Hoy viene Arturo

El trovador Omar Santiago narra el impacto que tuvo en su formación musical conocer al inolvidable Arturo Santiago.
Aruro Santiago celebra una de sus memorables victorias tras partcipar en un concurso de trovadores en San Germán. (Foto FB / Omar Santiago)

Por Omar Santiago Fuentes

Cuando los jóvenes trovadores íbamos (como prospectos) a los concursos de trovadores en la famosa década de 1990, sabíamos que era un domingo para pasarla bonito y aprender. Siempre volvíamos a casa con algo que contar. A ese momento, estaban activos muchos trovadores de nivel, buenos improvisadores, espontáneos, de buena voz, de astucia mental, de experiencia y temple.

Para nuestra bendición, como los concursos eran muchos, en ocasiones podíamos compartir con unos y en otras con otros. Estimo que en los concursos de buen nivel podían haber 20 o 30 trovadores que ocupaban con frecuencia los primeros lugares, y muchos no faltaban a ningún rincón de la Isla.

Dentro de esos Trovadores había algunos que sobresalían por su contenido y otros por sus múltiples cualidades artísticas. Porque además de ser conocedores de la estrofa, tenían ligereza, seguridad y mucha visión poética y esas cualidades siempre han sido inherentes al arte de la oralidad. Nosotros, los aprendices éramos tímidos, nerviosos y eso se nos notaba. Aunque muchos lo superamos con el tiempo, en aquellas décadas había maestros que nos dejaban embelesados. Recuerdo siempre, que cuando llegábamos a las plazas y se hacía un recuento de los participantes, algún compañero decía: “¡Hoy viene Arturo!”…

Al poco rato, cuando llegaba “el master”, la energía cambiaba. Te saludaba efusivo, se reía y guiñando un ojo te transmitía un mensaje silente que advertía que había que cantar bueno para ganar. Los que querían ganar, lo miraban y murmuraban subiendo las cejas sobre las posibilidades de triunfo, porque todos sabían que él venía a competir con los buenos, sin mirar nombres. Daba igual que fuera amigo o conocido, a la hora del concurso todo quedaba a un lado, y él cantaba para ganar.

No he visto a nadie coger el pie forzado con tanta confianza, por difícil que fuera. Se paraba serio, y con su ceño fruncido daba la impresión de que lo podía dominar. Cuando el Seis de Ceiba parecía oírse a lo lejos, llegaba aquel grito con un – le lo lai – campesino que cambiaba la tarde y provocaba aplausos instantáneos, en ocasiones sin decir el primer verso. Ya al terminar la estrofa, sus ademanes, sus pasos bailados y sus golpes en el pecho, entrando en el verso nueve, provocaban aplausos con un efecto dominó.

Fueron decenas los premios ganados, cientos los concursos de trovadores donde participó y muchas las controversias de espinelas que tuvo con los mejores de su tiempo. En una ocasión me dijo: “recuerda que yo no tengo escuela”, como infiriendo que algunos le llevaban esa ventaja, y era cierto.

Arturo, llegó a la cima, y cuando estuvo en ella le dio la mano a muchos compañeros para subir. Fue gestor, abrió plazas, hizo programas, dio vida al arte, grabó discos y trascendió a otros espacios como artista. Su eco, queda en otras voces, como su hijo Arturito, y su exalumno Jovino que tienen mucho perfil del decano.

Así lo recuerdo yo, como en la foto, cuando ganó en San Germán (en ese momento yo tenía 12 años y estuve de niño trovador).

Como ya saben todos, se quedó dormido el lunes, y entre sus compañeros de cielo, seguro alguno dijo: “¡HOY VIENE ARTURO!”.

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