Simpática y pícara ‘La juega de gallos’

Por Alina Marrero
Para Fundación Nacional para la Cultura Popular

“La juega de gallos o el negro bozal”, escrita en 1852 por Ramón C.F. Caballero, fue la obra que inició el trigésimo octavo Festival de Teatro Puertorriqueño del Ateneo Puertorriqueño dedicado a Alejandro Tapia y Rivera, el pasado jueves.

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El autor  escribió la pieza en 1852 para complacer a su hija. (Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

Después del acto de protocolo de presentación del Festival, Roberto Ramos-Perea, Director del Conservatorio de Arte Dramático del Ateneo, presentó la obra que él dirigió con sus estudiantes, casi todos, y para nuestra agradable sorpresa, del curso básico.

Entre las anécdotas y detalles que contó Ramos-Perea sobre la pieza que íbamos a ver, se destacó el hecho de que esta es la primera obra de teatro escrita por un puertorriqueño, de temas puertorriqueños, y que el autor, oriundo de Hatillo, la escribió para complacer a su hija y la estrenó el día del quinceañero de la muchacha. Sobresale en la pieza, la forma de hablar, marcada en sus diferencias, de los negros bozales, los jíbaros y los hacendados. Sobre este particular, Roberto enfatizó en la fidelidad del montaje hacia el texto. “El resultado de este trabajo está a la altura de las aspiraciones del Nuevo Ateneo: proteger y divulgar las mejores muestras del teatro, luchar por la preservación y permanencia de nuestra identidad como nación”, afirmó el director.

La trama de esta obra de teatro, simpática y pícara, es sencilla y muy de la época. Dos historias de amor paralelas corren de principio a fin: el amor a primera vista de un negro recién llegado de África hacia una esclava de la casa que lo rechaza, y el amor de un joven de buenas costumbres, pero sin dinero, hacia la hija de un hacendado quien es un jugador compulsivo, en este caso, hacia el juego de gallos. El hacendado quiere casar a su hija con un hombre de dinero, pero muy desagradable. La niña se niega a casarse y así lo deja saber tanto a su padre como a su pretendiente. La fortuna hace que el hacendado pierda todo su dinero en los gallos, mientras el enamorado de su hija gana mucho dinero en el mismo juego. Esto funciona como varita mágica para el feliz final de las dos historias de amor. El encanto de la pieza no es precisamente la trama, sino el documento de crónica cotidiana, casi un mapa, valiosísimo en la historia de las costumbres de Puerto Rico. De esta manera, no solo nos enteramos de las marcadas diferencias en la forma de hablar de las clases sociales que convivían en un mismo espacio en la misma mitad del siglo 19, también nos enteramos muy claramente del comportamiento social en los bailes de salón, a través del diálogo de dos jóvenes privilegiados en el baile del segundo acto. El autor criticó lo que bien conoció y amó, con maestría y gracia. Sorprende la forma en la cual la hija se enfrenta al padre cuando este desea casarla con el hombre adinerado poco deseable, y si bien en la época no había teléfonos celulares ni internet, la comunicación de las señoritas se daba en forma efectiva a través de las criadas blancas de las casas. La obra captó nuestra sonreída atención de principio a fin.

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La obra cuenta con elenco doble. (Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

El espacio escénico para el montaje, arena a dos lados, fue diseñado en efectivo minimalismo por Ariel Quiñones y Willie Pérez. La escenografía presentaba lo justo, sin que hiciera falta un punto más. La utilería de Wanda Nieves y Jaiyslinn González, fue muy funcional. El sonido de Christopher Rubio, cumplió una limpia función. Las luces de Verónica Rubio, lograron resaltar los elementos minimalistas escénicos y el juego de los actores, dirigidos por Roberto Ramos-Perea en un estilo “fársico” con un tráfico escénico muy ágil y encantador, adornado con figuras y composiciones que combinaron la belleza con la comedia.

Los talentosos jóvenes del curso básico del CADAP que estrenaron la obra el jueves pasado (la obra tiene elenco doble), nos hicieron olvidar que dan sus primeros pasos en las tablas. La primera escena entre el negro José (Sammy Otero Ramírez) y la negra Nazaria (Basilia Encarnación) agarró nuestro entusiasmo. Otero y Encarnación sobresalieron en el dominio de los dialectos, en sus movimientos y en sus respectivas interpretaciones. Las risas que provocaron sus escenas, lejos de los recursos muchas veces “traídos por los cabellos” y de lo soez, surgían naturalmente de la combinación del talento de ambos actores y la destreza de la dirección.

En la segunda escena conocimos a Antolín (Alexis Pedraza Díaz), el padre de Rosita (Cristina Parés), quien quiere casarla con el desagradable Pantaleón, y a Rosita. Pedraza desarrolló una actuación general convincente, y divertida en su dúo con Pantaleón (Jesús Sánchez Ramírez). Parés logró convencernos, sobre todo en los momentos que le hizo frente de rebeldía a su padre. Sánchez Ramírez estuvo delicioso en su interpretación del villano que no podía evitar sacar la lengua para demostrar cada emoción, lo tampoco pudo evitar las carcajadas del público. El actor sacó la lengua en todas las formas posibles para mostrar rectitud, amor, alegría, envolvimiento y desilusión. La escena que desarrolló con Parés logró otro dúo muy simpático.

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Los jóvenes del curso básico del CADAP lucieron convincentes en este montaje. (Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

El segundo acto nos presentó a Federico (Edson Montalvo), el enamorado de Rosita, y a su amigo el poeta Julián (Christian Navia Roldán). Ambos actores desarrollaron sus personajes con agilidad y naturalidad. La escena donde describen el comportamiento de los caballeros y las damitas en los bailes de salón la desarrollaron encantadoramente. María Cintrón como Mascarita, lució eléctrica, sensual y rítmica.

Los demás actores (John Santiago como Siño Epifanio, Carla Sofía Díaza como la Criada Blanca, Ana María Román y Julia Samudio como las suegras, y los danzantes en el baile) supieron hacer sentir en sus momentos en el escenario.

Lo hemos dicho en otras ocasiones y lo volvemos a repetir, cada producción que vemos del CADAP nos conmueve y nos sorprende. El grupo, con escasos recursos económicos, a veces, ninguno, saca fuego de la madera mojada y no se rinde ante nada. Que podamos contar con este Festival de Teatro Puertorriqueño todos los años es, sin lugar a dudas, orgullo nacional. Nos corresponde apoyarlo.

“La juega de gallos o el negro bozal”, contó con Wanda Nieves como asistente de dirección y Jaiyslinn González, coordinadora del CADAP, como productora ejecutiva. La obra continúa en cartelera este fin de semana, en funciones jueves, viernes y sábado a las 8:30 p.m. y domingo a las 4:30 pm. La entrada general es libre de costo, pero podemos aportar con un donativo voluntario. ¡No se la pierdan!

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