivera hacia 1972.

Allí, traídos de la mano de Antonio Pantojas y bajo la tutela adoptiva de Abelardo Ceide, iniciamos nuestra ruta. Fueron muchos los aciertos vocales que nos inspiró el ambiente de La Tea. Viene a mi memoria que, entonces, una de las personas que más nos apoyó y nos aduló fue el director de teatro Dean Zayas, quien era uno de nuestros maestros. Incluso, estaba tan identificado con nosotros que nos alimentaba constantemente el repertorio con bellas canciones de la cantante- autora de la nueva canción española Mari Trini. Él era el primero en ocupar su asiento para escuchar nuestra interpretación de la canción de turno.

Antonio Pantojas y Coqui González presentaron en La Tea en 1973 la pieza “Mi importo yo” sobre el conflicto social en un caserío. (archivo Fundación Nacional para la Cultura Popular)

El 1973, lo abrimos en La Tea con la interpretación de “La muralla”, arreglo y adaptación que hice de la versión del grupo chileno Quilapayún en seis mapeyé y seis chorrea’o jíbaro como homenaje a la música puertorriqueña. Esta canción fue llevada a la radio por Haciendo Punto en Otro Son. Más adelante acompañaría a Nena en la interpretación que hiciéramos de la misma como posteriores miembros de este grupo.

Recuerdo la sonrisa de Abelardo, cuando más tarde nos recordaba que aunque ya habíamos llegado a la televisión apadrinados por el productor Pumarejo, cantando en los festivales locales y escalado el legendario Ocho Puerta bajo la tutela de Bern y Thor, La Tea fue siempre nuestra primera escuela. Así era y como lo fue para muchos artistas, no dejó de ser nuestra casa.

El cantautor Neftín Gónzález, caracterizando aquí un personaje de comedia que llegó a la televisión en aquella época. (Foto Otto Bravo)

Fueron muchos los años que incursioné como actor, productor y luminotécnico junto a grandes, compañeros y artistas tales como Pantojas, Sunshine Logroño y Fernando Aguilú, entre muchos otros. A todas estas producciones las amarraban un hilo fuerte de experimentación que nos permitía el acceso a ese espacio; atrevimientos que posiblemente le dieron un giro radical a lo que sería el teatro y el baile del futuro próximo en Puerto Rico.

Recuerdo la impresión que causamos ahí en 1976, con Pisotón, junte de danza moderna, del cual fui miembro-fundador junto a grandes artistas tales como: Petra Bravo, Viveca Vázquez, Glorín Llompart, Awilda Sterling, Maritza Pérez y Pepín Lugo. En este momento, La Tea contribuyó con su espacio a la re-definición del curso de la danza moderna puertorriqueña de hoy en día.

Evoco recuerdos de la presencia en La Tea de Lotti Cordero, la coreógrafa original del “Puerto Rico Fuá” con el que fuimos a Francia y a Venezuela, mi primera maestra de baile y fundadora del grupo de baile “Jazz-Boricua” Raíces, del cual fui miembro y que impactó enormemente en los años setenta. También regresan a mi mente las presentaciones de dúos tales como Silverio Pérez y Roxana Riera, Rosita y Sunshine, de cantantes y compositores de estilo único como Neftín González y José Nogueras.

Lotti Cordero, coreógrafa de “Puerto Rico fuá”, fue también fundadora del grupo de baile Jazz-Boricua Raíces. (archivo Fundación Nacional para la Cultura Popular)

No olvido el Pascual del grupo de Teatro Rueda Roja, posiblemente el primer musical-estático original. Es con orgullo que recuerdo el participar como actor, compositor y cantante en este experimento teatral el cual estuvo bajo la excelente dirección de Fernando Aguilú, junto a actores, artistas, músicos, pintores, técnicos y bailarines tales como la coreógrafa María Carreras, el pintor- cantante Víctor (Taíno) Hernández, los actores, actrices y cantantes Nelson Santos, Nena Rivera, Carmen Nydia Velázquez, Haydeé Medina, el pianista y arreglista: Pedro Villlalón y los técnicos: Enrique “Quique” Benet, y Andrés Marcano.

Enclavados en nuestros micrófonos y apoyados por la atmósfera provocada por las luces enlatadas y proyecciones sobre las paredes recién pintadas de La Tea, le llevamos al público la emotiva vivencia de Pascual: el trabajador que amó tanto su fábrica, que cuando cerró murió frente a ella con la esperanza de volver a entrar.

Como público, pude disfrutar del “velloneo” de “La noche que volvimos a ser gente” de José Luis González, interpretado por ese gran actor Miguelángel Suárez. La Tea, convertida en una auténtica barra de vellonera (vellonera: dícese de vellón, moneda de cinco centavos que se le echaba a un aparato con cara de lavadora para que tocara nuestra música preferida de pequeños discos que parecían platos para servir postres, rayados por una aguja que más bien servía para coger puntos de heridas en caso de emergencia; para los que no se acuerden: el toca CD público de estos tiempos).

Miguelángel Suárez en foto promocional del monólogo “La noche en que volvimos a ser gente”, presentado en La Tea en 1977. (archivo Fundación Nacional para la Cultura Popular)

Reí a carcajadas de las parodias creadas por Antonio Pantojas y Sunshine Logroño junto a Carmen Nydia Velázquez, Nena Rivera y Luis Oliva. Mi asidua asistencia posterior a mis funciones, me permitió casi aprenderme el montaje de memoria. A tal punto lo logré, que pude sustituir a un actor enfermo después de salir corriendo al terminar mi función de “Puerto Rico Fuá” en el Teatro Sylvia Rexach y hacer un ensayo de apenas una hora en La Tea. Gocé, también, con las revistas musicales de Pantojas. Allí disfruté muchos años después del estreno mundial de “A mis amigos de la locura” con el actor Teófilo Torres.

