Jimmy Rivera y su vida repleta de melodía

El músico natural de Barrio Obrero se inició atraído por el piano hasta que fue seducido por el potente sonido de la batería.
Jimmy Rivera se destaca con agrupaciones desde los 16 años. (Foto suministrada)

Por Vicente Toledo Rohena
Para Fundación Nacional para la Cultura Popular

Para el baterista Jimmy Rivera la música es como el respirar cotidiano. Además de ser una correntía sanguínea que le acompaña de nacimiento; es su forma de vida. Desde su humilde Barrio Obrero en Santurce, ha recorrido grandes escenarios y festivales por distintas partes del mundo. El jazz, rock, salsa, nueva trova, balada y otros géneros han escuchado el palpitar de los tambores y platillos de Jimmy.

“Mi papá (Julito Rivera) fue músico profesional toda una vida y mi hermano mayor y yo estuvimos expuesto fuertemente a la música. Mi padre tocaba tumbadora, timbal y ese ambiente me cautivó de manera impresionante desde que era pequeño. Recuerdo que cuando tenía cuatro o cinco años, agarraba una tumbadora y tocaba en la sala con mi padre. Mi hermano comenzó a tomar clases de batería primero que yo, y ya, como a los seis años me sentaba en la batería de mi hermano a inventar. A eso de los nueve años comencé a estudiar piano en la Escuela Libre de Música de Hato Rey, que todavía no era académica. Estuve con el piano unos cuantos años, pero siempre en casa practicaba la batería porque tenía una atracción especial por ese instrumento”, destacó el veterano músico.

El baterista es recordado por sus trabajos con Batacumbele y proyectos junto a Frank Ferrer. (Foto suministrada)

La primera experiencia con un grupo musical llegó a los 16 años, cuando estando con su padre en una tienda de instrumentos de música arribó Luisito ‘Luigi’ Rivera buscando un baterista desesperadamente. El propietario del establecimiento que conocía muy bien las habilidades de Jimmy, fue quien lo recomendó.

“Necesitaba un baterista para esa misma noche porque a su baterista lo habían llamado del ejército y debía reportarse de inmediato. Ya para ese tiempo, era un fiebrú que tocaba por ahí, incluso en esa tienda de instrumentos donde tocábamos jazz y rock los sábados. En ese momento, tomaba clases de batería con Monchito Muñoz. No había entrado al Conservatorio todavía porque tenía solo 16 años y hacía mi escuela superior. Mi papá me prestó la batería y fui a tocar esa noche. Imposible olvidar esa noche de verano de 1967 en Miramar”, recordó y narró pausadamente.

Las buenas y nuevas oportunidades comenzaron a llegar. Dos años después, fue reclutado por Jesús Caunedo para el grupo del pianista argentino Oscar Galende, que buscaba un baterista para tocar en el hotel Sheraton.

“Como mi papá conocía tantos músicos porque tocaba con muchos de ellos por distintos puntos de la Isla, conocían de mí y me llamaban. En el grupo de Galende entré a sustituir a Alex Acuña –virtuoso baterista peruano que vivió mucho tiempo en Puerto Rico y participó bastante de la escena musical local- que se fue para otro grupo. Fui a la audición y comencé de inmediato”.

Esa experiencia con el pianista argentino lo estaba forjando enormemente dentro del pentagrama, porque surcaban musicalmente por diferentes vertientes, entre ellas, el jazz, los sonidos brasileños y corrientes populares de la época.

Desde la izquierda, Ángel ‘Papo’ Vázquez, Hilton Ruiz, Jimmy Rivera y Walter Bishop Jr. (Foto sumiistrada)

“Fue cuando vino a Puerto Rico el percusionista cubano Mongo Santamaría para tocar en un hotel en El Condado. Su baterista era Tony Sánchez que optó por quedarse en Puerto Rico y hacer otras cosas. Entonces, Luis ‘Perico’ Ortiz era parte del grupo de Mongo y me recomendó. Yo, me pasaba escuchando la música de Cal Tjader y Mongo; y conocía toda esa música. Me envió a buscar con Luis y empecé a tocar con Mongo Santamaría. Fue tremenda experiencia. Perico y yo, éramos unos chamaquitos. Tenía 21 años”, recordó.

La entrada al grupo del percusionista cubano se dio en verano par de meses previos a la histórica presentación de Mongo Santamaría en el concierto del Yankee Stadium en 1973, donde abrió el concierto del conglomerado de las Estrellas de Fania. El encuentro inolvidable se convirtió en una de las experiencias musicales más memorables del baterista boricua. En esa ocasión, liderado por Mongo (tumbadoras) formó parte del grupo compuesto por Perico Ortiz (trompeta), William Allen (bajo), José Madrid (piano), Justo Almario (saxofón tenor y flauta), Héctor Veneros (saxofón alto-barítono y flauta) y Pablo Rosario (bongó).

“Fue un momento inolvidable. Una experiencia fuera de serie. El grupo estaba bien bueno, bien afincao. Me había trasladado a Nueva York, donde vivía en casa de una prima en el Barrio… Recuerdo como ahora, que Perico Ortiz fue quien me buscó al aeropuerto. Hicimos una gira extraordinaria. De ese concierto nació el disco ‘Mongo Santamaría Live at Yankee Stadium’ para Vaya Records, subsidiaria de la Fania. Esos temas los tocábamos mucho y cuando los presentábamos, ya estaban súper afincado. Cada vez que escucho ese disco, digo que es un sonido casi perfecto”, expresó con entusiasmo Jimmy, que nunca olvida esos dos años fabulosos y la gira por Europa.

