Victoria: ejemplo perpetuo de dirección

Las lecciones de la inolvidable maestra de las tablas permanecen en la memoria de sus alumnos de antaño.
Las anécdotas sobre Victoria Espinosa como maestra de la escena nacional narradas por sus alumnos son interminables. (Foto Javier Santiago / Fundación Nacional para la Cultura Popular)

Por Alina Marrero
Para Fundación Nacional para la Cultura Popular

Parece que fue hace unas horas que la vi, caminando en los pasillos de algún teatro rumbo a una sala de ensayos, en algún estreno, o, sencillamente caminando por la Universidad. Se detenía para, más que saludar, ponernos al día sobre las cosas de la vida. Preguntaba con nombre y apellido por las personas que me eran queridas. A ella tomaba en serio a todo ser humano que tenía delante, y nunca le dio rodeos a una opinión.

Recuerdo, con especial emoción, aquel día, en los primeros años del siglo 21, que la encontré en una actividad de protesta de actores en el parque Luis Muñoz Rivera, y su saludo, de sonrisa iluminada, fue: “Volví con Maiso, estoy viviendo con él”. Ella iba a tomar la guagua para correr a su casa a sentarse en el sofá al lado de quien había sido su esposo, y de quien se había divorciado 40 años atrás. ¿Qué les parece? Victoria Espinosa regresaba a los brazos del artista plástico Luis A. Maisonet… o tal vez sucedió al revés. Hay que hacernos aliados de los tiempos y sostener esos recuerdos. Ella ya no está.

En pocos días celebraremos el centenario de Victoria Espinosa (26 de marzo de 1922 – 6 de julio de 2019), el cual coincide con la celebración del Día Mundial del Teatro (27 de marzo), y la semana que abre ambas festividades navega, en Puerto Rico, desde el mismo corazón. Entre las instituciones y grupos que dedican a la directora, académica, dramaturga, teatrera en fin, sus actividades, se destacan la Universidad de Puerto Rico (Río Piedras, Humacao, Cayey y Bayamón), WIPR, Departamento de Arte y Cultura del Municipio de San Juan, la Pontificia Universidad Católica de Ponce, la Universidad Sagrado Corazón, el Instituto de Cultura Puertorriqueña, el Ateneo Puertorriqueño, el Festival de Teatro de Mujeres del Municipio de Bayamón, la Escuela de Bellas Artes del Municipio de Bayamón, la Escuela especializada en teatro José Julián Acosta, Teatro América de Vega Baja, Taller Vueltabajo en Libertá de Mayaguez, Escena Latina, el Colegio de Actores de Puerto Rico, entre otros.

La diáspora también se deja sentir. El Dr. Carlos Manuel Rivera, profesor y teatrero boricua en Nueva York, ha escrito poemas, realizado performances y brindado conferencias que giran en torno a Victoria. Y nos informó un hada madrina que Mario Colón le rendirá un tributo especial en el Teatro Julia de Burgos en Nueva York, a fines de año.

¡La celebramos! Victoria Espinosa pertenece a una era donde los directores de teatro, cada cual con sus propios estilos, eran muy respetados, y a veces, venerados. Quienes tuvimos el honor y privilegio de trabajar junto con este insigne ser humano, nos rompemos el cerebro para darle un título al capítulo que recoge nuestras vivencias. Eran momentos donde “se dejaba el pellejo” con el tiempo en los procesos. Había hora de entrada, pero de la salida no se sabía nada. Las cosas cambiaron mientras la maestra estaba en vida. Algunos estarán felices de que haya sido así. Yo, con toda seguridad, también. No obstante, quienes dimos la batalla, para hacer funcionar los montajes más memorables de esta mujer insuperablemente genial en todas sus facetas, sentimos que tenemos grandes ventajas.

Victoria Espinosa vivía convencida de que el teatro era un templo, pero no ese templo al cual se va los domingos, sino uno en el cual se tiene que coexistir con estrictas reglas de solidaridad y ética. Era tan estricta como para aseverar, por ejemplo, que “los actores no se enferman, se mueren”, y tan disciplinada como para ser la primera en llegar, cargando los libros y documentos testigos de sus intensas investigaciones y hundirse con el barco hasta más allá del final, aunque fuera sola, sin nadie más.

