¡Poldín infinito!

La comitiva de los 110 años de Leopoldo Santiago Lavandero fue constituida el pasado domingo, antes de la función de cierre de ‘La plenópera del empache’.
Parte de la comitiva que conmemora el 110 aniversario del natalicio de Leopoldo Santiago Lavandero. (Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

“Si el mundo es un escenario,
Leopoldo Santiago Lavandero
merece una mejor iluminación”.
(Bob Massey)

Por Alina Marrero
Para Fundación Nacional para la Cultura Popular

De niña, escuchaba el nombre Poldín como escuchaba los nombres de mis tíos y mis primos. Los cuentos eran de comenzar y nunca acabar. Cuando no hacían morir de la risa, hacían temblar de miedo. Porque Poldín era una especie de súper héroe celestial con misión terrenal con el poder de decir lo que tenía que decir, sin tapujos ni rodeos, en forma tal que parecía haber sido perfeccionada, cara a cara, por el dios del trueno. El hombre, además, era diestro con la madera y hacía máscaras desde una plancha, o una greca de colar café.

La casa del hermano mayor de mi papá, y compadre de su prestigioso maestro, estrenaba, con frecuencia, en sus paredes y estantes, algo que había hecho el profesor de la primera clase de actuación en la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras en 1941, y mi mirada de niña reverenciaba aquellas artesanías como objetos sagrados en un templo. Aunque ese profesor era asiduo a las fiestas que se hacían en la casa mis abuelos en la calle Piñero de Río Piedras, en las décadas de 1940 y 1950, yo nunca coincidí con él. Poco a poco, me fui enterando que Poldín era muy conocido por el apellido de su madre, Lavandero, pero el apellido de su padre era Santiago, y que su apodo Poldín surgió de su nombre, Leopoldo. Leopoldo Santiago Lavandero. Para mí no hubo diferencia, aquellos eran el nombre y los apellidos de Zeus eterno.

Mario Donate tiene palabras de elogio para  Carlos Ruiz, primer protagonista de “La plenópera del empache”, estrenada en 1973. (Foto Anamín Santiago)

A principios de la década de 1980, conocí a Hilda López Maíz, quien había sido secretaria de Poldín por muchos años, y escuché con atención los cuentos que ella hacía sobre su jefe. Todos, a mi alrededor, tuvieron que ver algo con él. No obstante, mi primer encuentro cercano con el fundador de “Areyto” (organización teatral que presentaba obras originales de autores puertorriqueños), fundador del Departamento de drama de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras, fundador del Teatro Rodante en la UPR, fundador del Miniteatro Infantil, fundador de la Compañía Teatral de Maestros, el responsable de que existan clases de teatro en nuestras escuelas, declamador, actor, director, maestro de maestros, padre de la educación teatral en Puerto Rico, Leopoldo Santiago Lavandero, sucedió en 1986, en el Centro de Bellas Artes de Santurce, en el estreno de “Las cartas de Mozart” de Emilio Carballido, producción que dirigí para Reto Inc. Poldín y su esposa Camelia Jiménez Malaret, junto con José Luis (Chavito) Marrero y su esposa Mercedes Sicardo, después de la función fueron tras bastidores a felicitar a la directora y a dos de los actores, Ángel Domenech y Elsie Moreau, quienes habían sido discípulos integrantes de la Compañía Teatral de Maestros.

A principios de la década de 1990, fui una de las organizadoras del homenaje que el Teatro Comunal Rodante de Brega en Ponce le hizo a Poldín, me colé en reuniones amistosas que tuvo con algunos de sus discípulos y lo recibí en mi casa, junto con su esposa, un día de Acción de Gracias. “¡Qué currería!”, dijo su voz de trueno cuando vio mi colección de máscaras, y no dejó de decir “¡Qué currería!”, durante toda la velada. Le dije, emocionada hasta el tuétano: “Don Leopoldo, usted es una de las figuras más importantes del teatro en Puerto Rico”. Me respondió: “Lo has dicho con tanta ingenuidad, que te lo voy a aceptar”.

Leopoldo Santiago Lavandero nació en Guayama el 21 de septiembre de 1912, y falleció en Florida el 30 de marzo de 2003. Este año se conmemoran los 110 años de su nacimiento. Por tal razón, su discípulo y heredero de su propiedad intelectual, el titiritero y director teatral Mario Donate, preocupado por el olvido al cual hemos sometido a su padre teatral, tomó la iniciativa de organizar una comitiva para celebrar al mentor que comparte con grandes profesionales de la escena puertorriqueña. Escribió el reportero Bob Massey en el North Port Sun, en 2001, tal vez en el último reportaje en vida del mentor: “Si el mundo es un escenario, Leopoldo Santiago Lavandero merece una mejor iluminación”. Los que entendemos la importancia de Santiago Lavandero, modificamos la cita: “Leopoldo Santiago Lavandero merece la mejor iluminación”. Por tanto, y más que tanto, nos solidarizamos y nos unimos a esta celebración.

