Lo efímero y lo permanente en Puig

Por Provi Sein
Para Fundación Nacional para la Cultura Popular

Mis conocimientos de las Artes Plásticas no abundan en la filigrana de la técnica; más bien parto, intuitivamente, de su narrativa, de la sugerencia del texto subyacente.

“En las ardientes manos”, obra en medio tinto sobre papel de Marcelino Puig. (Foto suministrada)

Lo inesperado en la obra de Marcelino Puig – “Despertaron las horas dormidas “ y “Todo quema en la hora feroz” – es el inusual uso del carbón, herramienta pictórica tan tradicional y primigenia, toma un expresionismo explosivo y diáfano, tan frágil que, a ratos, perfora el papel en un impulso incontrolable. Esta propuesta en papel, como parte activa de la obra final, lleva en sí lo efímero del tiempo: podrían desaparecer, romperse, esfumarse; no sólo el concepto en sí de lo que contiene cada pieza, es cómo se afecta por la forma del montaje en el espacio de la galería/museo; verlas “flotando” en el aire, livianas, frágiles, silenciosas, como telones de una escenografía fragmentada.

Me percato que el silencio es un componente que tiene aquí una presencia: no sólo es parte del título de varias piezas; el silencio es necesario para “dialogar”, entender, acallar ciertas voces y penetrar otras barreras, concentrarse en cada pieza. Cada cual tendrá alguna “conversación” con unas, mientras que, otras, guardan un hermético silencio esperando ser descubiertas. Algo así como interpretar un mapa de tierra desconocida y descubrir seres efímeros, calaveras, rastros de algo que nos es familiar, un pálpito; el movimiento constante de la transformación de las cosas. Y detrás el espectro sutil de la muerte.

Muestra de la obra en cerámica del artista. (Foto suministrada)

“A la brava”, la obra de Marcelino en cerámica, retoma también el material primigenio, el barro, esa memoria primordial, la memoria sedimentaria, del fósil; la memoria de lo que permanece como testigo de lo que fue. Algunas de estas piezas parecen tener un doble discurso; mientras que en la obra en papel reina el silencio, en las de cerámica reina la palabra, como bocas que susurran sonidos, palabras, suspiros, frases, las letras sueltas de un libro.

Los títulos sugerentes, inspirados en poemas (Marcelino es un ávido lector) dan una clave (hermética) que funge como una guía hacia la variedad de lecturas (o niveles) que propone el artista en cada una de sus piezas.

El mundo de la Literatura, la Música, la Danza y el Teatro, son los elementos que nutren esta búsqueda estética, este discurso plasmado en carbón, papel, y barro, ambas caras de una misma moneda: el silencio y la palabra, la quietud y el movimiento, principio y fin; que desembocan en un grito esperanzador: “La región de los iguales”: el regreso a la materia inicial, el resurgir desde la materia prima que en esa sucesión de eventos no muere, se transforma siendo a la vez: efímera y permanente.

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