Victoria era una mujer negra, talentosa, inteligente, de la primera mitad del siglo 20. Cuatro hechos por los que, sin duda, fue objeto de discrimen, burlas, calumnias y envidia. A pesar de que esa situación no cambió, aun entre algunos de sus sucesores, ella nunca utilizó como excusa para el fracaso esa realidad. Por otro lado, muchos la valoraron, la defendieron y la quisieron.

Bajo su batuta, trabajé como actriz (“Areyto Pesaroso” de la propia Espinosa y “Llora en el atardecer la fuente” de Luis Rechani Agrait), diseñadora de vestuario (“Lutero” de Ricardo López Aranda y “La charca”, adaptación de Miguel Bosques y Victoria Espinosa de la novela homónima de Manuel Zeno Gandía) y productora de dos de las obras que dirigió (“La charca” y “Contradanza” de Francisco Ors).

La primera vez que trabajé con ella fue en el Primer Festival Latinoamericano que se dio en el desparecido Teatro Cooparte, en 1971. Era una gran ocasión. Se presentarían grupos de otros países latinoamericanos. Se iba a hacer, por segunda vez, su obra “Areyto Pesaroso”, así que fui a una audición. Me seleccionó para interpretar a la esposa de Agueybaná, que era interpretado por el actor, y galán del momento, Tito Bonilla. Aquella era una producción con la dimensión de un musical. Los actores tenían que ser muy ágiles con sus cuerpos, y hubo desnudos. Conmigo, fueron seleccionados los jóvenes actores José Félix Gómez, Checo Cuevas, Genie Montalvo, Heberto Ferrer, Luis Oliva, Elizabeth Castillo, entre otros.

Los ensayos eran en lo que hoy es el antiguo Casino ubicado frente al Teatro Tapia y la Plaza de Colón, en Viejo San Juan. Para entonces el edificio cobijaba unas cuantas salas de ensayo. Victoria nos hizo ensayar hasta más allá del cansancio desde el primer momento, y nosotros estábamos encantados. Sentíamos fascinación por estar ensayando mientras otros disfrutaban, y con todo, al salir de los ensayos, un poco después de la medianoche, caminábamos hacia La Tea, en la calle Sol, porque teníamos que quejarnos de nuestro sometimiento, tizana de Abelardo Ceide en mano, con los demás. Allí nos enterábamos de lo que pasaba en las otras dos obras (“El herrero y el diablo” de Juan Carlos Gené y “Preciosa y otras tonadas que no llegaron al Hit Parade” del colectivo Anamú) que también iban en aquel Festival. Para ensayar lo que íbamos aprendiendo como estudiantes de Actuación 1 en las clases de Dean Zayas y Myrna Casas, al destacarnos como las víctimas más dignas de lástima en la historia del teatro en Puerto Rico, contábamos lo nuestro tratando de disimular la fascinación que sentíamos por estar trabajando con aquel mito de mujer del cual nos habían hablado tanto.

Mientras se acercaban los ensayos generales, más nervios sentíamos y la directora no tenía pelos en la lengua para corregir. Venía de la tradición de Leopoldo Santiago Lavandero, y tenía los mismos látigos en su forma de dirigir. Pero su dirección era exacta. Ella sabía lo que quería de principio a fin, y estaba determinada a verlo funcionar.

Por fin, llegamos al teatro. Allí el asunto se complicó. “Areyto Pesaroso”, era una obra larga, de muchos personajes, movimientos difíciles, complicados y conllevaba un engranaje enorme. El escenario era pequeño y casi no había espacio tras bastidores. El montaje tenía muchas plataformas y desde la más alta, la familia de Agueybaná se lanza hacia el mar, pero en realidad caíamos en pequeño colchón de catre. Fueron aquellos los momentos de incorporar los distintos elementos, como luces, escenografía, vestuario, utilería. En la mayor parte de los casos, era nuestro primer encuentro con esos elementos, y sobre uno de esos primeros encuentros es la anécdota que voy a compartir.

