Recurso y talento en ‘Palabras encadenadas’

Por Alina Marrero
Para Fundación Nacional para la Cultura Popular

Una mujer está atada en un espacio que sugiere ser un sótano. Está secuestrada por un asesino en serie que no deja de decirle que la va a matar, después de mutilarla. Pero si juegan a “palabras encadenadas” y ella gana, la dejará ir. Si pierde, le sacará un ojo con una cuchara. Eso es lo primero que se revela en la obra del galardonado dramaturgo catalán, Jordi Galcerán, conocido por su obra (“El método Grönholm”), que toma su nombre del juego de palabras al cual se someten los personajes. No pasa mucho tiempo para que vayamos descubriendo el trasfondo.

Laura, así se llama esta mujer, es en realidad esposa de Ramón, así se llama el asesino en serie. Lo demás se

(Foto Javier del Valles / Escena Boricua)
Jorge Castro y Yamaris Latorre brillaron en la interpretación de los personajes centrales. (Foto Javier del Valle / Escena Boricua)

desarrolla como un juego de poderes donde nunca, a ciencia cierta, llegamos a conocer el porqué de la verdad, ni la verdad. La trama se enriquece de los hechos y no del porqué de los hechos. El foco es la relación de pareja y las pasiones sin punto medio que pueden derivarse desde ahí, personificadas al extremo. Pero no nos engañemos, puede ocurrir. El juego de palabras real ocurre solo dos veces en la obra, no obstante, las palabras encadenan el diálogo y la acción de principio a fin. El texto es efectivo. El autor domina las líneas ascendentes de tensión e intriga. Lo único que necesita esta pieza es un montaje que la sepa seguir.

“Palabras encadenadas” estrenó en 1995, y ese mismo año ganó el XX Premio Born de Teatre. Al año siguiente, ganó el Premio de la crítica Serra d’Or a la mejor obra en lengua catalana y el Premio Butaca en 1997. La obra se ha representado con éxito en muchas partes del mundo y se hizo en cine en 2003. En Puerto Rico, “Palabras encadenadas” tuvo su estreno el viernes 11 de septiembre, en la sala Carlos Marichal del Centro de Bellas Artes en Santurce, en una versión de Yamaris Latorre y Gilberto Valenzuela.

Fuimos a ver esta producción en la última función, domingo 20 de septiembre, a las cinco de la tarde. Cuando entramos en la sala, el ambiente en el escenario, dispuesto para teatro arena a dos lados, indicaba que algo raro iba a pasar. El piso estaba cubierto de plástico, y asimismo las paredes. Unas fotos de mujeres que no definían bien colgaban desde el techo. Había un televisor y una mesa de comedor rectangular manchada con sangre. La luz era tenebrosa. En la medida que entramos como público, nos fueron sentado en forma diagonal, casi metidos en el escenario y nos indicaron que no dejáramos espacios vacíos. Cuando esas sillas se llenaron, comenzaron a llenar las gradas de la misma manera. La disposición de las cosas y las instrucciones de los ujieres sugerían thriller y nos motivaron a mirar con detenimiento todo a nuestro alrededor. No había ventanas en la escenografía, había una sola puerta y estaba cerrada. No podíamos escapar.

Los personajes de esta obra son buenos y la obra descansa totalmente sobre ellos. El primer acierto de la producción fue escogerlos. La entrada de Laura (Yamaris Latorre) ocurrió a oscuras. Tuvieron que cargarla porque estaba amarrada con gaffer tape por los pies, las manos y la boca. Pensamos que la obra sería un esfuerzo descomunal, interior y físico, para la actriz, y no nos equivocamos. Latorre puso vida y corazón en su caracterización. Todo ese esfuerzo desembocó en una actuación redonda. Tal vez, y por decir algo, pueda trabajar y profundizar mejor con la propia credibilidad, la sorpresa (o falta de sorpresa por sospecha), ante la información cuando el hombre le confesó no ser el asesino en serie y que todo se trató de una venganza. Se trataba de una magna confesión que, conforme fueron develándose los acontecimientos, creeríamos o no. Sin embargo, esto no mermó ni opacó el todo de su muy buen trabajo. ¡Brava!

La entrada de Ramón (Jorge Castro) ocurrió por la única puerta, y con pasmosa naturalidad. No deseamos

(Foto Javier del Valle / Escena Boricua)
Los actores fueron dirigidos por Gilberto Valenzuela. (Foto Javier del Valle / Escena Boricua)

encontrar de frente a ningún asesino, pero de todos, es Ramón el que menos deseamos encontrar, ni siquiera en sueños. Mantenía una calma odiosa. Decía cosas terribles como se da una fría opinión, mientras colgaba fotos de sus víctimas y mostraba vídeos. Sin embargo, había algo en Ramón que nos hacía pensar que podría estar mintiendo, todo el tiempo, lo cual nos inquietaba y colaboraba con nuestra disposición a la atención. Esto último fue un logro del actor. Castro fue fiel a Ramón en todo el sentido de la palabra, hizo con nosotros lo mismo que su personaje hizo con Laura, lo que le dio la gana. Por momentos le temimos de muerte, en otras ocasiones lo compadecimos, y hasta llegamos a pensar, aun en la escena que ocurre detrás de la puerta, al final: “Miente, está mintiendo, los dos son bien embusteros”. Todos los momentos de Jorge Castro fueron excelentes, pero dentro de esos, los mejores fueron las transiciones hacia la ira, la cual, de repente, controlaba.

Si “Palabras encadenadas” requiere actores de recursos y talento, el trabajo sería, prácticamente imposible sin un buen director. Gilberto Valenzuela, también diseñador de la escenografía, posee los recursos y el talento, además de la experiencia, y los puso a funcionar. Su labor estética con el teatro arena a dos lados no tuvo errores, su tráfico escénico fue centellante. Utilizó cada área del espacio con sensibilidad. No obstante fueron ambos actores, el trabajo que, sin duda, hizo con ellos, su más grande acierto. Felicitamos a Valenzuela por esta dirección tan bien cuidada. Felicitamos también a Julio Ramos por coreografía y consultoría de enfrentamientos físicos y por la fusión lograda con los movimientos del director.

La regiduría de escena (Sharon Estela), importante en este tipo de montaje, estuvo bien coordinada. La grabación, edición y trabajo en general de los vídeos (Vance McLean) fueron efectivas. El diseño de luces (Pamela López) tuvo la misma sensibilidad de propósito en la línea del director. El vestuario y la utilería (Jessica Latorre) funcionaron muy bien para los fines del montaje. El maquillaje (Carlos Muñoz) cumplió.

El coordinador de medios para esta puesta en escena fue Raymond Gerena, quien también produjo la obra, junto con Yamaris Latorre, para Casa Productora, Inc.

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