‘Una ponka’ con contenido

Por Alina Marrero
Para Fundación Nacional para la Cultura Popular

“Una ponka de campito, sainete de mascaritas” de la dramaturga puertorriqueña Anamín Santiago, se anunció como “una comedia contra el desempleo que saca la risa de las peripecias del pueblo puertorriqueño para poder buscarse un peso ante los engaños de justicia, equidad y derecho que nos hace la clase gobernante del país”. Cuando fuimos, el pasado sábado 6 de junio al Ateneo Puertorriqueño a ver el montaje de esta obra, dirigido por la propia dramaturga, la popuesta se reveló como todo eso y más. Nos referimos, a la humanidad de los personajes y a la evidente línea que la autora, conocedora del teatro en todas las facetas, trazó con su trabajo desde Pirandello a Genet, máscaras y espejo incluidos. Santiago, abierta amante del teatro épico de Bertolt Brecht y del arte que pregona compromiso social y político, tampoco puede negar su solidaridad con aquello que explora lo concerniente a la lucha de clases dentro de las propias clases, en cuanto a valores humanos se refiere.

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Anamín Santiago y Luis Enrique Romero en una de las escenas de “Una ponka de campito”. (Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

“Una ponka de campito” es una comedia que hurga, a veces con irreverencia, en las profundidades de nuestra idiosincrasia ante algo más que el desempleo (y bastaría con el desempleo como realidad feroz), de esa humanidad compartida por las presiones que provienen de nuestro ambiente inmediato, en este caso específico, presiones familiares y sociales de un pueblo conservador y/o supervivencia en la guerrilla que implica una ciudad, conservadora también desde el punto de vista del caos. Nos convertimos en lo que nos han dicho que debemos combatir y, de hecho, hemos combatido. Ante la realidad del desempleo, hacemos lo que hemos ayudado (a veces con silencio) a combatir, a escondidas por vergüenza. No obstante, ganarse el sustento, aunque seamos varones que se visten de mujeres para interpretar cantantes famosas y montar sanites de sátira social, es algo que no tiene por qué avergonzar. ¿Cuál es la raíz de esa vergüenza? Sin duda, es el miedo a lo que somos capaces de hacer con todo el alcance de la definición. Pero la dramaturga no tiene miedo cuando le mete el dedo en la llaga a ese terror y nos pone a pensar en nuestra propia hipocresía en el mismo medio de la lucha de clases, la cual ella sí combate.
“Ponka” es una palabra que no encontramos en el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. Conforme nos enteramos, la palabra, cuya raíz podría ser la palabra punk, que definió un momento en década de 1980, fue acuñada en el ambiente LBGT para definir un estereotipo entre ellos. Entendemos que se refiere al joven homosexual muy afeminado que se viste con cierta particularidad masculina.

Hay dos historias paralelas muy poderosas en la trama, la que sucede en el escenario y la que sucede en la supuesta vida real. Pucho y Moncho, son dos trabajadores heterosexuales desempleados nacidos y criados en San Lorenzo. Para ganarse la vida, montan un espectáculo de transformismo el cual hacen en la noche gay de una barra de San Juan. Pucho interpreta a una ponka que boicotea todo el tiempo los números musicales del transformista, interpretado por Moncho. Para subir a la tarima, soborna a una DJ lesbiana y masculina. Una vez agarra el micrófono, la ponka se queja del rechazo que sufre por ser pobre, prieto y de campo por la comunidad gay de San Juan. Esta ponka no pudo estudiar en la UPR pero trabaja en el Capitolio, donde es hostigado por un Representante.

