Edgar Abraham más allá de las fronteras

Por Rafael Vega Curry
Para Fundación Nacional para la Cultura Popular

Conversar con Edgar Abraham durante aproximadamente una hora es como tomar una lección rápida de apreciación de la música. No es que su tono sea necesariamente didáctico ni que tenga deseos de hacer proselitismo. Es que sus conocimientos musicales son tan vastos y su amor por la música tan genuino –y contagioso-, que ambos surgen en su conversación de manera enteramente espontánea. Desde Batacumbele hasta Mozart, desde Joe Zawinul hasta Stockhausen, son muchos los nombres de genios musicales que pueblan su imaginario. Dan ganas de saber más de música, mucho más, después de hablar con él.

Abraham ha recibido aplausos de la crítica especializada por su nueva propuesta discográfica. (Foto suministrada)

Todo eso, de alguna manera, se refleja en su nuevo e innovador álbum, “Caribe”, una reafirmación de la identidad puertorriqueña, así como de la caribeña, que une a partes iguales el gozo y la técnica. Los puristas cuestionarán si es o no un disco de jazz, por la predominancia de ritmos como el songo, la guaracha y el palo dominicano, así como por el hecho de que Abraham canta varios de los temas –algo nuevo en su carrera- en onda decididamente “latina”. Los que saben más sencillamente se lo disfrutarán, haciendo caso omiso de categorías y fronteras.

Aunque se le conoce mayormente como ejecutante del saxo alto, Abraham toca todos los instrumentos –piano, bajo, guitarra, percusión- lo que le permite ser un “hombre orquesta” en sus grabaciones, “Caribe” incluido. Ha ganado tres premios Grammy, por su participación en las grabaciones de Calle 13 y Residente. Inquieto y laborioso, ha producido 20 álbumes a su nombre en 20 años de carrera, aunque no necesariamente a razón de uno por año. Recientemente recibió a la Fundación Nacional para la Cultura Popular en su salón en el Conservatorio de Música de Puerto Rico –donde también es profesor- para hablar de su nuevo disco, sus instrumentos, el arte de la improvisación y los efectos del huracán María en su vida personal.

¿Cómo surgió “Caribe”?
Antes de este disco había hecho una serie de múltiples grabaciones. Tuve un proceso de mucha creatividad, que fue del 2006 al 2012. Durante ese tiempo quise hacer un disco en el que quería integrar distintos músicos a los que les tengo mucha estima y admiración, pero era muy complicado, porque muchos viven fuera del país, algunos iban y venían. La logística era difícil. Se me hizo difícil hacer ese disco, “My Best Friends”, que fue el último que hice antes de este. Ahí participan Horacio “El Negro” Hernández, Giovanni Hidalgo, Endel Dueño, Eddie Gómez, Papo Vázquez, Ignacio Berroa… un proyectazo. Son músicos que viven en Estados Unidos. Pero tuve la suerte de que algunos pasaban por aquí a tocar y yo también fui a Miami a grabar.

Durante ese proceso, estuve haciendo otras grabaciones (que salieron como) el proyecto “Quíntuples”, que fue un lanzamiento de todos esos trabajos [se trata de un ‘set’ de cinco discos compactos, cada uno con personalidad propia]. La grabación se hizo en Radio Universidad. Carmelo Sobrino hizo el arte, fue una experiencia de mucha creatividad. El proyecto “Caribe” nació de presentaciones que hice aquí y en Chicago con esos músicos.

