Nostalgia cangrejera

Un grito de añoranzas y recuerdos de un Santurce de antaño.
La icónica Calle Calma cambió al nombre de Calle Ismael Rivera (Foto Vicente Toledo para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

Por Vicente Toledo Rohena
Para Fundación Nacional para la Cultura Popular

Recuerdo cuando mi padre decía “lo de antes era mejor”. Se refería a la música, las películas, los programas de televisión, los periódicos y hasta el quehacer diario. Algo tan simple como lo vivido cada día. Desde mi punto de vista pensaba y pienso que eso sería así siempre. De acuerdo a las vivencias y experiencias, cada persona defenderá la época en que creció y vivió.

Después de muchos años y con el sentir profundo por la falta de mi padre, tras partir a la eterna morada, el que repite esa frase “lo de antes era mejor”, soy yo. Mi añoranza y recuerdo apela a la nostalgia de un Santurce que marcó mi vida. Un Santurce donde nací, crecí y pasé los mejores días de mi vida. Absorbiendo el alma de la gente, aprendiendo el significado de la bondad, la gratitud; palabras que no se mencionan mucho y han caído al olvido.

La nostálgica playa del Último Trolley. (Foto Vicente Toledo para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

El Santurce que recuerdo era el de los 70’, alegre, de respeto y humildad; el de Villa Palmeras. Las fiestas de marquesina, los bautizos, los cumpleaños y las fiestas Navideñas. Estrenar ropa nueva en Navidad y Año Nuevo; y esperar con ansias, la llegada de los Tres Reyes.

Recuerdo claramente que al sonar las doce campanadas que marcaba la despedida del Año Viejo, salían a saludar a sus vecinos y desearles grandes bendiciones.

La retrospección me transporta a la inolvidable calle Calma –hoy día, calle Ismael Rivera- desde la Avenida Eduardo Conde hasta el cruce de la avenida Baldorioty de Castro. Otras calles aledañas como calle Del Río, Del Valle, Santa Cecilia y Manuel Corchado no se alejan de la memoria. En ese tiempo, caminar no era un problema. Se podía ir a pie hasta la calle Loíza, Barrio Obrero o hasta el corazón del entretenimiento cangrejero, a partir de la Parada 25 –por la Ponce de León- donde se encontraban los cines Matienzo, Music Hall, Radio City, Paramount, Cinerama, Metro y Ambassador, entre otros.

La casa –que ya no existe- estaba situada en la calle Calma #303. Su particular aroma, reforzada por una historia inmensa, la hacía imponerse con su estructura en cemento, madera y zinc. Su balcón parecía una escenografía de obra de teatro; dos sillones que servían para tomar fresco con un viejo radio de fondo. Los actores sentados en las mecedoras casi siempre eran mis bisabuelos, Juana y Tomás. Ella con una bata blanca y su clara cabellera. Él, un popular revantao –perteneciente a las huestes de Luis Muñoz Marín- que no se quitaba su sombrero blanco y no se despegaba de su bastón. La escenografía continuaba con pequeños árboles y flores que adornaban y perfumaban la entrada. La casa era de dos pisos y desde la altura podía imaginar dónde estaba Hato Rey, la Loíza, Barrio Obrero, e incluso emocionarme en visualizar las luces encendidas del estadio Hiram Bithorn, aguardando que se lanzaran al terreno mis Cangrejeros de Santurce.

Más allá de las estructuras, el barrio era su gente. Al frente, don Martín ‘el barbero’, era todo un personaje. Cada vez que iba a entrar a la casa, pisaba la alfombra frente a la puerta y limpiaba sus zapatos una y otra vez. En ocasiones, muchos de nosotros contaba las veces que lo hacía. Al lado, de don Martín estaba doña Amparo, una amable y bondadosa mujer que santiguaba a los empachados.

El parque Barbosa, lugar de encuentro para jugar béisbol. (Foto Vicente Toledo para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

Así en lo sucesivo, una gama de gente buena que no tenía nada de ellos; lo que tenían era del que le hiciera falta.

Cierro los ojos y recuerdo la casa de doña Petra y su palo de acerola; los ‘limbers’ a cinco centavos de doña Clemen; la tienda de Manuel para comprar las cartas de peloteros y golosinas; la casita de Kako ‘el plomero’; y la Iglesia Presbiteriana Unida en Monteflores, el santuario sagrado para adorar a Dios; y otro caudal de buenos vecinos.

