Eterno el genio de Jerry González

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Por Jaime Torres Torres
Para Fundación Nacional para la Cultura Popular

Las vidas del inmortal “Gato” del jazz se multiplicaban hasta el infinito en su modo de hacer renacer la rumba, en sus sesiones hipnóticas y en sus grabaciones que siempre supondrán nuevas conquistas en las latitudes del swing.

Jerry González, el mítico y genial trompetista y conguero de 69 años, fallecido en circunstancias trágicas durante un incendio en su apartamento en Madrid, España, será recordado como un tipo excéntrico que caminaba a paso lento, medio encorvado, con el estuche de su trompeta y, aunque fuera de noche, escondía sus ojos tras lentes oscuros.

Con una boina, a veces con un sombrero, cubría las canas que ya abundaban en su cabellera. Siempre usaba camisas anchas de manga larga. Y se expresaba con el “spanglish” del típico niuyorrican, pero articulando sus palabras en voz baja y sin reprimir la astucia de su espíritu con su sonrisa maquiavélica.

El misterioso Jerry González era la personificación elocuente de un felino del jazz y quien a pesar de que aparentaba vivir en una nube, gato al fin, tuvo sus sentidos y sus pies bien puestos sobre la tierra.

El que sabe de jazz y se sumerge en el examen de su discografía junto al Fort Apache Band reconocerá fácilmente que en la música de este percusionista y trompetista de ascendencia puertorriqueña vibran, como un eco, la locura e irreverencia de Thelonious Monk, los enigmas de Miles Davis, la pasión de Art Blakey y el swing de Elvin Jones.

Los expertos consideran su disco “Rumba pa’ Monk” una de las 15 grabaciones de jazz latino más excitantes de todos los tiempos. Pero González, un mito respetado y admirado por los grandes de la expresión sincopada, no vivía obsesionado por la publicidad mediática ni por las primeras planas de las revistas especializadas en jazz.

La última vez que lo entrevistamos literalmente lo ‘atrapamos’ después de disfrutar con su novia y posteriormente esposa de un chapuzón en la quebrada Juan Diego de El Yunque, durante una de sus pocas visitas a Puerto Rico, desde que se radicó en España.

González se sentó en una mesa contigua al escenario silente y oscuro donde hablamos. Encendió un cigarrillo y, en medio de la penumbra, habló de su exitosa incursión en España con el sentimiento, la sinceridad y la fluidez de sus solos de trompeta con sordina.

En España siempre lo respetarán. Los gitanos lo reverenciaban como a un dios. En casi 20 años intervino en más de una treintena de grabaciones en que incorporó al lenguaje del jazz el embrujo de las bulerías y los lamentos gitanos.

Martirio, Diego “El Cigala” y El Niño Josele dicen que es el último pirata del flamenco porque su trompeta con sordina y sus afinadas tumbadoras entienden muy bien el legado de Camarón de la Isla, Pata Negra y otros exponentes de ese género de raíces gitanas.

“En España hacía falta la timba de Nueva York. No entendían la clave, pero poco a poco se han ido acostumbrando… tienen un gran oído para la rumba”, señaló entonces Jerry al subrayar, con su peculiar modestia, que es el único trompetista de jazz que tocaba flamenco en España. “¡Yo mismo no me lo puedo creer!”.

Aunque su acogida en España es uno de los frutos de su aplaudida intervención en el documental fílmico “Calle 54”, con el tiempo supo -y se lo reconfirmó su madre- que su bisabuelo Gerardo Antonio González Toyos, era oriundo de Asturias, al norte del país.

Se sentía como en su casa y, con su alma cosmopolita, estrechó lazos de amistad con prácticamente todos los músicos de España, excepto, en ese momento, con el pianista Chano Domínguez.

Jerry fue su anfitrión en Nueva York, pero no comprendía por qué Chano al principio se mantuvo alejado de los estudios y las tarimas en que trabajaba, situación que en años recientes cambió. “Tal vez porque le dimos una pela en el North Sea Jazz Festival y no le quedó más remedio que decirme que ahora sí que los Piratas del Flamenco suenan bien”.

Jerry, con quien mantuvimos un vínculo a través de las redes sociales, se sentía feliz en España. Conoció el amor y vivía la dicha de la paternidad de una hermosa niña.

Previo a radicarse en España, intentó residir en Puerto Rico, pero pronto comprendió que no era posible por la falta de taller. Aunque fue un talento fundamental del Festival de Jazz Borikén de José “Furito” Ríos y pisó en dos ocasiones la tarima del Puerto Rico Heineken Jazzfest, se sentía vacío e incómodo por una razón: no podía “jamear” y rumbear en San Juan.

En España, se sintió feliz. Allá se casó y fue padre de una niña hermosa. Allá trabajó como nunca, forjando un legado discográfico junto a Martirio, Diego El Cigala, los Piratas del Flamenco, Los Comandos de la Clave, Miguel Blanco, Federico Lechner y otros.

Jerry González dominaba los rudimentos de la cadencia afrocaribeña y el lenguaje jazzístico. Escuchar su Fort Apache Band era un deleite por su identidad. No era jazz latino, ni música latina con jazz.

Es jazz de avanzada. Innovador. Creativo.

Solo un genio pudo poner a bailar rumba a Monk en el más allá.

Descansa en paz.

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