Cuéntanos de la música que presentas en este nuevo álbum.
Este proyecto es el comienzo de una secuela de grabaciones que voy a hacer. “Caribe” inicia la serie para ir cubriendo después distintas partes del globo terráqueo. Con este disco quise hacer una síntesis de parte de los ritmos del Caribe, porque son cientos de ritmos. Comencé a estudiar los ritmos con los que más me he familiarizado y las agrupaciones a las que he tenido admiración. Traté de identificarme con esos estilos y así grabé los temas. Por ejemplo, lo que es el palo dominicano. Mucha gente conoce el merengue, que es una música bonita, bailable, que tiene su origen en las raíces afrocaribeñas de la República Dominicana y de Haití. El último tema del disco, “Para ti”, tiene influencia de palo dominicano. Darío del Rosario, que fue el que tocó la tambora, lo conoce muy bien. Incluso, hay instrumentos del folklore dominicano que parecen tambora, pero son otro tipo de tambores que se utilizan en ceremonias religiosas de santería. Soy muy admirador de Juan Luis Guerra y su trabajo, y sé que él ha adoptado esos ritmos de los palos dominicanos, y otros del Caribe. Ese número, “Para ti”, es una fusión del jazz y el palo dominicano.

En la grabación el músico toca diferentes instrumentos así como canta en alguno de sus números. (Foto suministrada)

También utilicé el songo, en el tema “Dame un beso deso”. He aprendido mucho de esos arreglos que Eric Figueroa y Cachete Maldonado hicieron para Batacumbele. En el tema “La marea”, me inspiré en “Contradanza” de Chucho Valdés. Yo he estudiado toda mi vida la música de Irakere y ese tema, “Contradanza”, es una fusión de conga con rumba. Es un verdadero reto improvisar a ese tempo, a esa velocidad tan rápida.

En cuanto a “Daddy’s Trumpet”, hace unos años tuve la oportunidad de ir a un club en Spanish Harlem que se llama St. Nicholas Jazz Club. Después que tocamos se hizo un “jam session” con clarinete, saxofones, trombón, se formó una especie de dixieland. Dentro de esa influencia escribí ese tema, que dediqué a mi padre. Él toca la trompeta, aunque se dedicó a la viola durante 30 años con la Orquesta Sinfónica. Fue maestro de viola en la Escuela Libre de Música, de hecho.

Además de esas influencias, tuve la oportunidad de conversar con Joe Ramírez, quien además de ser un gran músico es babalao. Yo le tengo mucho respeto a todas las religiones, aunque no las practico. Yo practico el budismo. Nosotros, músicos, al fin, estudiamos la música de todas las religiones. Estudiamos a Johan Sebastián Bach, a Mozart… Hay que tener la mente muy abierta para aceptar todo tipo de información para que, a la hora de improvisar, poder transmitir todo lo que uno sepa que es adecuado en el momento.

Ramírez quería hacer una especie de toque de batá, el toque de Olokún específicamente. Mi composición nació del tambor. Hay muchas técnicas de composición, uno puede escribir la composición, interpretarla, cantarla. Hicimos un primer “take” con los tambores y yo empecé a componer encima de lo que los tambores estaban haciendo. Añadí la batería, el contrabajo y a un talento nuevo, la vocalista Tanisha López, de Cultura Profética. Cerré la puerta de la cabina y le dije a ella, “haz lo que tú quieras, tienes rienda suelta con tu creatividad”. Ella salió extenuada con lo intenso de la interpretación.

El ritmo de “Guaguancó” lo quise hacer ameno, con influencias modernas, incluir el funk con la guaracha. Me gusta mucho el grupo Spyro Gyra y en mi primer disco, “My First Steps”, tuve la oportunidad de grabar un tema de ellos, “Old San Juan”. Pero he hecho de todo, realmente. Grabé en el género clásico “Los diez mundos”, una suite que compuse para saxofón alto y orquesta sinfónica; he escrito cuartetos de saxofones con tempo serial, pero en general, este disco es el comienzo de nuevos proyectos.

Has indicado que “Caribe” es un disco de reafirmación puertorriqueña y caribeña. ¿Qué puedes comentarnos al respecto?
El Caribe es uno. Tuve la oportunidad de viajar hace unas semanas a un festival en Saint Thomas, que se llama Jazz at the Park. Me di cuenta de que somos tan similares, aunque el primer idioma de ellos es el inglés, pero el calor caribeño se siente. Y yo creo que sucede también con nuestros hermanos dominicanos, que son personas que han contribuido mucho a este país, personas muy trabajadoras, un pueblo que tiene muy clara su identidad cultural. Puerto Rico también está en unos procesos en que los músicos también tratamos de llevar un mensaje de preservar nuestra cultura. Yo creo que la música y el arte en general son el catalítico que nos une.

