¡Norberto, Hermanazo!

‘En un mundo que – con muy pocas excepciones- está lleno de ladrones y usurpadores de derechos de autor, Norberto era el mesías’.
Imagen que ilustra un compartir de amigos entre Norberto González, Cheo, Roberto Ramos-Perea y Anita. (Foto FB/RRP)

Por Roberto Ramos-Perea

Acostumbrado a levantarme lo más tarde que pueda, me despierto soñoliento a ver docenas de mensajes en mi celular. Y todos gritando de dolor por la muerte del que ha sido uno de mis mejores amigos en los últimos años.

Norberto González, mi hermano, mi amigo, mi editor y mi socio en todo lo que han tenido que ver mis ediciones en los últimos 20 años.

Estoy devastado.

Sin habla, en medio de todo el huracán de mensajes no logro concentrarme para concebir el tamaño de la pérdida.
No hace dos días, Anita su hermana y socia, me dijo que estaba mejorando después del primer infarto, que todo iba bien, y mis palabras de seguro consuelo, “tranquila Anita, que Norbert es un toro, es un burro de trabajo, él sabe…pero tiene que bajarle a ese ritmo y todo va a estar bien”.

Había que obligarlo a que le bajara la velocidad a ese tren… Nober, el hombre que más sabía del negocio de libros en este país, para mantener su negocio trabaja el doble de lo que cualquier gerente de un comercio trabajaría. Subía y bajaba las escaleras crujientes de su librería como si tuviera 20 años. Hacía surcos en el piso con su ir y venir de un anaquel a otro, día tras día, tras día…

Su otro fráter, mi hermano Cheo, el de Casa Norberto, hombre de Dios y de palabra siempre optimista, compartía conmigo la preocupación por la salud de Norbert para el que siempre invocaba el consuelo divino. “Norbert está bien, siempre con sus cositas, pero él es fuerte…” y Norberto que entra en ese instante con su sonrisa eterna que cargaba la única definición que he conocido de decencia en el mundo editorial.

¡Un editor decente! Los hermanos González dieron y dan cátedra de decencia, de sensibilidad y respeto a los pocos que hemos sido “los autores de Norberto”, los Gavioteros, los autores que estos tres hermanos seleccionaron para dar prestigio al mejor editorial del que goza Puerto Rico en estos instantes.

Y ahora, el broder se nos fue. Se me llevó la tierna y generosa sonrisa de su esperanza. Y a la literatura nacional se le ha detenido el corazón. Y el mío.

Con Norbert la vida de un buen escritor siempre era un nuevo proyecto: “escríbeme el prólogo de este libro”, “¿cuándo me traes el manuscrito?”, “¿Vale la pena publicar este?, aconséjame”, “te voy a imprimir más copias de este por que se está vendiendo bien, ven a buscar el cheque”.

¡Un editor que pagaba, que respetaba! En un mundo -con muy pocas excepciones-, que está lleno de ladrones y usurpadores de derechos de autor, Norberto era el mesías.

¿Y cómo olvidar sus fiestas de Navidad, sus cínicas y hasta decepcionadas quejas del país, aquella sonrisa que siempre me miraba con cariño paternal: “¿Estás pelao?, dile a Anita que te cuadre”.

O, “Norbert, necesito este libro” … y en medio segundo, “¡llévatelo!”.

Todos los autores de Gaviota tenemos que estar de luto mucho rato.

Abrazar a Anita y a Cheo y en el silencio de nuestros gritos decirle cuánto le respetamos, cuánto le quisimos, y cuánta falta nos hará ese que fue una de las más puras definiciones de bondad.

Así fue conmigo. Así lo recordaré siempre.

La bondad es algo que un corazón apasionado nunca olvida.

Estoy llorando. No solo porque se me ha muerto “como del rayo” mi editor y mi amigo.

Estoy llorando porque a la literatura nacional se le ha muerto su más sólida esperanza. Anita y Cheo la recogerán. Estoy seguro.

Porque si hay algo que nunca se deja sucumbir es eso, la esperanza.

¡Hasta siempre, y gracias mil veces, ¡Hermanazo!

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