En 1974, con “Lupita se va del rancho”, obra de Abelardo Ceide, se hablaba ya de filas largas que bordeaban la esquina y de carteleras extensas. La innovación que trajo este trabajo, parodia teatral en blanco y negro de las películas mexicanas de los años 50, representó un acertado atrevimiento a nuestra creatividad pueblerina. La combinación de pietaje de cine y teatro con las actuaciones magistrales de Emmanuel “Sunshine” Logroño, Antonio Pantojas y Nena Rivera como Lupita (todos maquillados en blanco y negro), ponía esta producción a la estatura de cualquier producción local e internacional de envergadura. Así lo demostró la aceptación del público que la mantuvo en cartelera de cine por espacio de dos meses con posterior reposición.

Emmanuel “Sunshine” Logroño, junto a Antonio Pantojas y Nena Rivera, ganaron aplausos por “Lupita se va del rancho”, original de Abelardo Ceide. (archivo Fundación Nacional para la Cultura Popular)

Con el mismo ímpetu, en La Tea fue que se estrenó el monólogo “Los ángeles se han fatigado” de Luis Rafael Sánchez con la excelencia en interpretación de la actriz Elia Enid Cadilla.

También, disfruté de la versión original de Haciendo Punto en Otro Son en 1976, grupo del cual pasé a formar parte posteriormente en 1978. En aquel entonces, las presencias físicas y vocales de Silverio, Tony Croatto, Josie LaTorre, Irving García y Nano Cabrera dieron inicio a lo que sería posteriormente una de las etapas más importantes de la música puertorriqueña.

La composiciones rumberas y afro-sanjuaneras de José (Mañengue) Hidalgo y su grupo Sepia y su Bajo Mundo, del barrio La Perla, hacían vibrar el espacio. Mientras, la energía de Igor Xavier y sus Batá, del pueblo de Dorado y su colorido espectáculo de música y baile, re-acentuaban nuestra personalidad afro-caribeña, a lo cual asentíamos con orgullo. Durante este tiempo, la combinación de Lucecita Benítez como mesera y las exquisiteces culinarias de Sunshine Logroño con sus entremeses con nombres “estrambóticos-criollos” dieron una nota pintoresca a muchas noches del icónico rincón sanjuanero.

La Tea fue también plataforma de lanzamiento para el junte original de Haciendo Punto en Otro Son. (Foto suministrada)

Precisamente, una noche caribeña y sin importancia, estando en conversación nocturnal, con Abelardo y otros amigos, llegó, como bólido acabado de bajar del avión que lo trajo desde un estudio de grabación de Nueva York, Pepe Castillo, para compartir con nosotros la primicia sin mezclar de lo que se conoció poco después como La Máquina del Tiempo del maestro Rafael Cortijo. Esas cosas nada más podían pasar en sitios como La Tea.

Una de las experiencias más coloridas que queda en mi “caudal de recuerdos” fue el encuentro mágico de las voces y presencias de Lucecita y Mercedes Sosa entre las mesas de madera rústica. El espacio de lo que comúnmente se considera público se convirtió en un escenario en el cual estas dos cantoras de América estrechaban sus voces por encima de las miradas de las gentes que quedaban en La Tea…a puerta cerrada…a altas horas de la noche…¡Qué recuerdo!

Es así como desde, aproximadamente, mediados de los 70, La Tea pasó a ser, no solamente el espacio que abría a los incipientes artistas, sino a ser el espacio de reconocidos artistas de la época. Nunca olvidaré el concierto de esa gran actriz y cantante, Sharon Riley (entonces ya reconocida internacionalmente) interpretando las canciones de su madre, la insigne compositora Sylvia Rexach, y acompañada del legendario guitarrista Tuti Umpierre.

En La Máquina del Tiempo se estrenaba la denuncia de Pepe Castillo en defensa del “Le lo lai”. (archivo Fundación Nacional para la Cultura Popular)

Las actrices, Idalia Pérez Garay, Camille Carrión, , Rosita Veláquez, Belén Rios, el mimo Rafael Fuentes (proveniente de la escuela de Marcel Marceau), junto a su alumna Zulma Santiago, Glenn Monroig, Lucy Boscana, Iris Martínez, Jacobo Morales, Ramfis González, José Luis Ramos, el mimo Luis Oliva, nuestra eterna maestra de pantomima: Gilda Navarra, el trompetista Juancito Torres, el baterista Jimmy Rivera, la legendaria actriz Esther Sandoval, “el cantante del pueblo” Danny Rivera, quienes frecuentaron el lugar tanto como artistas o como público y que quedaron impregnados en el arcoiris del recuerdo.

En fin, el café-teatro La Tea, representó un micro-mundo de la calle Sol, comandado por Abelardo Ceide, en el cual se procesaba una infra-proyección de lo que acontecía en el macro-Puerto Rico de una época de seria transformación creativa en nuestra isla. Definitivamente, la documentación de las artes de Puerto Rico no puede existir sin que se incluya la historia o reseña histórica de proyectos que, como este, dieron un significado real a nuestra idiosincracia cultural como pueblo. ¡Gracias, Abelardo!

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