“Areyto Pesaroso” tenía cerca de tres horas de duración. A 15 minutos del final, Tito Bonilla sobresalía con su última escena como Agueybaná. La primera línea del discurso de guerra del cacique, era: “Juro ante todos y levantando esta sagrada macana”… confieso que no recuerdo exactamente lo demás, el asunto es que, sosteniendo la macana, Agueybaná juraba ganarle al enemigo. Hasta el primer ensayo en el teatro, Tito había dicho su línea sosteniendo en sus manos utilería sustituta, un palo de escoba según mi recuerdo. El día del primer ensayo general, se le entregó al actor la macana practicable, un segundo antes de entrar al escenario. La escena era veloz. De modo que Tito agarró la macana sin verla y cuando la enarboló al aire para decir su línea pensó que Pedro Picapiedra le había prestado el artefacto a la producción. Estuvo a punto de decir: “¡Vilma, ábreme la puerta!”, pero, en un segundo pensamiento, soltó una carcajada. Vicky dijo con mucha firmeza: “¡Que nadie se ría! Seguimos”. No reírme fue uno de los retos escénicos más violentos que he enfrentado en mis 69 años. Aun así, mis compañeros (que se sentían igual) y yo, lo logramos. Al final, Vicky nos dio un discurso sobre disciplina donde se incluyó el ultimátum para el artista de la macana.

Al otro día, le entregaron a Tito una macana arreglada para que Pedro Picapiedra la luciera en el club de Búfalos Mojados, y Tito se volvió a reír cuando la sostuvo al aire. En esta ocasión, Vicky, convertida en Juracán, soltó vientos, rayos y centellas por la boca: “Mañana es el último ensayo y yo tengo que ver la obra correr de arriba abajo. Tito Bonilla, no importa cómo esté la macana que te entreguen, no te puedes reír. Si te ríes, empiezo la obra desde el principio. ¡Y lo mismo les digo a todos!”.

Hubo un silencio de sepulcro, pero nadie le reprochó nada al actor. En verdad, la macana era “creativa”. No obstante, sabíamos que Vicky tenía razón.

A Victoria Espinosa le importaba que sus actores fueran cultos, que al menos supieran todo lo
relacionado con lo que tenía que ver con la obra. Sentía como misión, educarnos. Así que cuando llegamos el miércoles prestos al ensayo general, Marcelino Canino nos dio una conferencia y después, nos pusieron una película de indios taínos que duró hora y media. El ensayo, como si fuera el ritual de Atabei, para cambiar el destino de sus feligreses para siempre, comenzó justo a la medianoche.

Todo fluía, más o menos, de lo más bien, hasta que llegó la escena de Tito Bonilla con la macana, la cual, voy a resumir, estaba más grande, más fea y más risible que nunca. Aunque Tito trató de controlarse, la carcajada imperó invicta. ¡Y cómo fue aquello! El actor se tiró al piso muerto de la risa y no podía parar. Eran cerca de las tres de la madrugada y, ¿saben qué? El ensayo volvió a comenzar. Cuenten las horas, amigos, para que se enteren que el ensayo terminó cerca de las seis de la mañana. Yo tenía una clase de Literatura Puertorriqueña, a las siete de la mañana con otra gloria de Puerto Rico, Luis Hernández Aquino, algo que, bajo ninguna circunstancia, me iba a perder. Así que fui, vestida de india taína, desde Cooparte en Barrio Obrero, derechito a la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras.

Cuando terminaron las funciones de “Areyto Pesaroso”, una compañera me dijo: “¡Vicky está ensayando una obra que estrena en el Festival de Teatro Puertorriqueño!” Y para allá corrimos, al edificio en Viejo San Juan, a pedirle trabajo. Así fue como terminamos contratadas por Ernesto Concepción para el estreno de Bohío Puertorriqueño, “Llora en el atardecer la fuente” de Luis Rechani Agrait. Aquel era un montaje mucho más complejo y descomunal. Los cuentos de esa producción son de comenzar y de nunca acabar. Pero esos los haremos en otra oportunidad.

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