‘Hamilton’: Teatro puertorriqueño

Por Roberto Ramos Perea

Para realizar un breve acercamiento crítico a HAMILTON, es importante recordar los fundamentos sociológicos de la crítica teatral. Para no ser los meros voceros de una desinformada y ambigua opinión, la crítica teatral debe contestar entre otras muchas, las siguientes preguntas: ¿Qué existía antes de la obra criticada, cuál es su contexto histórico y sus mecanismos de producción? ¿Cuál es su intención y su discurso? ¿El dramaturgo logró lo que se proponía? ¿Cuáles fueron sus grandes fracturas con lo establecido y sus aportaciones al género? ¿Cómo la opinión de su público acertó o desacertó en la consideración y valoración de su propuesta teatral?

Veamos a Hamilton de Lin Manuel Miranda, desde estas perspectivas. Mi primera valoración sería, que Hamilton es el musical más significativo, mejor elaborado, más perfectamente construido y más influyente de finales del siglo XX y lo que va del XXI en los Estados Unidos. Aseveración que implica conocer mucho de lo que en Broadway se haya realizado. Hamilton supera en todos los aspectos citados a los cinco musicales más influyentes antes de él: Hair (1968), A Chorus Line (1975), Jesus Christ Super Star (1973), Les Miserables (1980) Phantom of the Opera (1986) y Miss Saigon, (1989) por su importancia política.

En todos ellos hay fracturas profundas de la aceptada tradición: sobre todo en música, coreografía, puesta en escena e ideología. Muchos de ellos basados en novelas clásicas y biografías de personajes históricos destacados o se apoyan en hechos históricos conocidos y se les concede una nueva interpretación. (El drama histórico y el drama musical histórico, como cualquier texto de historia o documento de archivo es una forma de interpretación.) Todos ellos lograron captar la atención de un público de musicales deseoso de novedad, de atrevimiento, y de corte definitivo con la morigerada y antiséptica tradición criada desde Showboat, West Side Story, Cabaret, Chicago o la farandulería ñoña de Dreamgirls o Mamma Mía.

Hamilton es otro ojo y es otra voz. El ojo de un dramaturgo serio, conocedor de la estructura dramática, bailarín, coreógrafo y sobretodo excelente músico, al día con lo que su generación produce. Su discurso y su intención son sinceras y auténticas muestras de la verdad de una psique compleja. Para llegar a ella hace falta arrojo. Y Lin-Manuel Miranda lo tiene en demasía porque es un dramaturgo rebelde y temerario. Y esto es sin duda su mejor cualidad.

Entre las muchas fracturas, precisamente concebidas, está la de romper con la pretensión historicista. En este musical George Washington es interpretado por un actor negro, corpulento, de una voz impresionante, mientras el General Lafayette es un hombre alto, flaco, latino, y de una plasticidad corporal que sirve bien a los cinismos de la obra.

La música R&B, hip hop, rap, en fusiones sabias con arias muy tiernas y hasta sombras de edm y punk. La gestualidad juvenil moderna, y hasta un “Rap fight” son parte atrevida e intencionada de esta novedad que trasciende la hueca posmodernidad teatral de la que podría acusársele y que ya ha sido expresada por muchos dramaturgos antes que él. La dirección escénica del espectáculo es una joya de imaginación. Escenarios rotativos, luces vehementes, precisa coreografía de las mutaciones y escaleras no dejan descansar el ojo.

El escogido del personaje central acertó en el contexto político de la presidencia norteamericana de 2015 que aún sigue en discusión. Hamilton es un inmigrante, soldado independentista que por el favor ganado ante su general Washington, eleva su poder a la Secretaría del Tesoro, desde donde hace importantes aportaciones al desarrollo de la economía de las trece colonias como estados federados. Los aspectos emocionales de la vida íntima de Hamilton se desenvuelven con gran sensibilidad, mostrando ambigüedades y contradicciones típicas de todo político.

El musical logra sus principales objetivos sin gran esfuerzo y soberana inteligencia: entretener, intrigar, cuestionar, analizar, comprender y contaminarnos con la complejidad humana de un inmigrante enfrentado a las mezquindades de su tiempo.

La recepción del público no pudo ser más entusiasta. Nunca había visto aplausos tan prolongados y tan frecuentes para un actor nacional. Si bien la publicidad hace su parte, hubo extrema empatía con las intenciones extrateatrales de HAMILTON. Su filantropía y la de su señor padre, así como el logro de traer, a inmenso costo y con gran esfuerzo y tolerancia, una muestra de lo que el talento de nuestra Nación de allá produce, son ejemplarizantes.

‘Hamilton’ es teatro puertorriqueño.

Latino, obviamente, y esto es uno de sus mejores méritos ante un teatro latino que cada día encuentra más serios escollos para su expresión. Pero es puertorriqueño –de cuyo amor nacionalista atrapado en una colonia no puedo zafarme- porque representa en brillante metonimia nuestra esclavizadora condición colonial. Hamilton es un hombre que desea contribuir desde su naturaleza de inmigrante, a la fundación de lo que será una nación poderosa e imperialista. Para ello deberá odiar a Inglaterra, mofarse de su rey y decidirse a dar la vida en el campo de batalla. Cosa que hizo, como miles de puertorriqueños desde la misma conquista.

Hamilton hablará inglés, pero el idioma de sus acciones revolucionarias es universal. Su arrogancia se estrellará con la inquina y la mezquindad política. Será traicionado por su propia gente, engañará a su esposa, será perdonado, será victima de chantajes, conspiraciones para asesinarlo, sacará pecho y se pondrá en la raya cuando sea necesario, asesinarán a su hijo, será asesinado él, y será olvidado demasiado pronto o sustituido por otro héroe…. ¿no es esta también la ruta del patriota puertorriqueño?

HAMILTON cumple lo que promete más allá de su deber. Escrita por un dramaturgo, – colega y hermano puertorriqueño para mí- que imparte su sello de amor a la Patria de sus padres y la suya. Ese sello de amor que él desinteresadamente ha reclamado varias veces, debe ser reciprocado. Darle gracias infinitas por poner a este país nuestro a pensar, y a entusiasmarse.

Gracias, hermano dramaturgo Lin-Manuel Miranda, por cumplir tan sabiamente con su deber.

(El autor es dramaturgo puertorriqueño, Director del Archivo Nacional de Teatro y Cine del Ateneo y profesor de Historia Social del Teatro Puertorriqueño)

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