El actor Adrián García saluda a Carlos Ruiz en la función escenificada en el Teatro Arcelay de Caguas. (Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

La comitiva de los 110 años de Leopoldo Santiago Lavandero, se hará cargo de las distintas actividades que se efectuarán en honor al profesor este año. La misma fue constituida el pasado domingo 6 de marzo, antes de la función de cierre de “La plenópera del empache”, original del maestro, y presentada por la directora y dramaturga cagueña Iraida García: Adrián García (Mini Teatro Infantil Rural 1966), Ángel Amaro (Compañía Teatral de Maestros 1966), Luis A. De León (Talleres de Verano 1967), Humberto De La Rosa (Compañía Teatral de Maestros 1967), José B. Álvarez (Mini Teatro Infantil Rural 1968), Mario Donate Mena(Mini Teatro Infantil y Taller Plenópera 1968), Ernestina Meléndez (Teatro Escolar 1969), Luis Lugardo (Compañía Teatral de Maestros 1969), Gloria Parrilla (Taller de Verano Capacitación Maestros 1969), Carlos M. Ruiz (Taller Verano – Gira Plenópera 1973), Ramfis González (Taller Verano – Gira Plenópera 1973), Enrique Benet (Taller Verano – Plenópera 1973), Johanna Ferrán Salas (ETAE – Profesora de Expresión Corporal 1976), Aixa Ruiz (En representación de Gladys Ruiz – directora Teatro Escolar), Guanina Robles (En representación a María Butter – Compañía de Maestros), Javier Ortiz (En representación a Rafael Ortiz, Compañía teatral de maestros), Miguel A. Bisbal (Gestor Cultural en Aibonito), José Vidal Martínez (Colegio de Actores de Puerto Rico), Brenda Plumey (Directora Puppet Slam), José López (Titiritero – SEA, INC.), Iraida García Rosa (Profesora, Dramaturga y Directora Teatral) y Héctor Escalante (Artista Plástico).

Entre los tantos de tantos excelentes que pasaron por su estricto adiestramiento, ya fuera en la Universidad de Puerto Rico, el Mini Teatro Infantil y la Compañía Teatral de Maestros, se destacan José Luis (Chavito) Marrero, Juan Ortiz Jiménez, Piri Fernández, Victoria Espinosa, Gloria Arjona, María Judith Franco, Myriam Colón, Marta Romero, Ángel F. Rivera, Estrellita Artau, Alicia Bibiloni, Antonio Frontera, Ernesto Concepción, Marcos Betancourt, Elín Ortiz, Walter Buzó, Eduardo Bobrén Bisbal, Nilda González, Félix Antelo, Luis Torres Nadal, Armando Pardo, Rafael Cruzado, Carlos González, Nydia Navia, Dagma Rubio, Rafael Caraballo, Juan B Liceaga, Elsie Moreau, Ángel Domenech, Luis Antonio Pérez, Tito Cardona, Rafael Ruiz, Francisco Torres, Pedro Norat, Virgilio Escalante, Emilio Carrasquillo, Carmen Rosa Moreau, German Colón, Héctor Ferrer, Belén Ríos, Heberto Ferrer y Vicente Castro. Cuando fue profesor en Yale, Santiago Lavandero fue maestro de actuación de prestigiosos actores norteamericanos como Paul Newman.

Portada del programa original de la obra estrenada en 1973. (colección Alina Marrero)

Después de la presentación de Iraida García, el actor Adrián García, hizo de las suyas contando anécdotas de su experiencia con Poldín. Después de hacer reír al público con sus ocurrencias, García hizo entrega de la medalla Leopoldo Santiago Lavandero a Carlos Ruiz, el primer actor en hacer La plenópera del empache en su estreno mundial en 1973.

Sin esconder lo conmovido que se sentía por la sorpresa, Carlos Ruiz recibió la medalla, y, con lágrimas en los ojos, tomó su posición como actor de la obra que empezaría en breves momentos.

En lo que la obra comenzaba, pude hojear el sobre que entregó Mario Donate a los integrantes de la comitiva. El mismo incluía el primer programa de “La plenópera del empache”, el cual se entregó en todas las comunidades que se presentó, y que estrenó en el auditorio de la escuela Nemesio Canales. La importancia del programa de mano, fue una de sus grandes lecciones.

Leopoldo Santiago Lavandero, fiel creyente que el amor al teatro se cultiva en las escuelas, donde las clases de teatro deben prevalecer, vivió para hacer valer lo que creía. Viajó por toda el País para ver el teatro que se hacía en nuestras escuelas y esa fue una de las maneras que tuvo para reclutar talentos para el Miniteatro Infantil. En un momento, en Puerto Rico, no hubo persona mejor preparada en el teatro y de la misma manera, trasmitió a los mejores la técnica, la información y la acción.

Leopoldo Santiago Lavandero es recordado por ser un maestro y director estricto, implacable, mordaz, cínico, determinado y… bien parecido, ¿por qué no? Cito unas palabras de Victoria Espinosa que plasmara el periódico El Nuevo Día, en un artículo escrito por Tatiana Pérez Rivera el 5 de noviembre de 2012: “Era tan joven y guapísimo, todas éramos unas adolescentes enamoradas. Con esa voz preciosa y las técnicas de teatro nuevas que nos enseñaba, nos tenía a todos fascinados en el salón. Era muy buen profesor. Aquellos fueron los cimientos del teatro puertorriqueño que conocemos hoy”.

¡Que miles de soles sean tu luz especial en el escenario de tu majestuosidad eterna, Leopoldo Santiago Lavandero, padre de todos, Poldín infinito!

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