A lo Alto el saxofón de Nando

Por Jaime Torres Torres
Para Fundación Nacional para la Cultura Popular

A esta hora Nando Rosado Rivera debe estar tocando “Preciosa”, “Verde luz”, “En mi Viejo San Juan” y otras de sus melodías favoritas que durante prácticamente toda una vida interpretó con su inseparable saxofón alto en las tarimas de Puerto Rico.

Don Nando murió en la madrugada de ayer en el Hospital Presbiteriano, mientras dormía.

Tenía 92 años.

Su última presentación fue el pasado jueves 17 de marzo en un restaurante de Miramar, donde acompañaba a la pianista cubana Tessy Hawayek.

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Para don Nando los achaques de la tercera edad se originaban en la mente. (Foto suministrada)

Además, los viernes tocaba, desde hace un lustro, en la Fraternidad SIGMA. Don Nando tocó con la Orquesta Siboney de Pepito Torres, con la Orquesta de Miguelito Miranda y con Tito Puente, en 1959, fue uno de los músicos que inauguró el Club Tropicoro del Hotel San Juan. También dirigió su Society Combo, en el que tocó Roberto Cole y con el que cantó Estrellita Cruz.

En una entrevista con este periodista, descubrimos que Nando Rosado Rivera era un paladín del saxofón que se negaba a envejecer. Aquella tarde, de conversación amena e inolvidable, habló de sus luchas en la vida que forjaron en él un hombre de bien que encaminó una familia decente, cuyos hijos David Rosado “Cuba” María de los Ángeles y Fernando, sus nietos David Andrés y David Antonio (David Fernando no es músico) y su sobrino Christopher Alexander siguen sus huellas en la música.

Las ráfagas de San Felipe, recordó entonces, amenazaban con arrancar los cimientos de su casita. Su abuelo, Jaime Rivera, su mamá, María de los Ángeles y su tía Angelita no sabían si echar a correr o acurrucarse en un rincón para implorar a la Divina Providencia que calmase la tempestad.

Repentinamente, el techo de zinc se les desplomó encima.

Salieron ilesos, pero la pesadilla de pobreza, desamparo y enfermedad que en 1928 vivieron en el barrio Río Grande de Jayuya se perpetuó en la memoria del pequeño Fernando “Nando” Rosado Rivera, quien, años después, la pudo sanar con música cuando incursionó como saxofonista en la Orquesta Siboney de Pepito Torres.

Meses después del azote de San Felipe, su tío Rafael Rivera Santiago, quien fue director del periódico El Día de Ponce, lo fue a buscar al barrio Río Grande en una ambulancia para llevarlo al preventorio de Río Piedras, para niños de padres tuberculosos.

La vitrola del lugar distrajo a Fernando y lo ayudó a sobrellevar el trauma de comenzar a crecer lejos de su madre María de los Ángeles, quien, meses después del huracán, enfermó de hemoptisis, condición que, por desconocimiento, se asociaba a la tuberculosis.

Del albergue pasó al Hogar Insular de Niños Huérfanos, una academia cuasi-militar en la que los chicos marchaban con rifles de palo. Mientras los 300 jovencitos practicaban deportes y jugaban al aire libre, Nando se sentaba a escuchar la banda de la institución que dirigía don Manuel Tizol, hermano del trombonista Juan Tizol que inmortalizó las obras “Caravan” y “Perdido” con la orquesta de Duke Ellington.

Transcurrieron seis meses y al profesor le extrañó que el chico no se perdiera uno solo de los ensayos de la banda. Lo llamó, le entregó un saxofón alto y le dijo: “Toma y aprende a tocar”. Y así, de forma autodidacta, tres meses después Tizol lo sorprendió interpretando la melodía del bolero “Congoja” de Rafael Hernández. Y le ordenó que al siguiente día asistiera al ensayo, porque le enseñaría a leer música.

En 1936, con sólo 12 años, el saxofonista de la banda se escapó de la academia y Nando se convirtió en su sustituto. Así despegó la carrera del joven músico. Y una de sus andanzas más memorables se remonta a su adolescencia, cuando residía en la calle Loíza. Al ingresar a la Orquesta Hatuey de la Central High, su compañera en la sección de cañas fue nada más y nada menos que una juvenil Sylvia Rexach. “Era una niña llena de vida y una gran artista desde el principio”, recordó Nando.

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A los 92 años, Nando Rosado Rivera era un paladín del saxofón alto que se negaba a envejecer. (Foto suministrada)

En el programa “Tribuna del Arte” de Rafael Quiñones Vidal obtuvieron el primer lugar al interpretar a dúo con sus saxofones altos el bolero “Vereda tropical”. Las puertas se abrieron de par en par y en 1943, un año antes de contraer nupcias con el amor de su vida, Carmen Cuba Bigio, “Nando” fue reclutado por la popular orquesta de Luis Morales.

Hecho todo un hombre, 14 años después de su separación, “Nando” rescató a su madre del sanatorio, con la dicha de que el cirujano torácico David Rodríguez Pérez le aclaró que no padecía tuberculosis, sino una bronquiectasia, ocasionada por un golpe recibido en el pecho la noche que San Felipe derrumbó el techo de su casa en Jayuya. “Luego mi mamá estuvo 18 años conmigo y fue testigo de la construcción de mi casa de concreto en Santurce”, señalaba con gozo Nando.

Su madre, el ser que más amó después de la venerada esposa que lo acompañó durante 54 años, también celebró sus exitosas incursiones con otras orquestas de la época, como la del profesor Sixto Bello, Serenata Tropical, la de Miguelito Miranda y la Siboney de Pepito Torres, sus maestros en asuntos de disciplina, seriedad, profesionalismo y calidad musical.

Nando, que también se desempeñó como fotógrafo en la Compañía de Fomento Económico, organizó su combo y se dedicó a trabajar en hoteles y convenciones. La invasión merenguera de las postrimerías de la década del 70 detonó en la desintegración de su grupo. Desde entonces Nando se dedicaba a tocar en otras agrupaciones y a dictar clases privadas de saxofón en su hogar en Santurce.

A los 92 años, Nando Rosado Rivera era un paladín del saxofón alto que se negaba a envejecer. Enviudó en 2001 y nunca perdió los deseos de vivir. Los achaques de la tercera edad, advirtió con candidez, se originan en el pensamiento del ser humano que se rinde ante el ocio. Por muchos años, los martes, en un templo contiguo al hogar que compartió con su hija Pilar y donde le visitaba (y le seguirá visitando) su hijo y maestro de la percusión David Rosado “Cuba”, se reunía a ensayar con sus amigos Mingo Zaiter, Ulises Ortiz, Eduardo Mariano y Humberto Ramírez, padre.

Allí tocaban y evocaban con claridad mental sus gestas en las tarimas más populares del País. Allí planificaban revivir las serenatas, deseando paralizar el calendario, cómplices de la inmortalidad.

Hoy, desde hasta las 11 p.m., recibirá sus honras fúnebres en la Funeraria La Cruz en la Avenida Fernández Juncos, Parada 26 en Santurce.

Descanse en paz, Nando Rosado Rivera.

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