Malabarismo en aguas existenciales

‘No me importa si duele’ es una historia de amor que refleja los cambios en los estereotipos establecidos en la sociedad contemporánea.
Los actores Jason Robles y Néstor Rodulfo protagonizaron la obra “No me importa si duele” que se presentó en la Sala Carlos Marichal del Centro de Bellas Artes de Santurce. (Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

“La vida encierra renovación en sí misma.
Aferrémonos a ella.
Siempre será demasiado pronto para dejarla”.
(Henrik Ibsen)

Por Alina Marrero
Para Fundación Nacional para la Cultura Popular

Nacer, envejecer, enfermar, morir, los cuatro encuentros (o cuatro sufrimientos) que motivaron al joven príncipe Shakyamuni (Siddhartha, Gautama) a dejar el palacio. Tal es el ciclo de la existencia y el asunto no ha cambiado desde lo que conocemos como la historia de la humanidad. Sin embargo, no importa cuán seguros estamos que en algún momento enfrentaremos esos encuentros, nada consuela la pérdida por muerte de los que amamos, y nos solidarizamos con profundidad ante las pérdidas de los demás. No importa quienes seamos, lo que creemos, y por lo que luchamos, todos nos podemos identificar.

Lo que se espera es que las personas se mueran después de haber vivido muchos años, y aunque sabemos que, por distintos motivos, existe una posibilidad de que las personas mueran mientras son jóvenes (entiéndase, también, niños y bebés), cuando sucede, sentimos, como sorpresa, el dolor desgarrador de la impotencia.

La trama de “No me importa si duele”, comedia dramática del dramaturgo venezolano José Gregorio Martínez, gira en torno a la pérdida de un amor, con matices específicos. La situación envuelve a dos jóvenes adultos homosexuales que están comenzando a compartir la vida en pareja, y son felices. Porque uno de ellos acaba de “salir del closet”, y todavía no abre del todo a la sociedad su verdad, la relación se mantiene secreta. Esto, aunque sea increíble en momentos cuando el matrimonio entre personas del mismo sexo es legal en muchas partes del mundo, sigue sucediendo. ¿Qué podemos esperar de los países totalitarios donde el homosexualismo es ilegal? Las leyes pueden socorrer nuestros derechos, pero no eliminan nuestros prejuicios y sentimientos de culpa, mal aprendidos de sociedades y religiones conservadoras.

Néstor Rodulfo interpretó a “David”, un joven recién salido del clóset que enfrenta numerosas situaciones. (Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

Los dos protagonistas de esta obra no están casados, de modo que la ley no ampara a quien queda vivo. Ese ser humano no tiene la consideración de la familia del amor que perdió. Con toda posibilidad, no irá al entierro, y si va, será como cualquier invitado, entre todos los demás. La persona que queda viva en cualquier relación secreta, se queda en la más desamparada soledad legal y existencial. “No me importa si duele”, lejos de las charcas legales, nada en lagos existenciales. El título de la obra es abarcador. Cualquier relación amorosa tiene el potencial de hacernos daño. Una relación secreta, sin duda, nos hará daño. Decir “no me importa si duele” es un compromiso, una decisión. Decir “no me importa si duele” a sabiendas de que nos haremos daño, es un acto de malabarismo. Aunque para algunos sea una locura, sucede muchísimas veces. Se trata de algo muy humano. Por tanto, no dejará de ser. La obra de José Gregorio Martínez tiene pertinencia.

“No me importa si duele”, cuarta propuesta del True Color Fest, festival de teatro LGTBQ, creado por Aníbal Rubio para Producciones Acrópolis, Inc, se presentó en la Sala Carlos Marichal del Centro de Bellas Artes de Santurce, entre el 7 y 10 de julio, y fue una producción de Juan Carlos Morales para JC Actors y La Joven Compañía.

La pieza, estrenó en 2018, en la décimo sexta edición de Microteatro Venezuela, cuando ganó los premios Mejor dramaturgia y Mejor dirección. En 2020, se estrenó como una obra larga (un acto, una hora), y fue esa versión larga la que vimos el jueves 7 de julio a las ocho y media de la noche, cuando fuimos al estreno.

José Gregorio Martínez, actor, director, productor y dramaturgo, ha sido laureado en todas sus facetas. El lenguaje que usa en “No me importa si duele”, es realista, aunque la obra rompe, con dos o tres escenas, en un plano existencial. En esos planos donde José le pregunta a Daniel: “¿Cuánto tiempo te queda?”. Los momentos no regalan una sensación de vivir en un sueño o en otra dimensión.

