‘Testigos’ de la excelencia

Por Alina Marrero
Para Fundación Nacional para la Cultura Popular

El pasado 21 de abril, Cuarzo Blanco, Inc. cumplió 27 años de quehacer teatral constante en Puerto Rico. La ocasión fue celebrada el viernes 22, con el estreno mundial de la obra “Testigos de la luna azul”, de la productora, directora y dramaturga puertorriqueña, Adriana Pantoja.

Ricardo Santana (Luna Azul) confronta a Víctor Alicea en una escena de la pieza que se presenta este fin de semana en el Centro de Bellas Artes de Santurce. (Foto suministrada)
Luna Azul (Ricardo Santana) confronta a Roberto (Víctor Alicea) en una escena de la pieza que se presenta este fin de semana en el Centro de Bellas Artes de Santurce. (Foto suministrada)

Han sido muchos los logros y las aportaciones que Cuarzo Blanco ha hecho al sector cultural. Además de sus numerosas puestas en escena, la compañía ha desarrollado simposios y encuentros de distintas facetas en la profesión. También, han incursionado en cine, radio y ediciones de libros. Cuarzo Blanco, no solo recuerda lo que olvidan los demás, sino que acciona a favor hasta de los que otros pasan por alto. Todos y cada uno de los montajes de Cuarzo Blanco tienen intérpretes de lenguaje de señas para sordos, y las funciones de los domingos, incluyen audio descriptor para ciegos. Quienes interactuamos con ciudadanos especiales con frecuencia, sabemos, por conocimiento de causa, lo que significa esta inclusión.

El drama que estrenó en la sala Carlos Marichal del Centro de Bellas Artes de Santurce, tiene un título de magia: “Testigos de la luna azul”. Por simbolismos aprendidos, este tíulo puede sugerir, lo mismo, situaciones naturales o consideradas supra naturales. Si hemos pensado que los temas van en esa dirección, no nos equivocamos. No obstante, al reconocer que lo supra natural, si se manifiesta, es natural, la dramaturga expone las situaciones en forma muy cotidiana, lejos del sensacionalismo, superstición o mitología. Hay un tercer plano en este trabajo, el cual es más poderoso que las situaciones comunes o las experiencias con asuntos del “más allá”: el conflicto interior del ser humano. No importa cuántos adelantos tecnológicos tengamos, ni que descubramos planetas todos los días, el interior de una persona es un universo enigmático. El sol amarillo de esta obra es una luna azul, alrededor de la cual gira todo lo demás.

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La escenografía y las luces recayeron en la labor del experimentado José “Checo” Cuevas. (Foto suministrada)

Una luna azul real, no se ve azul, ni refleja nuestras sombras mientras volamos en bicicleta. Se llama “luna azul” a la segunda luna llena que ocurre durante un mismo mes del calendario gregoriano. Esto ocurre cada par de años. El nombre cobró popularidad cuando se produjo dos veces en 1999. Una luna azul puede verse dos veces el mismo año, solamente entre tres y siete veces en cada siglo. La expresión “luna azul” proviene del inglés blue («azul»), el cual a su vez viene de una deformación del inglés antiguo “belewe”, cuyo significado es traidor. En tal sentido, el bello título poético de esta pieza está inteligentemente pensando. A través de las acciones compartidas entre el presente, el pasado, la vida y la muerte, las lunas azules se revelan.

Roberto es un hombre mayor de 70 años, que vive entre recuerdos y remordimientos. Tiene una desastrosa, y muy penosa, relación, con su hijo Bobby, quien lo rechaza por algo del pasado que considera traición. En su juventud, Roberto, fue un aclamado y exitoso transformista, apodado Luna Azul. Roberto decide abandonar la carrera cuando su madre se entera. Se casa con una mujer, y tiene un hijo con ella. La esposa de Roberto muere de lupus, y el hombre se queda solo con un niño, a quien se dedica en cuerpo y alma. Años más tarde, Roberto decide retomar su carrera como Luna Azul, algo que su hijo Bobby no conoce. Una noche, el joven entra al club nocturno donde se presenta Luna Azul y comienza a hacer comentarios homofóbicos en voz alta. El travesti se indigna y se quita la peluca delante del público. Desde ese momento en adelante, y a pesar de que Roberto se mantuvo fiel a su familia, Bobby lo acusa de traición y establece una distancia tensa y aterradora. En ese momento, llega a la vida de Roberto, Ito, un chico disléxico y tartamudo que trabaja de mandadero en una tienda de la vecindad. Se establece entre el joven y el viejo una relación tipo padre e hijo. Un día, Bobby regresa a la casa de su padre para pedirle dinero, y lo encuentra con Ito. De inmediato, Bobby entiende que entre Ito y su padre existe una relación sexual y no esconde su desafiante malestar. Pero Bobby también guarda un secreto, padece de lupus, como su madre, y desea el dinero para el tratamiento que recibirá en España. En ese campo de guerra, Roberto divide su herencia entre Ito y Bobby, y decide morir. Hay un cuarto personaje, “la conciencia espectral” de Roberto, un travesti, Luna Azul. Luna Azul también es la muerte decidida por el propio Roberto. Después de esa muerte, Bobby se da cuenta de sus errores y se envuelve en una relación fraternal con Ito. Antes de abandonar el plano de los vivos, Roberto y Luna Azul rondan a los dos chicos, convertidos en hermanos.

