El marido de ‘Modesta’

El dramaturgo puertorriqueño Roberto Ramos-Perea recuerda a Don Juan Ortiz Jiménez tras su partida del plano físico.
Juan Ortiz Jiménez protagonizó en 1956 la película “Modesta” de la División de la Comunidad. (Foto (DIVEDCO)

Por Roberto Ramos-Perea

Se le ha muerto a Puerto Rico, Juan Ortiz Jiménez.

A mí se me ha muerto un gran amigo a quien no le pude complacer el último deseo que me pidió.

Juan era uno de los actores más naturales y estudiosos de nuestro cine. Un periodista viril (en la noción decimonónica del término), es decir, de carácter, de temple, de valor. El intelectual callado pero escrutador, altivo, seguro de sí mismo, franco, y sobre todo inteligente.

“Modesta” ganó premio en el Festival de Cine de Venecia, Italia. (archivo Fundación Nacional para la Cultura Popular)

Lo conocí cuando apenas empezaba yo mi pobrísima carrera de actor, en la que él reconoció en mi alguien con algún talento salvable, y de inmediato me ofreció una entrevista en la Revista Teve Guía, en la que laboró por buena parte de su vida.

“Juano”, como yo cariñosamente le llamaba, ostentaba siempre para con los jóvenes actores una figura paternal, un ala extendida llena de promesa y afecto, de calma, de humilde pero recia condescendencia.

Muchas veces compartimos la peroración sempiterna del arte, del cine puertorriqueño en la que él había hecho notables descubrimientos históricos que había publicado en el “Puerto Rico Ilustrado”, y también gustaba del teatro con una pasión silenciosa, pues como actor y crítico se había hombreado con los mejores, en aquellos gloriosamente recordados festivales de teatro del ICPR. Su admiración por Cesáreo Rosa Nieves, el estreno del primer “Baldorioty”, y las jocundas anécdotas de “Modesta” y la Divedco siempre salían de su boca como palomas bravas.

Juan Ortiz Jiménez era una figura que había dejado su huella en tantos caminos de nuestra cultura, que sería una hazaña recogerlas y anotarlas para alcanzarles el paso.

En los bajos ochentas había una Tertulia de Intelectuales en una lujosa casa de una urbanización de San Juan, cuyo lugar y líder he olvidado, donde un amigo de Juano convocaba académicos, artistas, hombres y mujeres de bien a hablar por largas horas de los asuntos más recientes del acontecer isleño.

Foto del autor de este artículo en los años en que Juan Ortiz Jiménez destacó su trabajo desde las páginas de Teve Guía. (archivo Fundación Nacional para la Cultura Popyular)

Allí me llevó Juano un día. Allí se paró y me presentó ante aquellas personas como “la mejor promesa de la dramaturgia puertorriqueña”, pues había disfrutado inmensamente de mi “Revolución en el Infierno” y para mi vergüenza, no se cansaba de elogiarme. Independentista de los duros, pero sabio, conocedor de dobleces, me miraba hablar con aquel paredón de intelectuales con un orgullo paternal. Yo era tan joven entonces, que jamás me pasó por la mente que aquellos intelectuales se habían reunido para “calificarme y felicitarme”, -en el buen sentido- por la aportación de mis escritos. Al salir de aquella Tertulia Juano me dijo, “tu conversación los ha impresionado…. Pero a mi no. Yo ya sé quién eres y puedo imaginar lo que serás y me siento muy alegre por tí”. Y su sonrisa afectiva, tierna, su palmada en la espalda, lisonjera, generosa, se quedaban conmigo siempre que nos encontrábamos.

Admiré mucho a este artista. Siempre que veía a “Modesta” y le preguntaba por ella, sus cuentos y su alegría por haber hecho aquel monumento de nuestro cine, me iluminaban de esperanza.

Hace algunos años, su amorosa hija me llamó porque Juan, ya enfermo y encamado, me quería encargar un último deseo. Juan había heredado el manuscrito de Amaury Veray de la versión que este genio de la música nuestra había hecho de “La Borinqueña” y quería que yo produjese su estreno en el Ateneo.

Roberto Ramos-Perea, Edgar Quiles, Juan Ortiz Jiménez e Ileana Cidoncha, en una de las premiaciones del Círculo de Críticos de Teatro. (archivo Fundación Nacional para la Cultura Popular),

El Ateneo… en su eterno remolino de tragedias y luces, se tragó mi petición. Aquel presidente arrogante que tuvimos, no me hizo caso. Pospuse la idea hasta que llegase otro. Pero el otro que llegó tampoco, y entre huracanes, crisis, chismes y tonterías, la posible producción del concierto de “La Borinqueña” de Amaury se encerró en mi maleta de imposibles. Cuánto dolor rompió mi alma al decirle a su hija que la petición de mi gran amigo había sido ignorada por las pueriles causas con que muchos ignorantes olvidan lo importante. ¡Con cuánta alegría Juan aspiraba a sentarse en una sala a escuchar la composición de su amigo Amaury Veray! Y yo le fallé.

Esa culpa -que no fue mía- terminó enterrada en mi alma y hoy me sangra. Perdóname Juano por no haberte dado ese inmenso placer que esperabas. Perdóneme su hija y perdónenme todos aquellos que hubiésemos querido que Juan escuchará aquellos acordes que su amigo le había heredado.

Hoy me hago cargo de la pena de recordar esto. Solo espero que el camino que abrí para que otra institución lo hiciera, pueda caminarse con éxito, aunque Juan ya no esté.

O bueno, tal vez sí esté.

Ese marido de Modesta siempre reclamará “¡más cariñito y menos bembeteo!”.

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