‘Luz Verde’ a la excelencia en el Moneró

Francisco Capó presentó una propuesta cuyo texto, dirección, actuación, disposición escenográfica y luces se conjugaron a la perfección.
El actor Francisco Capó presentó su unipersonal “Luz Verde” en el Café Teatro Monero de Caguas. (Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

“Buscar es una extraña operación:
en ella vamos por algo,
pero ese algo por el que vamos,
en cierto modo lo tenemos ya”.
(José Ortega y Gasset)

Por Alina Marrero
Para Funmdación Nacional para la Cultura Popular

Dicen los que saben – nosotros no estábamos allí – que Platón (427-347 AC) fue el primer formulador de Utopías y que Tomás Moro (1478-1535), para referirse a una isla con sistema político, social y legal perfecto, fue el inventor del nombre.

El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define utopía como plan, proyecto, doctrina o sistema ideales que parecen de muy difícil realización, y representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del bien humano.

El mismo diccionario, define distopía como representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana, o sea, el antónimo de utopía.

Las distopías, o utopías negativas, funcionan como advertencias, y pueden ser sátiras. Las mismas, guardan relación con la época en la cual ven la luz. Especialmente en el cine, pueden ser muy atractivas.

Están muy de modas las películas y sagas de utopías negativas, y hemos apreciado varias. Aunque algunos de esos trabajos son muy buenos, todavía no superamos el impacto que tuvo en nosotros la película “Soylent Green” (1973) (basada en la novela “Make Room! Make Room!” de Harry Harrison en 1966), dirigida por Richard Fleischer.

El personaje “Bobby Bombón” sirvió de antesala a la intensa propuesta histriónica presentada por el actor. (Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

La sensación que provoca la situación donde, a través de la eutanasia voluntaria de algunos seres humanos, otros seres humanos se convierten en antropófagos involuntarios legalmente organizados, en “Soylent Green”, es aterradoramente insuperable.

Le pisa los talones, en nuestra inquietud ética, otro clásico del siglo 20, la extraordinaria película de Stankley Kubrick, “La naranja mecánica” (1971).

Las distopías, también han engalanado la creatividad de grandes dramaturgos. Entre las icónicas piezas se destacan “Far Away” (2000) de la británica Caryl Churchill; “Henceforward” (1987) del británico Alan Ayckbourn; “The War Plays” (1985) del británico Edward Bond; “Happy Days” (1960) del irlandés Samuel Beckett y “RUR” (1920) del checo Karel Čapek.

“RUR” es conocida por haber presentado la palabra robot al lenguaje cotidiano, y por desarrollar con maestría el planteamiento del poder de la inteligencia artificial, después de la Primera Guerra Mundial, en un momento de caos, hace cien años.

Las utopías negativas no son ajenas a los discursos de nuestra dramaturgia nacional. “La difícil esperanza” de la puertorriqueña Ana Inés Bonning Armstrong, estrenada en 1965, y “1996” de Walter Rodríguez, estrenada en en dicho año, son dos, entre unas cuantas.

Cambios climáticos, gobiernos corruptos e indiferentes, florecimiento del fascismo, amenazas nucleares, terremotos, huracanes, debacle económica, desinformación desmedida en las redes sociales, teorías de conspiración desenfrenadas, bochinches, ausencia de ética, enfermedades, pandemias, indiferencia, forman el terreno ideal para el desarrollo de las distopías en el arte.

“Luz Verde” se inspira en experiencias vividas durante el encierro causado por el azote de la pandemia. (Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

Aunque bajo ningún concepto apoyamos el pensamiento apocalíptico, sostenemos que las distopías, como expresión artística, son fascinantes y encantadoramente necesarias.

La estética de una distopía en un espectáculo no considera puntos medios, ya que se aprecia desde los extremos del éxito y el fracaso. En tal sentido, apreciamos la función que vimos de “Luz Verde”, distopía del dramaturgo puertorriqueño Francisco Capó, el 5 de agosto, en el Café Teatro Moneró en el Centro de Bellas Artes de Caguas, desde el éxito.

La pieza, fue estrenada en noviembre de 2022 en la capilla La Milagrosa en Río Piedras. El montaje en el Moneró fue anunciado como uno renovado.

El acierto de esta puesta en escena, fue el resultado de la combinación de todos los elementos, resumidos en una relación de director (Christian Nieves Santiago) – actor (Francisco Capó) inteligente y sobresaliente. El camino fue iniciado por un libreto organizado, muy bien pensado, con un hilo conductor muy definido.

Por el afán de despertar fuerzas dormidas en el espectador, haciendo que el público enfrente sus conflictos, anhelos y obsesiones alucinantes, el efecto del entrenamiento físico del intérprete como requisito para la escenificación donde la vivencia del medio teatral es primordial, el dúo muestra orgullosa herencia del Teatro de la Crueldad de Atonin Artaud (1896–1948).

Sin embargo, y distinto a lo que formula Artaud, la palabra en “Luz Verde” tiene el mismo protagonismo que la acción, y hay, tanto en el texto como en el montaje, una línea sensorial y sicológica propia del realismo.

El monólogo posee, tanto en el texto como en el montaje, una línea sensorial y sicológica propia del realismo. (Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

El texto, desarrolló temas que no son ajenos a ningún espectador en cualquier metrópolis del planeta que enfrentó el encierro pandémico: síndrome de la cabaña, situación del actor como trabajador, exposición del trabajador de la ciencia a las trampas de su profesión, el peligro de la desaparición del arte, culto a las redes sociales, incredulidad, corrupción, gobiernos inoperantes, desesperanza, insatisfacción existencial, guerra, terremotos, enfermedad, pandemia, demencia, muerte.

