Comedia noble ‘Dos para el mismo’

Por Alina Marrero
Para Fundación Nacional para la Cultura Popular

Los estrenos de dramaturgos nacionales en autogestión se están dando con frecuencia. Es posible que la situación de crisis económica sea un ingrediente para que esto sea así. Ante lo difícil, por razones de costos, que se hacen los estrenos en teatros con el Tapia, el Francisco Arriví, y el Centro de Bellas Artes, por mencionar algunos, se están desarrollando propuestas con montajes válidos de autogestión en teatros en diversos escenarios. En una autogestión, o gestión colectiva, se divide la ganancia y la inversión, y el autor entra en el acuerdo. De hecho, en algunos casos, es el dramaturgo quien propone su texto a un grupo en particular. Así hemos visto estrenos mundiales de dramaturgos nacionales en la Beckett, Coribantes, el Ateneo Puertorriqueño, Cinema Bar 1950 y hasta en espacios como el vestíbulo de Ballets de San Juan. Es posible que en el futuro, cuando estudien la dramaturgia nacional en la segunda década del siglo 21, se diga que los “IVUs”, motivaron la creatividad en cantidad, y en muchos casos, calidad.

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Joaellis Fillipetti como “Judith” gana aplausos por su dominio escénico. (Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

Los montajes de autogestión son, por lo regular, muy simples en asuntos técnicos. La escenografía es mínima, la iluminación no es complicada, y si no se encuentra un intercambio, el vestuario es proporcionado por los mismos actores. Lo mismo se dice de la música y los sonidos. Los montajes de autogestión dependen, como todos los montajes, de los actores y el director. Y en estos momentos muchos actores y directores de renombre laboran con autogestión. La diferencia es que no vamos a ver efectos de luces en tres dimensiones, ni de sonidos a nivel de la piel, ni una descomunal escenografía, ni cambios de vestuario que nos quiten la respiración. No obstante, estos montajes pueden dar más trabajo que los demás. En la gran mayoría de los montajes de autogestión que hemos visto, los textos, por tener toda la concentración en el diálogo y la situación, presentan una dimensión de profundidad más íntima. Uno de esos ejemplos lo fue “Dos para el mismo”, del dramaturgo puertorriqueño Carlos Vega, que vimos el pasado sábado en Coribantes.

Como todo el teatro de Carlos Vega, esta pieza toca un tema común, un hombre entre dos mujeres, pero visto desde un ángulo que casi nadie presenta. En el caso específico de “Dos para el mismo” estas mujeres no son la amante y la esposa, sino hermanas gemelas idénticas en el físico, pero opuestas en personalidad. Que sepamos, la tradición de los hermanos gemelos en Puerto Rico comienza con la mitología taína. Sugiere, como en la mitología, la dualidad en la personalidad del ser humano. Es un tema tentador.

Hay tres protagonistas en esta obra de dos actos: Roberto, esposo de Rosa, quien ha muerto, y Judith, la hermana gemela de Rosa, quien es bailarina y regresa de una gira por Europa. Si bien es cierto que nunca vemos a Rosa, está presente en escena por un retrato al cual Roberto le habla todo el tiempo. Roberto profesa por su difunta esposa, quien ha muerto de cáncer, un amor desmedido y presenta características de ingenuidad poco usuales en un hombre en cualquier momento de la historia humana. Pero, distinto a otras obras donde nos reímos del “bobito”, Roberto no nos hace reír por su ingenuidad, no es tonto, tiene las respuestas a flor de labios y no es fácil de engañar.

Conforme expresan los vivos Roberto y Judith, la difunta Rosa era una mujer de buena reputación, discreta y de

(Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)
En la obra “Roberto” y “Judith” son dos seres solos y desesperanzados. (Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

buen carácter. En cambio la hermana es promiscua, extrovertida al extremo de contar sus intimidades sexuales, y de muy mal genio. Roberto no soporta a su cuñada y le recrimina el haber abandonado a su esposa durante su enfermedad. Nos enteramos conforme la acción que la madre de las gemelas también murió de cáncer, y Judith, que parece superficial y desalmada fue quien se ocupó de ella, ya que Rosa no cuidó a su madre ni por equivocación.

Al leer el párrafo anterior podrían llegar a pensar que “Dos para el mismo” se trata de un drama al cual hay que llevar pañuelos. Pues no es así. La obra es una buena comedia de bombardeo de palabras con un diálogo ágil, cínico y, además, muy natural. El encuentro de Roberto y Judith, no solo es cómico, también es simpático. Las peleas no son señal bélica, sino antesala, o escondite, de sentimientos nobles. Se trata de dos seres humanos solos y desesperanzados que, a pesar de la amenaza de guerra entre los dos (hay una propiedad que han heredado y tienen conflicto), no pierden sus gestos cotidianos de humanidad, gestos que se escapan con sinceridad.

Era inevitable que esos seres terminaran enamorados. Pero no es fácil para ellos desarrollar una relación. Casi al final, Judith sospecha que está enferma de cáncer, Roberto lo descubre y huye de la misma manera que su cuñada huyó al enterarse de la enfermedad de su esposa. Pero Judith, quien termina conversando con el retrato de Rosa de la misma manera que Roberto, no tiene cáncer, y, decidida a que Roberto se quede en su familia, lo va a buscar. “Dos para el mismo”, comedia que recomendamos, divierte e inspira pensamientos sobre las relaciones humanas propios del momento en el cual estamos viviendo.

Carlos Vega (Roberto) lució muy convincente, muy seguro del personaje que creó, como autor y como actor. El fuerte de su actuación fueron sus reacciones, con las que logró conmovernos, además de hacernos reír. Joaellis Fillipetti (Judith) es dueña de una presencia olímpica que domina el espacio escénico y la voz. Fillipett entendió muy bien a Judith, logró trasmitir toda la sensibilidad de su controversial personaje, en todos los niveles. Aplausos.

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Carlos Vega interpretó a un “Roberto” convincente. (Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

El concepto del montaje, arena a cuatro lados, fue del director Héctor Méndez, quien elaboró una dirección ágil, justa e inteligente. Méndez no descuidó la estética ni su trabajo con los actores. Del director también fueron las luces, que cumplieron para los propósitos del montaje. La escenografía, responsabilidad de Vega y Méndez, fue sencilla y efectiva. También el vestuario, la utilería y el maquillaje, producto del colectivo.

La música, desde la ambientación hasta la seleccionada para la obra por Carlos Vega y Héctor Méndez, fue en verdad, hermosa. Canciones de amor de todos los tiempos en voces privilegiadas y canciones contemporáneas en español y en inglés. El público disfrutó la obra y aplaudió de pie.

La producción no tenía programa de mano y en esto no se puede escatimar. Aunque sea en copias de un papel escrito a mano, o una notificación que indique que los créditos de la obra se encuentran en alguna dirección cibernética, el programa no puede faltar por razones que ya hemos dicho y seguiremos señalando. Los montajes adquieren eternidad, no a través de la propaganda, tampoco de las entrevistas, sino a través de los programas de mano donde se imparte justicia histórica a cada profesional que puso su grano de arena para que se dieran las funciones.

Este proyecto de autogestión, o gestión colectiva, fue una presentación de Coribantes.

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