Excelencia en ‘La dama de las camelias’

Por Alina Marrero
Para Fundación Nacional para la Cultura Popular

Siempre nos entusiasma ir al Ateneo Puertorriqueño a ver el trabajo del Conservatorio de Arte Dramático (CADAP). Nos conmueve la efectividad de los montajes, los cuales se hacen con un mínimo de presupuesto, a veces, sin ningún presupuesto. No obstante, las producciones resultan de mucha calidad, y aunque la mayoría de las veces se trata de obras bien largas, no sentimos el tiempo y nos quedamos con deseos de más. Esto no fue la excepción cuando, el pasado domingo 29 de marzo fuimos a ver “La dama de las camelias” de Alejandro Dumas, hijo, en una adaptación de Roberto Ramos-Perea, quien también dirigió, presentada por la Compañía Nacional de Teatro del Ateneo Puertorriqueño.

“La dama de las camelias” (novela y obra de teatro) es un clásico de rigor, una joya del romanticismo francés con asomos de realismo. La novela fue escrita en 1848. Fue llevada al teatro por el propio Dumas, y en 1852, el compositor italiano Giuseppe Verdi puso en escena “La Traviata”, una ópera en tres actos cuyo libreto se basó también en esta novela, aunque no directamente, sino a través de una adaptación teatral. Es una de las obras de teatro más representadas y se ha llevado al cine en varias ocasiones. El tema, amar con respeto y devoción a una prostituta, aun en nuestros días, resulta descabellado. Sin embargo, y sobre todo en estos momentos, también resulta necesario. “La dama de las camelias” no ha perdido su vigencia.

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En esta versión del clásico de Alejandro Dumas, Melissa Reyes asumió el rol protagónico de Margarita Guatier. (Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

En el programa de mano de la producción que vimos el domingo se informa que la adaptación de Ramos-Perea, la cual tiene dos actos, inserta parlamentos y escenas de la novela y del guión de la película “Camille” de George Cukor, protagonizada por Greta Garbo, en 1936. Fiel a la intención de Dumas, Ramos-Perea creó, dentro de la estricta época, unas sutilezas que lograron una diferencia extraordinaria.

Haremos fusión de dramaturgo y director para señalar que, entre la infinidad de asuntos que podríamos destacar (el romanticismo francés nos es dilecto), por limitaciones de tiempo y espacio, al haber tenido que seleccionar, lo hemos hecho con los personajes. La Margarita Gautier de Roberto Ramos-Perea no es como las demás. Esta es, sutilmente, más descarada, más directa en su lenguaje corporal, más parecida a una mujer que se gana la vida con su trabajo, el cual no tiene que disimular. No obstante, mantiene la elegancia de los movimientos, la creemos culta, su atractivo va más allá de su belleza. Su prostitución no fue evidente en el elegante y decoroso vestuario que usó, tampoco en su maquillaje, ni peinado. Si Dumas dijo en su novela: El amor de una cortesana es más sincero que el amor de cualquier mujer, Roberto Ramos-Perea dice: Una prostituta es una trabajadora honesta que tiene derecho al amor. El derecho al amor, por cierto, es uno de los derechos humanos más debatidos y violados en la actualidad.

En esta adaptación, Margarita Gautier no muere al final. Con el Adagio de Albinoni en segundo plano, finaliza Margarita con los brazos extendidos hacia el cielo, abrazada en adoración por Armando Duval, reclamando una inmortalidad que puede ser, o es, simbólica, pero que se nos antoja creer como verdadera. Este final resulta ser sutilmente revolucionario, sobretodo en el plano del romanticismo, donde uno de los amantes tiene que morir y el otro tiene que visitarlo al cementerio. Nanine no llega a decir: “Tus pecados son perdonados porque has amado”.

Ramos-Perea no cree bajo ningún concepto que haya que perdonar a una mujer enferma de tuberculosis que lo que ha hecho es trabajar. Margarita declara su deseo de vivir, Alejandro Dumas, hijo, no se molesta por esto y Ramos-Perea logra un final que puede superar la extraordinaria “muerte que no creemos muerte” de Greta Garbo en la película de Cukor. Muy inteligente aportación de Roberto Ramos-Perea a un texto sin comparación, el cual el adaptador, cómplice del autor, conoce como a sí mismo.