Jimmy Rivera (niño tocando el bongó) en el famoso e icónico Palladium en Nueva York. (Foto suministrada)

Tras mermar el trabajo con el grupo de Mongo decidió regresar a Puerto Rico donde se incorporó nuevamente al grupo de Oscar Galende.

“Era un pianista sensacional. No tenía nada que envidiarle a Chick Corea o a los grandes pianistas de jazz del momento. Volví a tocar con él, y tengo latente esos buenos momentos”.

Nuevas aventuras musicales comenzaron a darse paso en la trayectoria de Rivera, que descubrió ‘Mini’s’, un establecimiento en la calle Loíza, donde se podía escuchar jazz.

“Una noche echando gasolina escuché un piano tocando jazz y llegué hasta el lugar. Una vieja casona con un estacionamiento al frente. Un pianista afroamericano –Paul Neves- que era buenísimo, tocaba en un piano desafinado. Pero era tan bueno, que lograba adornar magistralmente las deficiencias del piano. Me puse a tocar con él ese domingo y al dueño le gustó la combinación de piano y batería y me contrató. Otro día, llevé a un amigo con su bajo y también se quedó tocando. Se convirtió en siete años de buen jazz de jueves a domingo”.

El baterista con grandes influencias cautivadas por Elvin Jones, Max Roach, Jimmy Cobb, y Tony Williams por mencionar algunos, mantuvo encuentros maravillosos con otro pintoresco lugar de jazz, The Place; y colaboró con el Taller de Jazz Don Pedro en donde logró aportar muchísimo y compartir con grandes personalidades del jazz norteamericano e internacional.

La trayectoria de Jimmy Rivera es una extensa y que mantiene bien activa. Su paso por el rock, jazz, salsa y diversos géneros lo ha llevado a distintos escenarios del mundo y acompañar a grandes exponentes del pentagrama. Tras la experiencia de tocar en hoteles, arribó la participación con los cantautores Roy Brown y Glenn Monroig; Haciendo Punto en Otro Son, varias producciones de Frank Ferrer y hasta con Los Dulces Payasos.

Con el trío de Mike Arroyo. Desde la izquierda Jimmy Rivera, Elías Santos Celpa y Mike Arroyo. (Foto suministrada)

“Ya para los 80, los trabajos en hoteles estaban difíciles. La unión de músicos se vino abajo y tocaba mucha gente por la mitad de lo que se tocaba. Trabajaban por la mitad del dinero y afectaron la industria. Cuando se acabaron los convenios con los hoteles, mucha gente tocaba por la mitad y nos quedamos fuera muchos músicos”, dijo el instrumentista que formó parte del primer concierto de jazz de la Orquesta Sinfónica de Puerto Rico durante el Festival Casals 1991.

“Siempre trabajé mucho. Toqué salsa con José Nogueras… en ese tiempo toqué timbal. Lo toqué durante el tiempo junto a Mongo por lo que ya tenía la experiencia. Pero fue con el grupo de Los Dulces Payasos con quienes más trabajé… A veces los domingos teníamos tres presentaciones. Ahí compartí junto a José Vega, Iván González y Pedro Guzmán”, señaló Rivera que ha acompañado a figuras destacadas del jazz como el saxofonista cubano Paquito D’ Rivera, el pianista boricua fallecido, Hilton Ruiz; el legendario contrabajista santurcino, Eddie Gómez; los hermanos Jerry y Andy González, Danilo Pérez –pianista panameño- Stan Getz y Cal Tjader entre otros.

Otro punto de encuentro musical exitoso lo logró con Batacumbele, un concepto refrescante para la época, que mezclaba sonidos afrocubanos con jazz, rock, un poco que songo y diversas vertientes. Un concepto inicial que se forjó en Nueva York y luego se trasladó a Puerto Rico, donde se materializó la idea por músicos fuera de serie como Eric Figueroa (pianista y arreglista), Eddie ‘Guagua’ Rivera (contrabajo), Ángel ‘Cachete’ Maldonado (percusión) e Ignacio Berroa (batería).

“Ellos vinieron para hacer el grupo aquí. Ignacio Berroa estuvo un tiempo, y después regresó a Nueva York… Fue cuando entré a Batacumbele y estuve todo el tiempo que se mantuvo el grupo. Hasta cierto punto fue algo innovador y diferente por la mezcla de ritmos. Desarrolló un estilo y química entre los músicos. ‘Cachete’ hacía unos toques en el tambor que no eran muy común, que no era lo básico que se hacía siempre. Unos tumbaos que le salía del corazón. Eddie y Eric lo seguían y establecieron esa química única. Batacumbele fue Batacumbele”, destacó.

Hoy día, los tambores y platillos de Jimmy Rivera continúan retumbando en el ambiente musical. Forma parte del trio del guitarrista Mike Arroyo; y perpetúa la esencia de un baterista con estilo y sonido definido. Que forma parte sin duda del legado cultural nacional.

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