Tenet: algo fuera de este mundo

Por Jaime Torres Torres
Para Fundación Nacional para la Cultura Popular

Lo esotérico y sublime; el amor que libera y el desamor que condena; la contemplación divina; la elevación del alma y la emancipación del espíritu se sintetizan de manera perfecta en la música del quinteto niuyorquino Tenet, atracción del Festival Casals la noche del pasado jueves 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer.

Las voces privilegiadas de las sopranos Molly Quinn y Jolle Greenleaf abordaron un repertorio que abarca desde la Edad Media hasta nuestros días. (Foto Jaime Torres Torres para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

Arte de la Edad Media, que se remonta al Siglo XVI, en un concierto elevadísimo y, durante la mayor parte del programa, de acariciante y enternecedora hermosura barroca.

El clavecín (Jeffrey Grossman), la viola da gamba (Lisa Terry) y la tiorba (un laúd de tamaño superior que toca Hank Heijink) acompañaron a las cantantes líricas Molly Quinn  y Jolle Greenleaf  durante un programa sin intermedio, concentrado en la música antigua, en su estado natural, puro, prístino y virginal.

Estos artistas, de fama internacional, algunos ganadores del Grammy y aplaudidos en el Carnegie Hall y en las salas de concierto más prestigiosas del Mundo, evocaron la musa e ingenio de compositores italianos de los siglos XVI y XVII, como Johannes Kapsberger, Tarquinio Merula, Claudio Monteverdi, Martino Pesenti, Richardo Rogniono, Luigi Rossi, Michelangelo Rossi y otros cuyas obras Tenet interpreta en la grabación y recitales de “El amante secreto”.

Los textos, interpretados en italiano, estuvieron al alcance de la comprensión promedio, gracias a las traducciones libres al castellano incluidas en el excelente programa de mano del Festival Casals 2018.

La función inició con “The Three Graces” (Las tres Gracias y Venus), resultando muy dramática el clamor de la sub obra “Regresen, besos amados”, de Monteverdi. El texto en español versa:

“Regresen, besos amados
a devolverme la vida
besos que mi corazón hambriento agradece.
Dulce amargo que me hace languidecer
besos de néctar y de veneno.
Apacigüen mi intenso deseo
besos en cuyo dulzor
encuentro también suspiros”.

Con la excepción de los madrigales u obras sacras en que la combinación de clavecín, viola da gamba y tiorda casi propician tocar a la Divinidad, el programa resalta en la melancolía del amante que se desvive por el amor no correspondido.

Jeffrey Grossman en el clavecín bordó la brillante presentación del conjunto Tenet en el Festival. (Foto Jaime Torres Torres para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

La experiencia musical, asimismo, es extraordinaria por transcripciones de anotaciones virginales, concebidas al margen de los avatares de la subjetividad.

En “Ardo, pero no me atrevo”, “Batallan mis pensamientos” “Heráclito enamorado” y otras es un deleite escuchar los dúos, las melodías y líneas en contrapuntos de las sopranos Quinn y Greenleaf.

He de confesar que en poco más de 30 años de cobertura del acontecer artístico y musical en la Nación puertorriqueña, jamás fui partícipe de una propuesta musical tan genuina y gratificante.

Tenet es algo fuera de este mundo.

Sonidos de la Edad Media perpetuados desde el pentagrama allende los calendarios, con todo el equipaje de espíritus que vibran en el tiempo y trascienden espacios y geografías.

Lo indescifrable e inexperimentado; lo desconocido y extraño; quizás desde una latitud ancestral haya eco en algún rincón del ADN, revelando vestigios de la memoria y pasión primigenia que avanza con los siglos. Y se termina sintiendo, comprendiendo y disfrutando porque en su esencia también la palpitamos.

Tenet se despidió con el lirismo de “Danza de la vida”, que se remonta al 1657, pero cuyo autor es anónimo.

“La vida es un sueño
que parece placentero.
Pero el placer es breve:
todos tenemos que morir.

No valen medicinas, no ayuda la quina,
cura no hay: todos tenemos que morir.

Morimos cantando; morimos tocando el sistro
o la zampoña; todos tenemos que morir.

Morimos bailando, bebiendo, comiendo.
Con esta carroña, todos tenemos que morir”.

La viola da gamba en manos de Lisa Terry y l a tiorba ejecutada por Hank Heijink completó la mágica velada del conjunto niuyorkino en la Sala Pablo Casals. (Foto Jaime Torres Torres para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

Una pena, sin embargo, que Tenet pasara inadvertido en el Festival Casals. ¿Dónde está el público que tradicionalmente ha respaldado este prestigioso evento?

La Sala Sinfónica Pablo Casals parecía un desierto, pero Tenet, amén de su virtuosismo y majestuosidad, cantó en Bellas Artes con el mismo compromiso del Carnegie Hall y el Metropolitan Museum of Art.

No hay duda de que será recordado por mucho entre lo mejor del Festival Casals 2018. Ojalá que se repita. Mientras, es posible revivir la ensoñadora experiencia del jueves escuchando sus discos “A Feast For The Senses” y, por supuesto, “The Secret Lover”.

¿Se los presto?

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