El sempiterno Mozart

Por Jaime Torres Torres
Para Fundación Nacional para la Cultura Popular

El telón del Festival Casals descendió anoche con la “Misa de Réquiem en re menor” de Mozart.

La sinopsis de la referida obra maestra y el contexto social y personal en que el compositor le impartió aliento musical en el Siglo XVIII propician que durante su audición, inevitablemente, la mente divague y la imaginación construya imágenes en torno a las circunstancias de la creación del genio fallecido a los 36 años.

Es –y se ha repetido a través de la historia- como si el sempiterno Mozart escribiera la propia misa de su muerte. De hecho, murió y su discípulo Franz Sussmayr la finalizó.

El programa de mano que la Corporación de las Artes Musicales (CAM) entregó al público que anoche llenó la Sala de Festivales Antonio Paoli del Centro de Bellas Artes documenta las impresiones sobre la muerte que el genio del clasicismo o periodo clásico de la música escribió para su padre.

Es preciso reproducirlas para conectar con la experiencia de anoche.

“Puesto que la muerte, mirada con detenimiento, es realmente el propósito último de nuestra vida, he llegado a conocer tan bien desde hace unos años a esa verdadera y perfecta amiga del ser humano que su imagen ya no me atemoriza, sino que me calma y reconforta. Y agradezco a mi Dios que me ha dado la dicha de procurarme la ocasión de llegar a conocerla como clave de nuestra auténtica felicidad. Nunca me acuesto sin pensar que, joven como soy, quizás no veré el próximo día”.

Cuatro años más tarde, en 1791, Mozart falleció.

Desde esa experiencia, que trasciende la reseña promedio de un concierto más, se trató de una cobertura atípica en la que no hubo necesidad de hilvanar notas y apuntes porque, al menos para este periodista, la “Misa de Réquiem” de Mozart, en su esencia, fue una oración.

De ahí el extraordinario e insuperable desempeño del talento puertorriqueño que interpretó la “Misa de Réquiem” en la clausura del Festival Casals, artistas –que citando a mi acompañante la noche del sábado 17 de marzo de 2018 en el segundo nivel y en la fila P- están al nivel de los grandes exponentes de la música académica europea.

La Orquesta Sinfónica de Puerto Rico (OSPR), que en medio de reclamaciones obrero-patronales solicita al gobernador a través de su sindicato la destitución de los administradores del CAM, Mercedes Gómez Marrero y Giovanni A. Bueno Orengo, se empleó a la perfección.

Ídem la Coral Filarmónica de San Juan (celestial, esotérica y divina) dirigida por la profesora Carmen Acevedo, la soprano Zulimar López (imponente y dramática), la mezzosoprano Celia Sotomayor (correcta y sentimental) y el tenor Joel Prieto (expresivo, pero sin suficiente alcance en su proyección vocal) son talentos de aquí que, junto al impecable bajo Hernán Iturralde y la incólume dirección de Maximiano Valdés, sellaron con magnificencia la despedida del Festival Casals en su sexagésimo segunda edición.

La “Misa de Requiem en re menor, K. 626” de Wolfgang Amadeus Mozart, es un espejo en el que, al menos algunos de los que aún profesamos la fe judeocristiana, podemos contemplar nuestra propia mortalidad.

Su estructura, litúrgica si se quiere, es un reto al reloj y, como se sabe, para Dios el tiempo no existe. Es como si el minutero se hubiera detenido para -gracias a la lograda integración del centenar de voces de la Coral Filarmónica (sopranos, contraltos, tenores y bajos), la OSPR y los solistas del bel canto- ser interpelados espíritu adentro para reflexionar sobre la aprensión hacia la hora postrera; la angustia de abandonar el plano temporal para emigrar al mundo invisible y la incertidumbre del derrotero del alma.

La producción de CAM colocó en la parte superior del escenario una pantalla en que se proyectaron las primeras líneas de los textos “Introitus: Requiem”, “Kyrie” (Señor, ten piedad) “Sequenz” (“Dies Irae”, “Tuba mirum”, “Rex tremendae”, “Recordare”, “Confutatis” y la célebre “Lachrimosa”), “Offertorium” (“Domine Jesu Chistie” y “Hostias”), “Sanctus”, “Benedictus”, “Agnus Dei” y “Communio Lux aeterna”.

Más allá del rigor litúrgico y su valor religioso en la tradición católica, la “Misa de Réquiem” es una obra que exige una alto nivel de precisión, de técnica colectiva, integración y -me aventuro a añadir- de solemnidad y respeto de sus intérpretes.

Es de esas obras prodigiosas, excelsas, perennes e insuperables de la historia que revelan la sublimidad del arte a su máxima expresión y confirman que la inspiración y los motivos para su creación y recreación, como en el caso de la “Misa de Réquiem”, los dicta el mismo Dios.

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