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El actor Samuel Otero Ramírez en su caracterización de La Calandria para la obra. (Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

Para poder trascender esta realidad, acude a su bruja, Elisa, una cubana, quien le hace una limpieza en el mar, frente al Capitolio. En todo momento (oda a Pirandello) pensamos que la ponka y el transformista son los personajes de la vida real en este argumento, hasta que una escena en el camerino entre Pucho y Moncho nos ofrece información. Pucho no es gay, está casado con una mujer y tiene hijos. Moncho tampoco es gay. Se quejan entre ellos de estar haciendo algo de lo que se avergüenzan, por el hambre de los hijos. No obstante, cuando salen al escenario, no vemos esa vergüenza, lucen divertidos, entusiasmados, felices, y hasta, por subir al escenario, la ponka soborna a la DJ. En realidad, ¿es la ponka quien soborna o es Pucho? ¿A cuál de los dos espectáculos, o historias, pertenece esta DJ? La dramaturga nos teje su trampa. La doble realidad de estos personajes se inclina ante la verdad, de eso que, definitivamente, (citamos a la autora) no lo puede solucionar ninguna promesa de equidad de género de ningún político. Anamín Santiago demuestra, una vez más, que ella es una gran dramaturga puertorriqueña contemporánea, seria, incansable, arrojada, valiente, fusionada con lo que defiende.

El montaje de “Una ponka de campito” ocupó tres tarimas y todo el espacio de la sala en el segundo piso del Ateneo. La dirección (Anamín Santiago) supo sacar lo máximo de los recursos en la sala y los actores, con estética en la forma y armonía en la profundidad. El aspecto técnico funcionó a favor del concepto del montaje en todo momento. La ambientación (Juan Angel Gutiérrez, Samuel Otero, Anamín Santiago, Willie Pérez Valentín y Ariel Quiñones Romero), bombillas de Navidad incluidas, era la recreación exacta de lo puede ser cualquier barra de esquina. Las luces (Verónica Rubio y Christopher Rubio), algunas caseras y a plena vista del público, colaboraron enérgicamente con esta ambientación. El maquillaje (Andrés Pacheco, Basilia Encarnación, Abdel Cortez), importante en este montaje, mantuvo la exquisita coordinación con todo lo anterior. Lo mismo diremos del vestuario (Iraida García, Anamín Santiago, Samuel Otero). Los cambios estuvieron excelentemente coordinados y las líneas que definían los personajes en maquillaje y vestuario, estuvieron bien establecidas. El sonido (Juan Angel Gutiérrez), siempre entró a tiempo y estuvo muy bien seleccionado.

Luis Enrique Romero supo destacar el patetismo de sus personajes femeninos (Amanda Miguel, Elisa la cubana) y la resignada desesperación contenida, también patética, de Moncho. Samuel Otero Ramírez (Ponka, Pucho) sobresalió en todos sus personajes y nos sorprendió muy agradablemente con su exacta interpretación de La Calandria, al final. ¡Muy bien! Anamín Santiago bordó a la pesada DJ, con la dureza al hablar y una forma de caminar que parecía anunciar el fin del mundo. Su corta participación fue llamativa y muy efectiva.

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“Una ponka de campito” se presentará como parte del Segundo Festival Al Fresco en la sala Beckett de Río Piedras. (Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

“Una ponka de campito” es una comedia con buen contenido y excelente construcción, concebida para ser presentada en los espacios que ofrecen las barras y los café-teatros, que demostró funcionar muy bien en una sala de teatro convencional. Este tipo de teatro, que cabe dondequiera, es perfecto para este momento de desempleo crucial. En tal sentido, dentro del señalamiento del desempleo para la clase artística, el cual es real, “Una ponka de campito” ofrece también una solución real.

“Una ponka de campito, sainete de mascaritas”, formó parte del Trigésimo séptimo Festival de Teatro del Ateneo Puertorriqueño dedicado al maestro Eduardo Bobrén, como una producción de Courage Weigel Inc., Verónica Rubio y el Ateneo Puertorriqueño. Volverá a subir a escena los días 25, 26 y 27 de junio, como parte del Segundo Festival Al Fresco en la sala Beckett de Río Piedras como una producción de Courage Weigel, Inc. Con esto comenzarán una gira por barras y pueblos del País. ¡Aplausos!

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