‘Blanco temblor’: un corazón al descubierto

Todo lo que podemos señalar de esta pieza – inspirada en vivencias de su autora – tiene timbre de belleza, lo cual hace una marcada diferencia en su escenificación.
“Blanco temblor”, de Carola García, cosechó aplausos en su presentación en el Primer Festival de Teatro de la Mujer. (Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

Por Alina Marrero
Para Fundación Nacional para la Cultura Popular

Es posible que el arte, poseedor, sin duda, de un poder curativo, posea también la iluminación que nos hace falta para comprender el mundo interior de las personas, lo que en “arroz y habichuelas” suele encajonarse como “irreal”… o “surreal”… nos gusta creer que es verdad… Lo que no tiene lugar a dudas es, que cuando nos podemos identificar con una estética que no podemos explicar, y la misma estética logra hacernos conmover con esperanza y solidaridad, insistir en juzgar el arte desde la línea de una explicación que se acomode a la resistencia de habernos estancado en lo que aprendimos, nos coloca en una posición deplorable.

Nada es nuevo en ningún arte. Y aunque muchos se sorprendan, agradable o desagradablemente, a nivel de aguantarse las quijadas cuando enfrentan una obra de teatro que rompe el esquema de la zona de confort, no es nuevo que nada es nuevo en el teatro. Podríamos, tal vez, comprender el rechazo a lo que se cree diferente por falta de información. Pero cuando la sala se llena y el público rompe en aplausos desenfrenados, los asesinos de la creatividad quedan expuestos con sus vergonzosos argumentos. El secreto de todo éxito no es la fórmula, es el corazón. Y fue precisamente el corazón de la autora lo que vimos en el escenario el pasado domingo 3 de abril, en la cuarta propuesta del Primer Festival de la Mujer, en el Teatro Braulio Castillo de Bayamón, a las cinco de la tarde. La dramaturga tituló a su corazón “Blanco Temblor”.

La obra explora el camino de sanación de la protagonista Marina del Mar, paciente de salud mental. (Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

Al entrar en la sala recibimos el saludo de una pantalla, al fondo del escenario sin telón. El vídeo, que mostraba el ojo de una mujer (posiblemente el ojo de la protagonista), nos llevó, sin tiempo, a ese tiempo de adolescencia en nuestro primer encuentro con la película “El perro andaluz” de Luis Buñuel. Cuando, después de la tercera llamada, la obra comenzó, y bajaron desde el telar, en la misma viga, varias formas que imitaban partes del cuerpo humano, nos sentimos, tan invadidos como la primera vez, por Tristán Tzara (Corazón a gas). Desde esa preciosa juventud, rendimos culto a la creatividad de rompimiento que provoca el caos; y cada vez que uno de esos golpes estéticos nos rompe la nariz, retorcemos la dicha del éxtasis.

A pocos segundos, descubrimos a una mujer que, abrazada por un especial de luz, se agarraba la cabeza con desesperación, pero no se movía. Después de establecer lo anterior, cuatro figuras que permanecían en sombras al fondo, se acercaron a la mujer con intenciones científicamente compasivas. No pasó mucho tiempo para que la autora nos sacara del fatalismo de un marasmo al establecer que el sentido del humor sería la posibilidad recurrente. La dimensión donde se ubicó esta historia, en la cual la gracia y la amistad se presentan sin prejuicios, desintegra los poderes de los juicios y condenas que estancan el progreso del disfrute de cualquier obra de arte, tanto en el artista como el espectador. La línea inexistente entre la vida y la muerte, parte integral de un mito que corre entre los vivos (mágicos en Latinoamérica y en el Caribe al ritmo del tambor), se impone la ciencia de los astros que se confunde con poesía, pero resulta ser una de las teorías del origen de la vida: “¡Somos polvo de estrellas!” (¿Aristóteles? ¿Georges Lemaître? ¿Fred Hoyle? ¿Chandra Wickramasinghe?) El viaje al interior se comprende como una travesía entre universos paralelos, y logra la identificación total del público. Es para nosotros, el logro más grande en esta dramaturgia, destacada por una conmovedora dirección, ambas riendas sostenidas por Carola García.