Lo notas también en nuestros hermanos cubanos. Tuve la oportunidad de viajar a Cuba en el 2003 a un festival de jazz en La Habana y uno se queda sorprendido de lo mucho que tenemos que aprender como puertorriqueños, como caribeños y como nación, que es necesario mirar más cerca. Muchas personas miran muy lejos, por ejemplo, a lo que hacen los artistas norteamericanos, que lo hacen genial, pero también tenemos que mirar al sur, al este y al oeste. En Argentina hacen un jazz espectacular y, si vamos a Brasil, ni te cuento. Es cuestión de mirar un poco más cerca y darnos cuenta de quiénes somos primero para entonces tener una claridad como artistas y como seres humanos.

¿Qué te motivó a cantar en esta ocasión?
Yo respeto mucho a los cantantes, comenzando por el bel canto, con Plácido Domingo, Pavarotti. Ya todo se ha hecho en la voz. También me he dado cuenta de que sucede en el jazz, en muchas grandes bandas, como Weather Report. Ahí Joe Zawinul era como un vocalista. Zawinul hacía unos coros y se acompañaba a sí mismo con las armonías que hacía en el piano. La gente se identificaba así más con el género del jazz. Utilizar la voz atrae más al público y así hay más “engagement”, como dicen en inglés. Uno crea una relación más humana con el público.

¿Cantar representó entonces un aprendizaje para ti?
La música es un proceso constante de aprendizaje. Yo aprendo todos los días. Desde el punto de vista de instrumentista y de compositor, pues son dos caminos distintos, uno tiene que tomar unas decisiones a la hora de grabar un disco. Por ejemplo, decir, “en este momento voy a tomar unos elementos de guitarra acústica, el saxofón simple y llanamente, o voy a utilizar un big band”. Son decisiones que van en la constante búsqueda de hacer una música versátil y no mantenerse en un estilo monótono; incorporar nuevas ideas. Y la voz dije, vamos a tratarlo.

(El disco) ha tenido buena acogida en Colombia, me han llamado algunas personas ya. En Colombia a la gente le encanta la salsa y hay unos grupos excelentes, como en Puerto Rico. El hecho es que siempre he tratado de buscar la alternativa de llegar a la gente. Que no vean el jazz como un género élite. El jazz es una música que nace del corazón, de la creatividad, de uno poder expresarse. Eso fue lo que me motivó, el decir “quiero llegar a la gente, quiero realmente hacerlo”.

¿Cuál es tu saxofón preferido y tus intérpretes favoritos?
Me gustan todos. Le he dedicado más tiempo al alto, aunque en el proceso de hacer el bachillerato y maestría en Ejecución tienes que estudiarlos todos, desde el sopranino que es el más pequeño hasta el saxofón bajo, que es enorme. La digitación es la misma, la embocadura cambia un poco y en el estilo de improvisar en el jazz, cada instrumento tiene su acercamiento. En el bossa nova, Stan Getz era un genio, como “hablaba” con una sola nota. Junto con John Coltrane, otro genio, fueron los maestros del tenor. Y por supuesto, Wayner Shorter. En el saxo alto, Paquito de Rivera y Charlie Parker, obviamente. En el barítono, Gerry Mulligan. Me inspiró mucho su trabajo con Astor Piazzolla, “Reunión Cumbre”.

Llevo 28 años con el mismo saxo alto, ha viajado el mundo conmigo. Pedro Rivera es el lutier que me lo ha restaurado en múltiples ocasiones. Él es muy humilde y no habla de sí mismo, pero mientras trabajó en la Giardinelli (un legendario taller de la ciudad de Nueva York) le arregló la trompeta a Miles Davis y el saxofón a Sonny Rollins. Es un genio de la reparación. Trato de arreglarlo yo mismo con los conocimientos básicos que tengo, pero, en efecto, es un instrumento muy complejo.