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Edgar Quiles en su caracterización del padre de Armando Duval. (Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

La fuerza de Nanine, otra trabajadora, en esta adaptación también es diferente. Esta fuerza eleva a este personaje, de secundario, a un nivel intermedio entre secundario y principal, o a una participación destacada muy especial. Los extras que se otorgaron a la criada de Margarita Gautier fueron mucho más que efectivos, no solo porque a través de ella se vio más de la novela, sino porque Ramos-Perea expuso lo que él deseaba destacar. Se añade el hecho de la excelente interpretación de Sonia Rodríguez, quien sobresalió en todo momento. Nanine nos pareció genial. Una evidente aportación de Ramos-Perea en su adaptación es el parlamento de la hija puta. La palabra puta se repite con fervor, lo cual añade certeros toques de verdad.

Ramos-Perea eliminó el personaje de Julia y lo fundió con Prudencia, la mujer mayor que hace sombreros, y lleva las cuentas de Margarita Gautier. También, hizo crecer el personaje de Gastón y añadió luces en el personaje del Conde de Saint-Gaudens.

La dirección de Roberto Ramos -erea fue tan delicada y sutil como su adaptación, en rondas frustradas que volvían, una y otra vez, a comenzar. En el sentido de la apariencia, los actores fueron muy bien seleccionados. Se dice que la novela está inspirada en el romance que el propio autor mantuvo con Marie Duplessis, una famosa cortesana de la época, quien, por los retratos que existen, sabemos que fue una mujer muy blanca, alta, delgada, de pelo oscuro y rara belleza. Melissa Reyes, aunque su piel es más oscura, cuadra con esa definición. Como actriz, los mejores momentos de Reyes se desarrollaron en la escena con el padre de Armando Duval, y segundos después, con Nanine, en la escena de la carta. Podría, tal vez profundizar en momentos de emoción contenida y trabajar con los matices de su potente voz.

Ricardo Santiago interpretó a un Armando Duval preciosamente ingenuo, le creímos. Podría, tal vez, no tener tanta prisa en momentos donde la profundidad es de rigor. Andrés López Sierra le añadió al Duque su elegancia y sus mejores momentos fueron aquellos donde no lo podíamos soportar (al Duque). Luis Javier López, con su vibrante voz y talento innegable, hizo que el Conde de Saint-Gaudens brillara con luces de neón. Mayra Echevarría interpretó una Prudencia convincente, lo mismo decimos de Nelson Alvarado Jiménez con su Gastón. Edgar Quiles Ferrer sabía lo que estaba haciendo, tomó las riendas de Ernesto Duval, tanto en la fuerza de la acusación como en la ternura de esa comprensión que no puede comprenderse.

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En esta versión, la trama final rompe con las propuestas tradicionales. (Foto Alina Marrero para Fundación Nacional para la Cultura Popular)

La música de este montaje (Verdi, Beethoven, Giazzoto), seleccionada por Melissa Reyes, fue bellísima, acertadísima. Verónica Rubio logró sus detalles con las luces del Ateneo. El vestuario estuvo de acuerdo con la década de 1840, muy bello. Señalamos que, no hubo mucha diferencia entre los vestidos de Margarita y Prudencia en la primera escena del segundo acto, ambas llevaban los mismos colores y esto debió tomarse en consideración.

La obra comenzó a las cinco y media de la tarde y terminó a las ocho y cinco de la noche. Fue una encantadora larga velada de romanticismo francés a lo Roberto Ramos-Perea que continuó con nosotros a nuestros hogares y sigue con nosotros hasta el día de hoy.

Felicitamos a la Compañía Nacional de Teatro del Ateneo Puertorriqueño. Deseamos que el Conservatorio de Arte Dramático continúe haciendo justicia con su presencia y viva en el quehacer teatral isleño por la eternidad. ¡Lo necesitamos!

“La dama de las camelias” forma parte del XXXVII Festival de Teatro del Ateneo Puertorriqueño dedicado al maestro Eduardo Bobrén Bisbal. El festival es libre de costo y presentará distintas producciones puertorriqueñas hasta septiembre. ¡Lo recomendamos!

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