Las actuaciones de Isel Rodríguez y Carola García merecen elogios por sus respectivas caracterizaciones. (Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

Dos palabras: integración armónica. En este montaje resulta imposible destacar un trabajo sin hacer referencia al otro. El hermoso tráfico escénico no es realista, pero tampoco es rebuscado. La codirección y coreografía de Jaime Maldonado sostienen la mano del director. El diseño de iluminación de Marién Vélez, el concepto de escenografía de Pedro Adorno y Carola García, el diseño y confección de vestuario de Desireé Cruz Fidalgo, el diseño de sonido de Carola García y Omar Silva, la banda sonora de Omar Silva y Colectivo de Electrónica Isleña, la coreografía e interpretación de la danza Triángulo de Jeanne D’arc Casas, el vídeo y edición de proyecciones, Diego Luciano: ¡excelente ejecución y coordinación!

Todo lo que podemos señalar de “Blanco temblor” tiene timbre de belleza, lo cual hace una marcada diferencia. La pieza, inspirada en la experiencia personal de la autora, trata un tema que ha sido llevado al teatro, al cine y a la televisión, aunque en forma veraz, demasiadas veces con la ausencia de la luz humana que abraza la esperanza.

“Blanco temblor” explora el camino de sanación de la protagonista Marina del Mar, paciente de salud mental, sobreviviente de suicidio y bipolar, con la manía hereditaria de no poder temblar, personaje bellísimamente interpretado por Isel Rodríguez. La actriz puso al servicio de este trabajo la exactitud de sus movimientos y la integridad de su educada voz. Rodríguez demuestra también sus dotes como cantante. Como Irene, amiga bipolar y superviviente suicida, compañera de cuarto de Marina en el hospital de sanación, y como la Dra. Eva Riefhold, Kisha Tikina Burgos se impone con su dominio escénico e innegable talento. Nos complació seguir sus expresiones por todo el escenario.

Un actor que puede dirigirse a sí mismo y ser efectivo, es un artista admirado por el público y respetado por sus colegas. La dramaturga de “Blanco temblor”, demostró hacerlo con acierto al dirigirse a sí misma en dos personajes totalmente diferentes en personalidad y edad. Carola García interpreta a Candela y Abuela Alicia, respectivamente, madre y abuela de Marina del Mar. García es una muy buena actriz de trayectoria y experiencia, que se destaca en todo cuanto hace. Esta no fue la excepción.

Distinto a las demás propuestas del Festival, en las que todas son mujeres en escena, “Blanco temblor” presenta a dos personajes masculinos. Le creímos a Yussef Soto cuando hizo con sus personajes, Aurelio y Hombre bello. Maximiliano Rivas, poseedor de un sorprendente ángel escénico, se apoderó de sus personajes, Leonardo y el Dr. Joe Capital, y los puso a funcionar con veracidad y sensibilidad.

El montaje de la compañía Teatro Público acierta en prácticamente todos sus detalles. (Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

Completan el equipo Jessica Rodríguez (regiduría de escena); Vladimir Alvira (coordinación de producción); Agua, sol y sereno (realización de escenografía); Cecilia Adorno y Kenneth Salgad (pintura y diseño), Alba Taína Ortiz, Tania Adorno, Héctor Enrique Rodríguez, Jorge Ramírez (construcción y montaje); Luis X Rivera (asistencia de vestuario); Deyaneira Rivera, Maira García, Ahmed Illich, Jonathan Rivera (equipo técnico); Raquel Vázquez (diseño gráfico, fotografía y vídeo); Gabriela Saker y Desireé Cruz Fidalgo (manejo de redes sociales); Wilda Santamaría (relaciones públicas).

La cuarta propuesta del Primer Festival de Teatro de la Mujer en Puerto Rico que auspicia el municipio de Bayamón, a casa llena, fue una producción de Teatro Público, compañía teatral nueva (nació en 2017), que se destaca por montajes de excelencia, talleres, charlas y grupos de discusión. La compañía se ha mantenido muy activa durante la pandemia, con actividades presenciales y por plataformas cibernéticas. Después de aplaudir esta obra, no dudamos que la raíz de la integración armónica que hilvana el montaje se apoya en las raíces de la producción. La selección de la pieza, la calidad de cuanto se ve y no se ve en un escenario, las relaciones públicas y la buena promoción, son rutas que desembocan en el éxito de una producción. Agradecemos el programa de mano y felicitamos a las productoras ejecutivas Gabriela Sáker y Raquel Vázquez. Esperamos el próximo montaje.

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