Antes de los rompimientos con el realismo, el autor ha presentado la vida en común de Daniel y José, dos hombres que se demuestran un derroche de amor. Para Daniel, persona con trabajo estable, más o menos convencional, es la primera experiencia homosexual. José es un teatrero experimentado en su trabajo y en relaciones sentimentales, también sexuales, con personas de su mismo sexo. Para ambos es la primera relación de profundo amor, y así lo establecen. Daniel oculta la relación con José, sobre todo a sus padres, pero a José, “no le importa si duele”. Tampoco “le importa si duele” a Daniel aceptarse a sí mismo, con todas las consecuencias. Se tienen el uno al otro.

Estar en el dormitorio, en el comedor y en la sala de esta pareja, reafirma que no hay diferencias en una relación de amor con otra persona, independientemente del género con el cual nos podemos identificar. Las caricias, las peleítas, la intensidad sexual, las tazas de café que desparecen por la mañana porque el otro se las lleva al trabajo, la espera por la tarde de quien llega de trabajar, la sorpresa que planeamos para disfrutarla juntos en la noche, el perro que brinca encima cuando llega quien ha estado ausente, los celos por sospecha de infidelidad, son esas cosas que nos hacen manifestar que la vida es verdaderamente bella. Pero una mañana, Daniel sale de la casa a su trabajo y no regresa nunca más. Ese vacío que les queda a los vivos es el alpha y omega de este trabajo.

Jason Robles dominó su personaje con innegable credibilidad. (Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

Para resumir, podemos decir que “No me importa si duele”, como en su momento lo fue “La dama de las camelias” de Alejandro Dumas, hijo, es una historia de amor que refleja los cambios en los estereotipos establecidos en la sociedad del momento.

La escenografía para teatro arena a tres lados, representaba el apartamento de Daniel y José. A primera vista, y sin que lo explicaran, sobresalía que se trataba de un espacio entre dos hombres. Imperaba el gris, lo cual hacía resaltar los elementos mínimos y hermosos (el bufón de la mesa de comedor, los cojines en el diván) que descansaban en todas las áreas y el acertado vestuario. La estética tomó en consideración el todo en los colores. Tenía un buen balance en relación a la colocación de los elementos en las distintas áreas asignadas para las distintas escenas. En general, fue un buen trabajo de Rafael Martínez (Diseño de escenografía) y Lolyn Paz (Ambientación). No obstante, al colocar la lámpara de pie al lado del diván en el área que establecía la sala, debieron haber tomado en consideración la línea visual de una parte del público (la parte donde justo estábamos nosotros), porque se interponía con parte de la cama. El diseño de luces de Angelina Eva Rodríguez, funcionó con efectividad.

La dirección de Juan Carlos Morales tuvo momentos buenos, sobre todo aquellos donde el realismo cotidiano en las conversaciones naturales entre Daniel y José era ley de rigor. Debería, tal vez, revisar el ritmo, los destellos dramáticos y establecer diferencias en el grado y la profundidad de la sensibilidad. Si el director deseaba trasmitir que no hay diferencias entre el plano existencial de lo espiritual, donde se da a entender que la esencia de Daniel ronda la casa después de su muerte, y el plano de la vigilia cotidiana de los vivos, en esos específicos momentos, logró su objetivo. La belleza de la escena erótica, cuyos movimientos coreográficos, aunque bien ejecutados, exigían interpretaciones más visibles, deba tal vez revisarse, sobre todo por la frialdad que recibimos de David.

Néstor Rodulfo, actor de éxito y trayectoria que ha hecho enorgullecer a Puerto Rico por sus trabajos reconocidos fuera del país, cumplió comedidamente en su interpretación del metódico, recién salido del closet, feliz David. Creímos las escenas de diálogos cotidianos que sostuvo con su compañero escénico. Podría tal vez, considerar la existencia de emociones fuertes y ponerlas donde tienen que estar. Debe tener cuidado con el volumen de la voz, y profundizar, un poco más, en general.

Jason Robles posee un ángel escénico muy cautivador y manejó su personaje con credibilidad realista. Robles acertó su interpretación en forma destacada, en las escenas finales, peligrosas si se atienden por la senda del melodrama, donde sería más fácil caminar. No obstante, y muy posiblemente de la mano con el director, el actor se fue por otro sendero y conmovió con su corazón.

La producción de “No me importa si duele” funcionó para llevar al escenario un trabajo digno y profesional, desde la hermosa propaganda en los medios. Completan el equipo, Norangely González (Asistente de director y regidor de escena); La joven compañía (Coordinación de vestuario); Janet M Bofill (Maquillaje); Juan Carlos Morales (Relaciones públicas); Javier Iván (Fotos de promoción y arte gráfico).

Después de las presentaciones de “Lo que pudo haber sido” del dramaturgo estadounidense Terrence McNally, entre el 14 y 17 de julio, el True Color Fest tendrá su fin de fiesta el 24 de julio en Musas y Eventos en el Centro de Bellas Artes de Santurce, donde se revelarán los ganadores en las distintas categorías del festival.

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