Aplausos infinitos para ‘Caputescos’

El Departamento de Drama de la U.P.R. acertó con este montaje de la obra del dramaturgo José Luis Ramos Escobar.
El actor Mario Roche encabeza el elenco de “Caputescos” de José Luis Ramos Escobar. (Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

Por Alina Marrero
Para Fundación Nacional para la Cultura Popular

Conocemos a José Luis Ramos Escobar desde antes de que se convirtiera en uno de nuestros dramaturgos nacionales más importantes, en sus años universitarios, cuando se destacaba como líder estudiantil. Conocemos su trayectoria, como director, académico, y, también, conocemos sus hazañas como actor. Podríamos decir muchas cosas sobre todas esas facetas de Ramos Escobar, y nos encantaría escudriñarlas, su trabajo lo merece. Pero hoy tenemos que enfocarnos en su reciente estreno: “Caputescos”.

Roche se apoderó de su personaje con maestría. (Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

Si pensaron que el título de la obra es la fusión de los apellidos Capuleto y Montesco de la obra de William Shakespeare, “Romeo y Julieta”, pensaron bien. Si pensaron que “Caputescos” se trata, exclusivamente, de una versión puertorriqueña contemporánea sobre la obra más representada del genio inglés, como han hecho tantos incontables talentosos bien intencionados, se equivocaron. “Caputescos” es un gran comentario que abraza varios temas como la brecha generacional, el artista ante su propia obra de arte, la inmortalidad de un texto, lo absurdo de un conflicto bélico, y la relación mentor- discípulo, entre otros temas de suma pertinencia, vistas desde ese punto de vista donde nos nutrimos los unos de los otros, modificamos, cambiamos y crecemos hasta en la inmortalidad. Las dos historias que corren paralelas en esta trama son fascinantes. El autor decidió usar el complicado, y nada definido, conflicto bélico de la antigua Yugoslavia, época que no vivieron sus estudiantes en la universidad, actores en esta obra, pero que, sin duda, el actor invitado recuerda. Esto refleja la situación entre los dos personajes protagónicos, los cuales, por cierto, son tan fascinantes como la historia. Por supuesto, como en “Romeo y Julieta”, “Caputescos” presenta a dos enamorados de bandos opuestos: Vedrana es hija de un general serbio y Konstandin es un kosovar que no es nacionalista. La pareja tratará de ser fiel a la línea de acción en el cuento de amor de Shakespeare, pero no es la historia que se roba la atención principal.

Como nota al calce comentaremos que no es esta la primera obra en la cual Ramos Escobar se refiere a Shakespeare. “El olor del pop corn”, por ejemplo, alude a Otelo.

Retomemos los personajes de “Caputescos”. El viejo dramaturgo, conocedor de la forma teatral y de la palabra al dedillo, amparado en lo tradicional, se niega a dejar su antigua maquinilla, mientras se fuma un cigarrillo tras otro desenfrenadamente. No tiene email, ni siquiera tiene teléfono celular. El joven tiene en su mirilla todos los recursos de cualquier joven que vive en el momento actual. Es experto en tecnología y defiende la vanguardia contemporánea, donde el clown, los títeres y el performance se combinan para formar un texto. Pero no se confundan. Ambos personajes, joven y viejo, son cultos y conocedores de todo lo que pasa. El joven conoce tan bien a Shakespeare como a Samuel Becket. El viejo no ignora lo que existe y conoce el reggaeton. Esa relación entre el discípulo y su mentor, fue, conforme nuestra opinión, el logro más sobresaliente de este trabajo.

La brecha generacional es uno de los temas que aborda la obra. (Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

Fuimos a ver “Caputescos” de José Luis Ramos Escobar al teatro Julia de Burgos de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras, presentada por Teatro Rodante Universitario del Departamento de Drama de la Facultad de Humanidades, el pasado sábado 23, a las ocho de la noche. Se trataba de una producción del Departamento de Drama, trabajada por estudiantes, profesores e invitados, que detuvo su estreno en marzo de 2020, por la pandemia.

Lo primero que vimos al entrar en la sala, fue la escenografía (diseño de Israel Franco Muller), de inspiración realista, funcional, muy atractiva y muy bien construida. Miramos detenidamente la pintura del piso. Nos llamó la atención el acento en la perspectiva de las paredes; el cuadro (que funcionó también como pantalla de proyección) de “El nacimiento de Venus” de Sandro Botticelli, colgado en la pared detrás de un escritorio, a la derecha del espectador; la biblioteca en la pared izquierda, que en un momento le hizo un homenaje al encantador recurso de convertirse en puerta hacia las habitaciones de los habitantes de la imaginación; la ventana al fondo, donde, a través de los cristales, el viento podría transformar a los árboles en criaturas míticas, se usó un como bastidor para sombras que enriqueció el montaje. No hubo rincón en la escenografía que estuviera en escena sin cobrar. De hecho, la escenografía fue el primer actor de la obra que nos cautivó. Bueno, estamos mintiendo. Lo que primero nos cautiva de una obra de teatro es el programa de mano, y esta obra lo tenía, diseñado por Yonathan Irizarry Rosario, a quien felicitamos. Ya estábamos cautivados.

En el programa, nos enteramos de la dedicatoria: “A Dean Manuel Zayas Pereira, imprescindible maestro, colega, director y amigo, a quien tanto quería y a todos los estudiantes de mis cursos de dramaturgia, con quienes tanto aprendí. Gracias, José Luis Ramos Escobar”.

