‘Anochecer, no me evoques el recuerdo aquel…’

Sylvia Rexach inspira estas líneas que atestiguan el impacto de su obra a través del tiempo.
El legado musical de Sylvia Rexach es descrito como” fuertemente adictivo”. (Foto suministrada)(Foto suministrada)

Por Fátima Seda Barleta

Es una presencia en mi vida desde que tenía yo 12 años. Para entonces, era la mamá de mi amiga grande, Sharon Riley. Para que no me metiera en líos ese verano al quedarme sola, Dilia, mi madre biológica, convenció a la directora del Departamento de Teatro de la UPR que me aceptaran de oyente, como habían invitado a mi hermano mayor. Ambos teníamos obsesión por todo lo teatral: leíamos teatro, hacíamos teatro, íbamos a las obras de teatro. Ahora íbamos a estudiar teatro.

En un acto de locura propio de los genios, doña Myrna Casas le dijo que sí, sujeto a que guardara la cordura. Ese verano de teatro conocí a Sharon, que era compañera de clases.

Sinceramente, mis planes eran formarla, cosa de que me facilitaran la salida y pasar el verano en traje de baño, porque vivía en la playa, mascando Blonies y corriendo bicicleta. Eso de pasar un verano con los grandes no era lo mío. Pero ese verano, del que algún día escribiré con calma, estaba destinado a poner a la mamá de Sharon en el hilo conductor de mi vida.

Pasaron dos o tres años en que otros acontecimientos me propulsaron a España. Al Madrid en que bullían Serrat, Víctor Manuel, Massiel, un naciente Julio Iglesias, pero nada de la música caribeña. Dilia, cuyos conocimientos musicales eran nulos, nos envió el disco hoy icónico donde Carmen Delia Dipiní y Tato Díaz dieron vida a la música de Sylvia Rexach, no como admiradora suya, sino por ser de la mamá de Sharon.

Ya terminando mis estudios allí tras cuatro años y medio en Madrid, teníamos que tomar la incómoda decisión de conservar unas cosas y otras no. Entre ellas, el disco de Díaz y Dipiní. Serían las once de la noche cuando lo pusimos por vez primera, tras cuatro años silenciado. Y Sylvia hizo su magia en España. Lo escuché una y otra vez hasta que amaneció.

Si las melodías eran de trance, las letras eran otra cosa, era algo que nunca habíamos escuchado. Adiós a los boleros de mar y cielo, o de pétalos y amaneceres. Sylvia Rexach, mama o no de Sharon, me endrogó, porque su música es fuertemente adictiva, sensual, dura pero hipnotizante, rara.
Fue lo primero que eché en la maleta que llevaría a la Universidad de Syracuse, mi próximo destino. Los estudiantes no entendían las letras, pero la música les era irresistible. Nada sabía de esa señora que Sharon no nos explicó por muy niños, por estar todavía muy dolida con la muerte de su mamá, o porque Sylvia es inexplicable.

Cuando regresé a Puerto Rico le enseñé el disco a mi madre de crianza, la compositora Ketty Cabán, y como la causalidad es infalible, me estaba poniendo de frente a la mejor amiga de la mamá de Sharon, para una narración que duraría cincuenta y un años. Comenzó con una sonrisa y la frase: “¿Te gusta? Yo era parte de su conjunto, Las Damiselas”.

Me autonombré su biógrafa y en un periódico que nacía, El Vocero de Puerto Rico, coordiné el primer suplemento que se le dedicó a su novelesca vida. Creo que es el único suplemento que publicado dos fines de semana corridos, de la recepción que tuvo. La vida de Sylvia Regina Rexach González no fue fácil, la niña tampoco. Todos los días me cuestiono cómo, con la sensibilidad golpeada que vivió, pudo componer lo que nos dejó.

Entre hoy y mañana, la hija de don Julio y doña María Teresa, la hermana de Julito y de Matera, de Hilda, de Dinorah y de Ena, la prima de Lilel, la que marcaba a sus compañeros de clase con un carimbo, la descendiente de aguadeños ilustres y fajardeños provenientes de Cataluña, cumpliría cien años. Es tan importante, que voy a contar hasta los dolores de parto de su madre. Cumpliría cien años, pero rompió su reloj a los treinta y ocho. Diagnóstico del doctor Carlos Rivera Lugo: obstrucción intestinal. Diagnóstico cronológico: total descontrol de su existencia e incredulidad del fenómeno que llamamos muerte.

Entre hoy y mañana, lo que creí que sería un centenario más sonado que un año nuevo chino, se convierte en uno de los muchos centenarios secretos de los inolvidables en nuestro País. No me pongan la excusa desteñida del Covid, por favor. Díganme que nuestros actuales famosos en la música son unos malditos ignorantes que creen que la música nació con ellos, ayer. Díganme que no hay al presente nuevas grabaciones suyas y les ripostaré que busquen el CD de Bertha María con arreglos de Amaury López Jackson. Para mí, la versión definitiva de la música de Sylvia Rexach.

Esa Sylvia nació en 1922, como la radio. Creció con la radio, la hizo crecer a su vez, la utilizó como una caja de trucos, le enseñó a sonar, a enamorarse, para que nosotros lo aprendiéramos también. Sylvia Rexach, a lo largo de mis décadas, pudo ser mi madre como lo fue de Sharon, de Billy Boy y de Shibin. Fue la abuela eternamente ausente y eternamente joven de Sylvita Febo Riley y de Jaime Albizu Lamboy Riley. Cien años dan para muchas cosas. A lo largo de mis décadas la consideré mi igual y ahora podría ser mi hija. Cada época le dio una luz diferente. pero el embeleso prevalece. Anochecer, no me evoques el recuerdo aquel… porque cada día, por encima del reguetón y del trap, de todo lo que escucho, al ritmo y al tiempo que lo quieran tocar, se eterniza.

(Fátima Seda Barleta es una respetada abogada puertorriqueña con amplia trayectoria en el campo del periodismo y en el mundo de las letras.)

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