La obra cuenta de manera inclusiva con intérpretes del lenguaje de señas. (Foto suministrada)
La obra cuenta de manera inclusiva con intérpretes del lenguaje de señas. (Foto suministrada)

Se trata de un final diferente cuya tesis es compartida por filosofías antiguas que se han dado a conocer con fuerza desde las últimas décadas del siglo 20. No hay una escena final donde las almas angustiadas y arrepentidas se piden perdón, pero el perdón que sienten todos en este momento es profundo y verdadero. No hay separación entre los vivos y los muertos. Hermosa construcción dramática. Novedoso y unificador contenido.

El montaje, de la propia Adriana Pantoja, arena a tres lados, refuerza su tesis de dramaturga. La atención de la artista está concentrada en las actuaciones y en un tráfico escénico balanceado, y realista, aun en las escenas donde interactúa Luna Azul. Pantoja integra a los intérpretes de lenguaje de señas a su montaje. En el caso de la obra “Luna Azul”, el factor aporta con la dimensión de lunas azules para cada personaje, lo cual incluye al mismo personaje Luna Azul. Dado que la obra es larga, podría tal vez, la directora, considerar un intermedio.

La escenografía, minimalista y funcional, del profesor José “Checo” Cuevas era hermosa y muy efectiva. Consistía de dos plataformas: una para los espectáculos de Luna Azul, y otra reservada para los intérpretes de lenguaje de señas. En la arena, los elementos mínimos, entre los mismos, el marco de un espejo “sin espejo”, resaltados por las luces (José “Checo” Cuevas) daban a la acción impresión polifacética.

El vestuario (Edgardo Cortés), sobre todo los cuatro cambios de alta costura lucidos por Luna Azul, sobresalió por lujoso y dramático. No obstante, mantuvo la línea establecida por la directora, por debajo de la exageración. El maquillaje (Ricardo Santana) fue exacto.

Las actuaciones, con personajes muy difíciles, lucieron sinceras y realistas. Víctor Alicea (Roberto), a quien acostumbramos ver en comedias, es un buen actor dramático, con dominio del área escénica, muy ágil en sus movimientos. Su interpretación irradió verdad. Liván Albelo (Bobby) es un actor de gran talento, que sabe usar su voz y conoce el escenario. Nos sorprendieron la calidad de sus matices, sus gestos fluidos bien justificados y su acento internacional. Ricardo Santana (Luna Azul) nos convenció. Su fuerte estuvo en la interpretación de las canciones: Sin cambiar su voz de hombre, le creímos la mujer.

Víctor Alicea logra demostrar su talento histriónico para el drama. (Foto suministrada)
Víctor Alicea logra demostrar su talento histriónico para el drama. (Foto suministrada)

La estrella de la noche se la otorgaremos a Omarjadhir Flores (Ito), joven actor a quien hemos visto crecer en los últimos años. Este trabajo, de joven disléxico y tartamudo, es el más completo que hemos visto de Flores, sin errores, con buen ritmo, casi musical, y sentido teatral natural.

Los intérpretes de lenguaje de señas, Jorge Santiago O’Neill (Roberto), Carlos Gustavo Mera (Bobby), Carla Yomaris Alemán Díaz (Luna Azul), José W. Santiago (Ito), se destacaron como actores. Las canciones de filin, música y letra de Adriana Pantoja, con arreglos de Chenan Martínez, eran bellísimas, y, musicalmente, “pegajosas”.

“Testigos de la Luna Azul” contó, además con Ingrid Baldera como regidora de escena y Miguel Difoot en las voces grabadas. El vídeo en función fue responsabilidad de Julio García. Fueron los asistentes de producción, Jonathan Amaro, Socky Acosta y Carlos Narváez. Las relaciones públicas estuvieron a cargo de Grandes Eventos, Lidda García, Glenda Pizarro y Yaniel Torres. La producción general fue de Adriana Pantoja.

“Testigos de la luna azul”, con intérpretes de lenguaje de señas para sordos, continúa en cartelera este fin de semana, con funciones viernes y sábado a las ocho y media de la noche, y domingo, seis de la tarde. La función del domingo incluirá audio descriptor para ciegos. ¡No dejen de ir!

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