Luz verde, sirve en la obra como la frase que indica una conexión positiva para los cibernautas en la red. Por supuesto, el significado de esa luz verde, casi inoperante a lo largo de la trama de la obra, tiene mucha tela por donde cortar. Por desgracia, hemos tenido que seleccionar lo que vamos y no vamos a comentar.

En, más o menos, una hora de duración, el terror de la humanidad durante casi tres años de incertidumbre por la pandemia del Covid-19, fue expuesto sin consideración ni piedad. Aunque podía parecer frenético y desquiciado, todo lo que vimos en escena tenía sentido, claridad y verdad.

La escenografía (suponemos disposición del director), fue funcional, (ausencia de paredes, uso de accesorios móviles, bañera practicable llena de agua, silla con cadenas, candado, cordel para colgar ropa, cruz con una corona de espinas arropada con la bandera de Puerto Rico, entre otros elementos pertinentes); la iluminación fue certera (Lynnette Salas). Entre ambas crearon la guarida perfecta de un superviviente de una plaga.

En el público, sobresalía un ambiente pletórico de talento. Actores, diseñadores, directores, productores, técnicos, dramaturgos, compartían con entusiasmo en un mismo sitio, algo que raras veces se ve.

No había programa de mano, sin embargo, Francisco Capó procuró constar en las redes sociales los detalles de la producción.

Mientras esperábamos por la obra, Bobby Bombón (uno de los dos personajes interpretados por Capó para el espectáculo) deambulaba por el salón, llamando la atención.

Nos enteramos que es un “influencer” creado por el actor, con millones de seguidores. Se llama “Bobby porque es fácil de pronunciar y Bombón porque tiene cadencia y sabrosura”.

Dentro del marco intenso de la pieza, lo escenificado tenía sentido, claridad y verdad. (Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

Bobby Bombón cumplió con la misión de servir con antesala de la obra. Las canciones que lo acompañaban eran temas de las telenovelas de la década de 1980. Esto recordó que los actores en Puerto Rico ya no tienen talleres dramáticos televisivos.

Bobby Bombón, quien tuvo varios cambios de ropa, dio la tercera llamada totalmente vestido de negro, con una falda hasta el piso, un babero de salón de belleza, boina, gafas oscuras y unos mitones.

Después de dedicarle una canción a Mrs. González, maestra que le fastidió la vida en su niñez, comenzó la metamorfosis. Con un cambio de vestuario ejecutado delante del público, Bobby Bombón se convirtió en el personaje único de “Luz Verde”.

Entonces nos informaron que todos estábamos allí de manera voluntaria para ser parte de un experimento que entendimos sucedía en el futuro, en una sociedad sin teatro.

Veríamos las memorias en la mente de un individuo (actor), que sobrevivió a las plagas que cambiaron el destino de la humanidad. Las mismas serían recreadas por un científico que haría el ejercicio teatral de “ser” ese individuo, encerrado en una guarida durante siete meses. Nosotros seríamos testigos de siete momentos de recuerdos del científico-actor.

El hombre tenía una mascota (objeto inanimado) que parecía un zorro de peluche al que se le había quitado la guata. El nombre del animal, Pablo, como el más temido perseguidor de cristianos convertido en el más influyente discípulo, sugería, pues, cristianismo.

De la misma manera, eran evidentemente cristianos la cruz, la corona de espinas y el número siete. El dios de la obra estaba identificado como Cristo de las redes.

El personaje, que tenía un brazo vendado que ocultaba una herida física dolorosa, producto, tal vez, de la plaga, hizo alusión a Ramón Emeterio Betances al mencionar una confederación de islas. Pero ese tema no se desarrolló.
Definiremos el resto de las sensaciones de los siete recuerdos con palabras y frases: Tablet. Terremotos. Cadenas. Candados. Poesía. Toques fuertes en la puerta. Masturbación. Muerte de la mascota. Soledad real. Sistema de internet impreciso. Científico se convierte en actor.

Disfrutamos el excelente trabajo y lo reconocemos con honor al mérito: Buen texto, buena dirección, buena actuación, buena disposición escenográfica, buenas luces.

Un solo señalamiento al director: la colocación de la silla con cadenas en el primer plano a la derecha, interfiere con la visual. Dos señalamientos a la producción: los vídeos pueden mejorar y el programa de mano no puede faltar.
Después de que Francisco Capó recibiera eufóricos aplausos, Carlos Esteban Fonseca, dueño del Moneró, tomó la palabra: “La obra plantea un futuro sin esperanza, pero logró reunir a la esperanza, porque aquí está la clase actoral en total solidaridad con un compañero, señor actor, que cumple 40 años en las tablas”.

La crisis y el caos pueden servir como trampolín a grandes cambios positivos en todos los campos. El dolor inicial que provoca ver en Puerto Rico tantas personas talentosas sin taller, abre una ventana de esperanza si la clase actoral se une para luchar por sus derechos y por la defensa de la cultura.

Ese es el aplauso de justicia para Francisco Capó y para todos los grandes talentos que, como él, están desempleados y son hijos valerosos de nuestra nación.

Completan el equipo: Anthony Mejías (edición vídeos); Chenan Martínez (re-edición sonido); Edna Lee Figueroa (producción); Thais María (producción).

“Luz Verde” fue una producción general de Francisco Capó y Christian Nieves Santiago para Moneró Café Teatro y Bar.
Esperamos que esta obra se siga presentando.

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