Regreso a tiempo de ‘La resentida’

Por Alina Marrero
Para Fundación Nacional para la Cultura Popular

Recientemente asistimos al Ateneo Puertorriqueño a ver el montaje de Luis Javier López Rivera, uno de los directores de planta del Conservatorio de Arte Dramático del Ateneo Puertorriqueño, de la producción “La resentida” de don Enrique Laguerre. Esta puesta en escena forma parte de la trigésimo octava edición del Festival de Teatro Puertorriqueño, dedicado a don Alejandro Tapia y Rivera, padre de nuestro teatro nacional.

El montaje en el Ateneo fue dirigido por xx. (Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)
El montaje en el Ateneo fue dirigido por Luis Javier López Rivera. (Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

“La resentida” fue estrenada con éxito en 1944. Expone, de manera magnífica, un momento de la historia puertorriqueña, poco explorado en nuestro teatro: el punto culminante de las partidas sediciosas en 1899. Estos grupos de hombres, conocidos también como los tiznaos, se dedicaban a la venganza por 400 años de abuso colonial contra los españoles residentes en la Isla después de la invasión norteamericana. Las haciendas de los españoles eran quemadas y las vidas de los dueños, cobradas, inocentes o no. En ese caos, existe Marta, resentida y amargada, casada con Esteban, un hombre que solo parece amar a su hija Rosario, a quien tuvo con su anterior y fenecida esposa. Un retrato de la madre de Rosario aparece todo el tiempo en el escenario, lo cual la hace ser un personaje mayor. En la casa grande, residen también la vieja Ma Valenta (ama de Marta) y el joven Cecilio (sobrino de Marta). Rosario tiene un novio, hijo de un hacendado español. Marta esconde un secreto de su esposo, Cecilio no es su sobrino, sino su hijo, producto de una violación de un guardia civil español. Cecilio, quien creció en la hacienda como peón, está enamorado de Rosario, pero la joven lo quiere como a un hermano y ama a un joven español educado. El amor entre Rosario y el hijo de un hacendado español es motivo de la explosión de la tragedia familiar que cobra, “sin querer”, dos vidas. La inesperada tragedia funciona paralela y ligada a la confusión del caótico año de transición de colonia española a colonia norteamericana.

Pocas veces encontramos una pieza de época realista, con los agarres emocionales y políticos, de historia poderosa, en un ambiente a punto de ebullición, como la que desenlaza que este drama en tres actos de don Enrique Laguerre. Tenemos que decirlo, esta obra nos es dilecta. Recordamos puestas en escena en el pasado, sobre todo, la dirigida por José Luis (Chavito) Marrero, protagonizada por Genie Montalvo (Marta) y Angel Domenech (Esteban), en la década de 1980, profunda y estéticamente inolvidable. La perfección en el recuerdo de ese montaje viajó con nosotros hasta el Ateneo. Lo que podía ser una desventaja, más que nada para el director y los protagonistas, se trasladó esa noche a descubrimientos dormidos. La obra alude en forma específica a la situación política de la década en la cual estrenó. Dada nuestra actual situación de crisis y confusión humana, “La resentida” vive en la vigencia de lo que para Puerto Rico es absolutamente real. Aun más allá de nuestra razón emocional, nuestro rencuentro con “La resentida” nos hizo comprender que hemos sido muy injustos con una obra de teatro que merece ser estudiada y considerada de la misma manera que “Tiempo muerto”, de Manuel Méndez Ballester, y “Los soles truncos” de René Marqués. CADAP se apunta un universo estelar con la selección de esta obra para el Festival Puertorriqueño del Ateneo.

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El equipo técnico le dio lustre a esta versión del clásico de Enrique Laguerre. (Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

Es costumbre en el Ateneo que, antes de entrar en la sala, el público espere en el primer piso. Justo media hora antes que comience la función, las personas van entrando de diez en diez en orden de llegada. En esta ocasión, una joven reunió al público al pie de las escaleras e hizo lectura de lo que estaba escrito en el programa sobre la obra, antes de invitarnos a entrar.

Como ocurre siempre, y no nos cansamos de decir, la producción del CADAP hizo el máximo con recursos mínimos. Con los marcos de dos puertas, muebles de mimbre, escritorios y elementos de épocas, nos sentimos atrapados en 1899, arropados en credibilidad, en teatro semi arena (a tres lados). El primer acierto del montaje se lo damos a los artistas del espacio escénico, Ariel Quiñones y Willie Pérez.