De los temas del disco, ¿hay alguno del cual te sientes más orgulloso?

En el proceso creativo de “Caribe” se grabaron alrededor de 15 o 16 temas. Hicimos distintas ejecuciones, pero no iban todas en el mismo camino. Me dije, “vamos a organizar las ideas”. Hemos hecho discos completos y los hemos guardado y vuelto a empezar. Además, cuando tú haces todos los instrumentos toma más tiempo encontrar el sonido correcto de la batería, del bajo o contrabajo, si es un piano o un Fender Rhodes lo que vas a utilizar…. Me puedo identificar con el tema de “La marea”, que dice, “que me lleve la marea pa’ donde sea”. Si uno tiene su norte claro, la dirección del viento siempre te va a llevar.

En varios de los números tocas todos los instrumentos. ¿No temes que algún crítico negativo te valore negativamente por la falta de interacción, un elemento tan importante en el jazz?
Las ideas y el talento, todo lo que uno conoce, es parte de la contribución musical que uno puede hacer. Rahsaan Roland Kirk tocaba tres y cuatro saxofones a la vez. Uno dice, “pero, ¿por qué? ¡Si yo con uno me tengo!” Pero él dejó un legado muy importante. El suyo es un trabajo muy serio. Jaco Pastorius y Marcus Miller han hecho trabajos similares.

Son procesos distintos. En ocasiones, para lograr esa interacción, yo he tenido que grabar hasta 10 veces la batería. Es un proceso muy individual, algo que viene del corazón. Es algo muy genuino, no importa lo que algunos críticos puedan decir –aunque yo respeto mucho la opinión de los críticos. Al final del día, el propósito de la música es hacer la gente feliz. Eso lo aprendí de Herbie Hancock, quien dice que el propósito de la música es alimentar el alma de la gente, y si uno lo puede hacer por uno mismo… Aunque me encanta grabar con todos los músicos a la misma vez.

¿María afectó de algún modo la producción de “Caribe”?
Nosotros terminamos el disco como dos o tres semanas antes del huracán. Saqué todos mis instrumentos de un local que tenía alquilado en la avenida Kennedy para pintarlo. Yo tengo muchos instrumentos, batás, congas, batería, los seis saxofones, y los llevé a una casa de la familia. El huracán arrasó completamente el local donde los instrumentos habían estado almacenados, en un segundo piso. Si no los hubiera sacado a tiempo, los hubiera perdido todos. Pude también sacar la grabación. Nos preguntamos, ‘qué vamos a hacer ahora’, pero en esos días la gente necesitaba música y yo agraciadamente siempre me mantuve ocupado con diferentes proyectos musicales.

Dices que improvisar es un reto. ¿Cómo te sientes cuando estás improvisando?
Yo estudio la improvisación, al igual que la técnica, todos los días. Es un reto constante porque la tarima no miente. Siempre dice la verdad. Eso lo aprendí de Chucho Valdés. En el momento en que uno se para en la tarima o en el estudio de grabación, uno es muy visceral. Uno no está pensando en el acorde ni en la escala de B mayor. Uno solamente toca. Sucede mucho en el “free jazz”, donde uno hace parecer fácil lo que realmente es complejo. Es distinto de la música clásica, donde todo está escrito. Aunque siempre hay un elemento en la música clásica de toque humano.

El reto del momento de la improvisación es tener una técnica, un conocimiento general de los acordes y la forma; si te sales de la estructura, hacerlo en un momento adecuado, como lo que hizo Pat Metheny cuando vino a tocar aquí; (conocer la) música puntillista, como la que hicieron Luciano Berio, (Karlheinz) Stockhausen o Arnold Schoenberg… El proceso técnico es importante tenerlo claro, pero a la hora de improvisar, uno deja que fluya. Lo que nos hace felices a los músicos es transmitir lo que sentimos.

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