Los lugares de compra o puntos de referencia eran diversos. Los negocios de Rafael Vélez, Lalín, Vilchez; el supermercado Puco, Farmacia San Carlos; La Quinta Avenida; los cuellitos y canastas de Sullivan; los pastelillos de La Bodega o si preferías, podías seleccionar la gallina en la Pollera.

A todo esto se le llama nostalgia y hasta cierto punto me asusta que me ataque. Me pongo a pensar… ¿Será que me estoy poniendo viejo? ¿Es normal esta nostalgia? Vamos a llamarla añoranza, suena mejor.

De pronto recordé una sirena que se escuchaba a la lejanía. No recuerdo bien, si era a las 8:00 o a las 9:00 de la noche. Me decían, “es hora de recogerse. Ningún niño debe estar en la calle”. Nunca supe con certeza de dónde venía esa alarma y si era un tipo de toque para recogerse o qué, nunca indagué.

El Teatro Matienzo tal y como se apreciaba en 2005 tras la restauración en la que también cambió su nombre a Franscisco Arriví. (Foto Javier Santiago / Fundación Nacional para la Cultura Popular)

Las diversiones eran sanas. Para nada nos imaginábamos la posibilidad de los juegos electrónicos y mucho menos los teléfonos celulares. Las maravillas de las comunicaciones las veíamos en las películas de James Bond y en los muñequitos de Dick Tracy.

El entretenimiento era los juegos típicos como a ‘las escondidas’, ‘chico paralizado’ o ‘Simón dice’. O tal vez, las canicas, los gallitos y naturalmente, pelota y baloncesto. Pero juego de pelota con el palo de escoba y una bola de tenis; y baloncesto con un aro de bicicleta como canasto y una bola de jugar en la playa como balón. A veces, la bola de playa era tan grande que no entraba por el aro de bicicleta y había que vaciarla un poco sin romperla para lograr que entrara. Como mi deporte favorito siempre fue el béisbol, también jugábamos con un palo de escoba y las chapitas de las botellas de refrescos, maltas y cervezas. Nada mejor para demostrar que se tenía buena visión. Después de todo, éramos cangrejeros, los que le gritaban a coro a los fanáticos de los Senadores de San Juan, “Ese es tu papá”. Los Cangrejeros de Pedrín Zorrilla, Roberto Clemente, Willie Mays, Willard Brown, Rubén Gómez, Orlando Cepeda, Terín Pizarro, Tany Pérez y Juan José Beníquez.

El asunto de la enseñanza comenzaba por lo que aprendíamos en la casa. Se educaba sin libro de instrucciones. La escuela elemental era la Antonio B. Caimary –en su entrada estaba plasmada una cita del dramaturgo William Shakespeare que nunca olvidé: “No hay peor tiniebla que la ignorancia”; y la docencia intermedia era en la Facundo Bueso. Entre mallorcas, conos de papas fritas, las famosas empanadillas de pizza y los refrescantes frozen, pasábamos buenos momentos. En mis años antes de entrar a la escuela elemental fui a la casita de Ana, una encantadora señora que preparaba a los niños antes de su escuela formal.

La Iglesia Presbiteriana Unida en Monteflores –hoy día, Iglesia Reverendo Ramón Olivo Robles en Monteflores- era y sigue siendo el lugar de paz para conexión con el Creador.

En Santurce siempre nos hemos sentido orgullosos de nuestra gente, desde los más humildes hasta los que encontraron un lugar en las artes, deportes y otros reglones como Gilberto Monroig, José Miguel Agrelot, Ismael Rivera, Rafael Cortijo, Danny Rivera, Juan ‘Terín’ Pizarro, Teo Cruz, Pellín Rodríguez y otros tantos. Santurce es Junior Toledo, Carmín, Niuska, Tita, doña Carmen, Zory, Bibi, Wito, Quiles, Heny, Ángel Luis, David, Poldín, Enid, Norma, Kako, Nandín, Roberto Collazo, don Segarra y Los Rivera, don Martín, María Remedios, Juan Pescao, Monchín, Manochén, Pepe Bocina, Moncho Grúa; y una cantidad innumerable de personas que marcaron una era en el Santurce que no volverá.

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