Al pie de los tres lados del escenario, sobresalían elementos que indicaban el interior de la casa: el cuarto de Rosario, la cocina, una sala de estar. Esos espacios no estaban destinados a la acción real, sino a la acción que nunca vemos en el escenario. Por ejemplo, en el momento en que Ma Valenta salía de escena a buscar jugo de limón, bajaba a la cocina lo buscaba y volvía a entrar al escenario real. Esa disposición, que no alteró la belleza clásica del estricto drama, pertenece a la creatividad del director, y es el segundo acierto.

El tercer acierto son las luces de Verónica Rubio, que dieron más que el máximo para que todos los espacios pudieran brillar. Daremos un cuarto acierto a la utilería de Jorge Santiago y Julia Samudio. El quinto acierto es para el vestuario (Alexis Pedraza Díaz, María Cintrón, Nelson Alvarado Jiménez (supervisor), Ana María Marrero Sicardo (confección de las capas), muy a tono con la época, aunque tenemos que señalar el detalle del cierre de cremallera en las botas de Rosario. El cierre de cremallera fue patentado por el estadounidense Whitcomb L. Judson en 1891, precisamente para botas y zapatos. Los diseños usaban ganchos y ojos, no obstante, no eran tan ágiles como los de hoy día. La actriz estaba demasiado cerca del público, y sonido del cierre, ágil y moderno, cuando se quitó las botas nos sacudió la época.

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La producción logró aciertos con su elenco actoral. (Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

En las actuaciones hubo más aciertos que desaciertos. Nos sorprendió la madurez en el uso de la voz, tanto así con la profundidad de la caracterización de Gina Figueroa Hamilton en su interpretación de Marta. ¡Muy bien! Como Ma Valenta, María del Carmen Muñiz hizo despliegue de credibilidad, seguridad y ligereza de principio a fin. Christian Navia Roldán bordó a su Cecilio como heredero del resentimiento de Marta, comparable a los versos de una trágica décima campesina, con belleza en su tristeza y desgarradora confusión. Thais González Peña lució conmovedora y etérea en el personaje de Rosario. Andrés Lópezierra como el hacendado español, víctima de los tiznaos y futuro suegro de Rosario, dominó cada detalle de su desmoralizado personaje. Rolando Reyes y Jesús Sánchez Ramírez, brillaron como estrellas destacadas en sus personajes cortos de Felipe y Eustaquio, respectivamente. Como el peón, Johnny Santiago, cumplió.

Dedicaremos unos comentarios a la interpretación de don Esteban de Nelson Alvarado Jiménez, a quien aplaudimos en “Por maricón” de Roberto Ramos-Perea. Entendemos que Alvarado es poseedor de gran talento. No obstante, y a pesar de haber demostrado dominio de su cuerpo y desplazamientos como el hacendado puertorriqueño, el uso de la voz malogró lo que pudo ser una gran actuación. Nelson Alvarado gritó todas sus líneas, posiblemente con motivada intención. No obstante, el volumen de su voz hizo desvanecer cada intención. Recomendamos revisar este detalle.

Luis Javier López Rivera, convirtió tres actos en dos y mostró un concepto de montaje novedoso y creativo, sin dejar de ser clásico. Su trabajo con los actores fue efectivo. Lo felicitamos y aplaudimos. Debería, tal vez, considerar las visuales para los lados derecho e izquierdo del semi arena. Por las líneas formadas por los actores en algunas ocasiones, pensamos que la dirección para teatro de proscenio imperó. Debería, tal vez, reconsiderar el corte de líneas que hizo al final de la dramática escena cuando Marta revela su verdad, trabajar con más efectividad la defensa de Rosario a Marta y el agradecimiento sorpresivo y sincero de la madrastra, lo cual marca un cambio de la mujer hacia la mujer, y al cual Marta alude en la siguiente escena. Extrañamos el “Se ve que eres mujer” de Marta, en el momento más hermoso de la obra y la conmovedora defensa de la mujer por la mujer de su autor.

Recomendamos todas las puestas en escena del Festival de Teatro Puertorriqueño en el Ateneo, el cual se extiende hasta octubre. La entrada es libre de costo. El donativo voluntario que se puede ofrecer a la salida es verdaderamente pequeño para la alta calidad de las presentaciones del CADAP.

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