‘EnJaula’ reflexiva

Por Joselo Arroyo
Para Fundación Nacional Para la Cultura Popular

En 2008 el costarricense Guillermo Vargas, alias Habacuc, presentó su propuesta artística en la Bienal Centroamericana en Honduras, una instalación en la cual dejaba morir de hambre y sed a un perro. Esto levantó un sinnúmero de controversias. Tomando este evento como punto de partida, la dramaturga puertorriqueña Kisha Tikina Burgos comienza a escribir “EnJaula” en el mismo año, cuando residía en la ciudad de Nueva York. Siete años más tarde, 22 de octubre de 2015, se estrena en Puerto Rico.

Al llegar a la Sala Experimental Carlos Marichal, del Centro de Bellas Artes de Santurce, nos encontramos con una

xx en una escena de la pieza presentada en la Sala Experimental Carlos Marichal del Centro de Bellas Artes de Santurce. (Foto Joselo Arroyo para Fundación Nacional para la Cultura Popular)
José Eugenio Hernández en una escena de la pieza presentada en la Sala Experimental Carlos Marichal del Centro de Bellas Artes de Santurce. (Foto Joselo Arroyo para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

propuesta escenográfica que ya, de por sí, era una instalación artística conceptual: un marco negro de gran tamaño en el suelo delineaba lo que sería el espacio escénico; y otro mucho más pequeño en el centro en la parte de arriba (“catwalk”), del cual salían tiras de elástico blanco que llegaban hasta anudarse en una esquina del cuadrado grande del piso. En la esquina contraria, colgaba un micrófono; y, el interior del gran marco que se posaba en el suelo de la sala, había distintas piezas de textiles y elementos de vestuario, que más tarde serían utilizados por los actores. Todo esto sutilmente coloreado con luces. Sobre las gradas laterales de la sala flotaban dos pantallas blancas de proyección. Todo servía de antesala a lo que sin duda sería una propuesta artística multidisciplinaria.

Sin música de fondo y escuchando voces en segundo plano del público que comentaba, nos llevaba a contemplar la escenografía como una pieza de arte y, mágicamente, nos transportaba a una galería de arte. Luego de la segunda llamada, se proyectó en ambas pantallas una imagen en blanco y negro de personas acostadas y sentadas en sillas de descanso en una piscina.

Comienza la puesta con una imagen de tres cuerpos humanos separados, tirados en el suelo, jadeando, quedándose y agonizando, cual si fuesen perros. Luego, un pequeño monólogo, a cargo de la única fémina del elenco (Isel Rodríguez), en el cual establece lo doloroso que resultó para ella darle el pecho al perro que agonizaba, pero ella tenía que hacer algo: “no podía verlo morir”. A continuación, se establecen los otros dos personajes -a cargo de Israel Lugo y José Eugenio Hernández- desde el “catwalk” de la sala, hablando y planificando la propuesta artística que estaríamos próximos a presenciar. Esta conversación entre el dueño de la galería y el artista conceptual desde las alturas nos hizo pensar en los titiriteros quienes, con sus hilos, logran manipular y propiciar todo movimiento de sus marionetas, en este caso, “nosotros”.

Entonces se produce la apertura de la exposición en la cual el artista conceptual presenta un perro enjaulado para que todos los presentes lo vieran morir de hambre y sed. Esto provoca todo tipo de reacción entre los distintos personajes que llegan a la galería, interpretados por Israel Lugo e Isel Rodríguez: unos a favor; otros en contra; otros no entendían nada, pero tampoco lo aceptaban; otros morían de envida por no ser ellos los gestores de tan “innovadora” pieza; otros con un poco más de sentido común o compasión, pero al igual que todos los demás, veían morir al perro, sin hacer nada. Mientras Leo, interpretado por Hernández, se dedicaba a anudar las tiras de elástico por todo el gran marco fijo al suelo, logrando sugerir de manera evidente una gran jaula que encerraba a todos los personajes. Durante toda la pieza, en ambas pantallas de proyección se veía un vídeo en blanco y negro de personas mirando fijamente lo que ocurría, unos más interesados que otros, pero silentes, eran testigos de lo que ocurría en escena, sin hacer nada, solo mirar, justo igual que el público presente.

Entonces el “creador” se convierte en lo “creado” y Leo comienza una metamorfosis hasta convertirse en perro;

(Foto Joselo Arroyo para Fundación Nacional para la Cultura Popular)
Isel Rodríguez completa el elenco dirigido por Kisha Tikina Burgos. (Foto Joselo Arroyo para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

fusión que también la integra más adelante el resto del elenco. Todos terminan juntos, en una sola masa “perruna” agonizante, siendo observada por el público presente, en silencio, sin hacer nada.

Con un acertado y justo humor, la también directora de la pieza, Kisha Tikina Burgos, nos trae una reflexión sobre el arte, el abuso, la violencia y la compasión. Una propuesta limpia en todos los sentidos, pues los movimientos, el texto y el decir, eran “lo necesario”. Los actores tenían, dentro de su área de trabajo, todos los elementos que necesitaban para lograr su interpretación. Una vez en la “jaula” no había escapatoria. El trabajo de Burgos estaba depurado con un alto sentido estético; así mismo, todos los departamentos de diseño funcionaron armoniosamente.

La escenografía y la iluminación, a cargo de Migdalia Luz Barens Vera, era una fusión entre lo estético y esencial, con simbolismos evidentes y reforzados con una iluminación limpia, y muy colorida en momentos, algo completamente necesario para salpicar color a la propuesta en blanco y negro que permeaba. Integraba con lo establecido, muy eficientemente, el vestuario diseñado por Gladyris Silva, quien también usó una propuesta visual en blanco y negro, con distintas texturas, salpicadas con color rojo en lugares específicos. Era un vestuario multifuncional que los intérpretes manipulaban y cambiaban para marcar distintos momentos en la pieza o cambio de personajes: pantalones interesantes que carecían de la costura interior; chaquetas con entalles caprichosos y surrealistas -que nos recordaban la estética de Ramón del Valle-Inclán o, tal vez, la colección de grabados “Los Caprichos”, de Goya- integraban a la perfección con el montaje de la directora y dramaturga. Igualmente efectiva, acertada e integrada al concepto general fue la composición y dirección de canciones, a cargo de la actriz Isel Rodríguez.

Las actuaciones de José Eugenio Hernández, Israel Lugo, e Isel Rodríguez fueron todas acertadas, precisas y bien

(Foto Joselo Arroyo para Fundación Nacional para la Cultura Popular)
La escenografía y la iluminación, a cargo de Migdalia Luz Barens Vera. (Foto Joselo Arroyo para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

ejecutadas, con una dicción clara: aún cuando los últimos dos cambiaron de personajes y de caracterización, nunca se perdió una palabra. Pudimos disfrutar un trabajo con modificaciones en la caracterización para reforzar el cambio de personajes. Sin duda, se percibe que este elenco logró una conexión integral entre ellos y, a su vez, con la directora, logrando un trabajo, limpio, preciso y sin excesos.

Esta coproducción entre el Centro de Bellas Artes y Palanganas, Inc. es una propuesta artística integral que nos obliga a mirarnos frente al espejo y confrontar el reflejo de lo que somos para tener la alternativa del cambio o sufrir las consecuencias.

Sin lugar a dudas, “Enjaula” fue un acertado montaje experimental que invita a la reflexión.

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