Un ‘veveviejo’ entre dos etapas

Por Gabriela Ortiz Díaz
Para Fundación Nacional para la Cultura Popular

“Veveviejo” es una divertida propuesta performática en la que el punto de partida son los dos extremos de la línea temporal por la que atraviesa todo ser vivo desde el nacimiento. Veveviejo, además, es un neologismo lingüístico que encierra ambas etapas de la vida en un solo término que acorta distancias, rescata memorias y define destinos.

La espontaneidad hace galas en este encuentro performaero de Marquez y Martorell. (Foto Miguel Villafañe)
La espontaneidad hace galas en este encuentro performero de Márquez y Martorell. (Foto Miguel Villafañe)

Hecha instalación, “Veveviejo” también formó parte de Imalabra, álbum retrospectivo con el que Antonio Martorell expuso recientemente su trayectoria artística de 50 años entre Cuba, México, República Dominicana y Puerto Rico. El miércoles pasado y por primera vez en Río Piedras, se efectuó este performance teatral en la Casa Ruth Hernández.

Hace cinco años se les ocurrió al multifacético artista plástico y a la prolífera teatrera Rosa Luisa Márquez, amigos y colegas hace 30 años, diseñar esta pieza de teatro a partir de una serie de textos que Martorell había escrito en reacción a la experiencia de ver nacer y crecer a su nieta Marola, nombre que bien guarda la simbiosis léxica entre mar y ola. El destacado artista plástico entregó a su amiga esos 82 escritos con la proposición de que los transformara en un trabajo escénico. Para la propuesta, Rosa Luisa seleccionó 14 de los textos y con acierto los hilvanó para construir una pieza a dos voces en la que ambos artistas comparten con el público memorias y anécdotas autorreferenciales sobre la vida.

Imalabra, Veveviejo, Marola… Todas palabras que rodean la trayectoria artística y personal de Antonio Martorell. ¿Cuántas palabras forman el diario vivir de los adultos y estos ni les prestan atención?

Sin embargo, “Me llaman bebé y no saben por qué. Yo sí sé. A los grandes no les importan las palabras. Porque las poseen, las conocen y las usan todo el tiempo. Las unen unas con las otras como cuentas en un collar, casi sin darse cuenta”. Utilizando esta sentencia, la cual capacita a los más pequeños para dividir en sílabas y con esto, tener la sensibilidad lingüística para palpar lo que comunican, Rosa Luisa en algún momento de la pieza personifica a un bebé.

En contraposición generacional, Antonio Martorrel, protagonizando y describiendo “una edad que nunca ha dramatizado”, comenta: “Viejo es una palabra que se cierra al final y frunce los labios como un anuncio de futuras arrugas, pliegues, colgalejos, foferías, verrugas, venas varicosas, celulitis; pelos donde están de más y su ausencia donde hacen falta”.

Y es que estos dos amigos súper adultos – concepto creado en la pieza para denominar a los viejos –, que han visto crecer a sus hijos y nietos, que han vivido el antes y el después, son los idóneos para compartir con el público acerca de la vida, que va llegando a su fin desde el mismo día en que se nace.

En “Veveviejo”, genialmente, Rosa Luisa y Antonio manipulan títeres, leen fragmentos del libreto, actúan, son espontáneos, interactúan con los espectadores. Toda la obra transcurre dentro de la instalación de Martorell: un telón gigantesco de fondo que muestra algunas líneas que han tomado voz y un tablero de ajedrez que expone, alternamente, rostros de bebés y de viejos. En este performance resulta imprescindible fijarse en los detalles, pues todo habla: la escenografía, la caligrafía, el vestuario, los movimientos de los narradores, los cambios de luces, la utilería, la interacción con el público, la música del ayer.

Los títeres Vevé y Viejo fueron realizados por Deborah Hunt. (Foto por Gabriela Ortiz)
Los títeres Vevé y Viejo fueron realizados por Deborah Hunt. (Foto por Gabriela Ortiz)

Por su parte, el detalle del claro y oscuro utilizados para el montaje arroja otra interpretación afiliada a la línea temporal y a asociaciones sociales a las que se someten los colores. En escena, el crema claro o blanco y el negro parecieran representar el origen y el destino, respectivamente. En el tablero de ajedrez, ambos colores conviven para representar las dos etapas como un continuo.

Si se fuera a dividir el performance en actos, uno de ellos bien podría ser el de la “cirugía plástica”. En ese sentido, en dos ocasiones Martorell integra a dos personas del público para dibujarles con carbón un retrato. La primera de las veces, los narradores clamaron por una voluntaria súper adulta para que pasara al escenario. A través de preguntas que Martorell le va haciendo a la señora sobre sus años de juventud, iba creando un retrato que correspondía con el físico de la mujer. En cambio, el próximo en pasar al frente fue un joven para el cual Martorell dibujó el imaginario de cómo se vería dentro de 40 años.

En la adaptación hubo espacio para que el artista plástico reconociera la situación del prisionero político puertorriqueño Oscar López Rivera, hombre que desde la cárcel le ha pintado cuadro a las flores, las cuales, a diferencia de su autor, quedan confinadas por los marcos que las rodean.

En este proyecto grafico-teatral, Rosa Luisa Márquez y Antonio Martorell divisan la metamorfosis de palabra en imagen, de los cuerpos en signos, de los objetos en discursos vivos, de los cuadros del tablero de ajedrez en rostros, de la instalación en moldura para encerrar y postergar el “uno que es mucha gente”, de la pintura en vivo en espejo del mañana o en fotografía del ayer, en fin, de anécdotas autoreferenciales en historias de y para muchos.

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