Conocemos el texto de esta pieza de dos actos. El libreto tiene un lema que indica: “No triunfa la muerte”. Ese epígrafe con permiso de consigna, presagia el final definido desde el principio, y establecido en un parlamento del protagonista, el viejo dramaturgo, al revelar que lo primero que escribe en sus obras es el desenlace, donde todas las líneas de acción van a parar: “La flecha tiene dirección cuando tiene el blanco en la mira”. “¡No triunfa la muerte!”, es la primera oración del último parlamento de la obra.

La coreógrafa Maritza Martínez realizó una labor de excelencia para este montaje. (Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

Le robamos la sinopsis al comunicado de prensa: “Un estudiante universitario hace un internado en escritura creativa con un viejo dramaturgo. Éste utiliza una obra que está escribiendo para proveerle al joven una experiencia creativa que estimule su propio proceso. La obra del viejo dramaturgo es una reelaboración de “Romeo y Julieta”, centrada en la guerra en los Balcanes y las luchas fratricidas en la antigua Yugoslavia. La historia se desarrolla a partir de las discrepancias y debates entre el joven y el viejo sobre la función del teatro, las técnicas y procedimientos teatrales y cómo escribir para un público del tercer milenio. Los incidentes toman por momentos ribetes de comedia, mientras los antagonistas confrontan sus visiones de mundo en escenas que reproducen y cuestionan los convencionalismos teatrales”.

La dirección de “Caputescos” tiene grandes aciertos. El viejo dramaturgo es también el general serbio y el joven es Konstandin. Un coro de actores interpreta distintos personajes y acciones. Entendemos que los habitantes de la imaginación son bailarines. Esas fichas funcionan para las visiones, del viejo dramaturgo y del joven, sobre cómo debe ser la obra. El director supo disponer de este recurso con selectiva creatividad estética. Sus intenciones estaban muy definidas desde el principio hasta el final. Y el final, cuando ya está establecido que el mentor y el discípulo pueden ser los dos para los dos, fue sencillamente conmovedor, gratificante, inmenso. Los directores sobresalen cuando siguen el texto.

Entre líneas punzantes, inteligentes y geniales, Mario Roche, como el viejo dramaturgo, se apoderó de un personaje que es a pedir de boca. Daba gusto seguirlo a todas partes, mientras cambiaba de viejo dramaturgo a general serbio con tan solo ponerse y quitarse una casaca. Le creímos cada gesto, cada palabra.

“Caputescos” también se destacó por su escenografía, vestuario y luces. (Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

El programa de mano indicaba que una actriz y un actor compartirían el personaje del joven: Víctor Escobales y Nailany Rivera Colón. Esto nos dejó con deseos de saber cómo saldría el montaje con una actriz en ese personaje, y aplaudimos la idea. La noche del sábado era el turno de Escobales, poseedor de un talento que todavía debe pulir y desarrollar. Lo mismo, en mayor o menor escala, debemos señalar de los integrantes del coro (Dianelsa Berríos, Lesyadi Oquendo, Mariel Merly, Fernando Jiménez, Nicolás Gutiérrez del Arroyo). Esperamos poder ver esos progresos. Los habitantes de la imaginación (Coralys del Mar Aviles Fernández, Myrangely Méndez, Glenis Rivera, Mauricio Roche, Angela Santiago) lucieron convincentes, brillaron. Destacamos a la joven que bailó a la muerte. Aplaudimos a la coreógrafa (Maritza Martínez) por su excelente labor.

Una sola palabra para las luces (Nicolás Luzzi), y el vestuario (Miguel Vando): ¡Bravo!

Completan el equipo, Ariel Cuevas (Director técnico); Analdi J. Morales Claudio (Asistente del director y regidor); Ramonita Toro (Supervisora del Taller de vestuario); Anisa Masih Miriño, Nélida Pagán, Rudeht León Cardona, Ramonita Toro (Realización de vestuario); Anakli J. Morales Claudio, Skylar Silva Agosto (Asistentes de vestuario); Ariel Cuevas, Willie Maldonado, Víctor M Castillo (Realización de escenografía); Fernando Jiménez, Angela Santiago, Gina Alamo, Andrea Soto, Linavet Ferrer (Comité de escenografía); Gina Alamo, Ginavet Ferrer, Daneysha López (Comité de utilería); Fernando Jiménez, Angela Santiago (Comité de iluminación); Daneysha López, Yeslián Marrero, Christopher Romero (Comité de vestuario); Andrés Soto (Sonido); Yonathan Irizarry Rosario (Diseño hoja suelta); Dr. José Luis Ramos Escobar (Notas al programa); José A. Robledo González (Documentalista); Nidia Liz Ramos (Asistente administrativa); profesor Efraín Piñeiro, Jessica (Coordinador de producción; Jessica Ayneé Gaspar Concepción (directora interina del Departamento de Drama)

No queremos despedirnos sin citar algunas de las tantas estupendas líneas en la boca del viejo dramaturgo de “Caputescos”: “Las obras no dan soluciones, ni siquiera le resuelven la vida a un director”. “La inspiración no existe, hay que sentarse a escribir aun cuando no fluya”. “Escribo para dialogar con lo que ya se ha dicho”.

¡Qué viva la dramaturgia puertorriqueña! Para el Departamento de Drama de la Universidad de Puerto Rico, aplausos infinitos.

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