‘Dulce vigilante’: tres artes, tres generaciones

Por Gabriela Ortiz Díaz
Para Fundación Nacional para la Cultura Popular

Hay historias que nunca mueren y el arte es capaz de amarrar la esencia de cada estampa del ayer en un solo tiempo presente. Cual línea temporal que desvanece con la brisa, en “Dulce Vigilante: Remembranzas de la Región Oeste de Puerto Rico” las divisiones generacionales se esfumaron al interconectarse en tres ramas del arte: escritura creativa, trova y dibujo.

Este libro, publicado el año pasado, guarda las vivencias que tuvo Carmen Idalia “Aida” Cruz en la zona oeste del País durante las décadas del 1930 al 50, las décimas que compuso su hija Lourdes Pérez en honor a esas anécdotas del pasado y los trazos en tinta negra con los que la joven Andrea María Carnaval ilustró las memorias de su abuela. Estas tres mujeres nacidas en el oeste del País eliminaron las fronteras generacionales de su familia y se han unido en el arte para perpetuar las tradiciones del pueblo puertorriqueño.

Tras la lectura del libro, se percibe que “dulce Vigilante” se refiere a cualquiera de las centrales azucareras de Puerto Rico que se elevaron como madres protectoras para muchos obreros por representar un hogar en el que pasaban la mayoría del tiempo y en el que vivían muchos acontecimientos que hoy son parte de nuestra historia de pueblo.

Aida Cruz fue maestra en los pueblos de San Sebastián y Moca desde los 18 años, profesión que ejerció por más de tres décadas, además es costurera de ropa de bebé y pañuelos típicos de la región. Por sus partes, Andrea María Carnaval es artista visual, y Lourdes Pérez se destaca como cantautora y poeta, facetas que le han posibilitado cantar a dueto con distintos exponentes de la música como la aclamada Mercedes Sosa.

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La obra presenta a través del arte un viaje nostálgico y de reflexión. (Foto suministrada)

Las historias que aquí se relatan están vistas a través de los ojos de Aida, pero al igual que Lourdes y Andrea las hicieron suyas al momento de desplegar sus talentos artísticos, la narración simple y tierna invitan al lector de estos tiempos a recordar, a vivir el Puerto Rico del pasado en carne propia.

Como un álbum de fotos, cada página del libro va construyendo un nuevo referente. La estructura de este permite que los lectores organicen las vivencias que van leyendo pues contiene 10 segmentos subtitulados: “Personas y personajes”, “Los talleres de la aguja”, “El ganado”, “Las serenatas”, “Mila y su jardín”, “Héroe”, “Viaje en tren”, “Por mis caminos: maestra rural”, “Realidad y fantasía” y “La central azucarera”. Cada parte aglomera la letra de una de las composiciones de Lourdes, además de los dibujos de Andrea relacionados con cada estampa. También, un disco compacto complementa el texto; las décimas aparecen musicalizadas con las voces de la propia Lourdes Pérez y de su hermana, la también músico Miriam Pérez. La armonía de entonaciones responde a la complicidad del cuatro puertorriqueño, manejado por el gran Tony Mapeyé, quien con su ejecutoria transporta al oyente a los campos del oeste de Puerto Rico. Para hacer accesible el libro a más personas, uno de los apéndices expone la traducción al inglés de todo lo que aparece escrito.

Esta obra hilvana con delicadeza el tiempo pasado con el presente, no solo porque la hija y la nieta acoplan sus artes a las estampas de Aida, sino porque la misma que nos cuenta sus vivencias finaliza cada uno de los escritos transportándose a la actualidad. En un intento por arrastrar a los ojos y las mentes de los más jóvenes lo que presenció, Aida culmina sus narraciones develando un profundo deseo de rescatar le esencia de aquellos tiempos y convertirla en una fuerza tangente para los puertorriqueños de ahora. Por eso, rebuscar en las memorias o conocerlas de cerca son las intenciones de este proyecto en tres ramas artísticas.

Unas décimas impregnadas de poesía rinden homenaje a las estampas que escribió la madre de Lourdes Pérez. Basta con fijarse en versos como: “y porque la vida empuja/ para ganar el bocado/ decoraste con brocados/ los tallares de la aguja”, para notar que esta artista de la palabra construyó poesía con las vivencias de Aida. Esas líneas en específico se refieren a la abuela de esta cantautora y, en extensión, a todas las mujeres “compositoras de trajes” y “arquitectas de la tela”.

Asimismo, resalta la décima “Bordeando memorias”, la cual responde al cuento “Viajando en tren”. En la estampa Aida añora los años en que un tren recorría la Isla entera y era el principal medio de interconexión entre la ruralía y la ciudad, además intenta avecinar al presente las anécdotas que eran parte de esa cultura del transporte colectivo: “Espero que algún día podamos disfrutar otro tren, como antes, aunque no estén los cañaverales, ni sus centrales azucareras…”. Con pura poesía, Lourdes deseó insertarse en ese recuerdo y pensarse viviéndolo junto a su madre: “Tú, bordeando tus memorias/yo añorando tus historias/madre e hija en el vaivén/ Tú, como diciendo, ‘ven, y mira desde mis ojos…’/ Y yo aferrándome a ti/ Rogando que el tren demore/ Y detenerme en tus mejores/ Caminos de juventud…”.

Otras líneas significativas de “Dulce Vigilante” son: “Ya la central no suena, permanece muda. Su sirena no despierta a nadie”. Dentro de la estructura de la estampa titulada “La central azucarera”, estas sirven para marcar un cambio en la narración: ese tiempo en que se ha recogido toda la cosecha y se espera a que nazca la próxima. Sin embargo, extraída de la estampa, la cita encierra un recóndito pesar por la ausencia de ese elemento característico de un Puerto Rico del ayer. El fin y el comienzo de la molienda marcaban el estado de ánimo del pueblo porque además de significar la fuente de ingresos económicos, para los puertorriqueños de la época la cultura del trabajo pesaba grandemente. Estar entre la caña de azúcar o de cualquier otro sembradío, alimentaba las vidas de nuestros antepasados. El final del cuento de Aida, sin duda alguna, extiende una visón esperanzadora a los lectores, a quienes los invita a revivir los tiempos de las centrales para “saborear la caña, su azúcar, su miel”.

La producción de este libro provocó un apego inigualable entre madre e hija; se percibe en la letra de “Agua de espejos”. A raíz de la estampa “Realidad y fantasía”, Lourdes escribió “mi sombra tiene un reflejo/ Y desde lejos mira el ayer”. El cuento narra que durante la niñez, Aida se divertía reflejándose en las charquitas. Ahora, con armoniosa estrechez, la sombra de Lourdes se refleja en los recuerdos de su madre y, desde la distancia, ambas aprecian el ayer. Ayer que transcurrió ligero como pasa con el agua, pero que al igual que esta siempre desemboca y se vierte en alguna cercana lejanía.

He aquí tres voces de mujeres puertorriqueñas: la de Aida, que resonó como eco en la creatividad de Lourdes y Andrea, y las de estas últimas dos, que con sus respectivos talentos se han encargado de refrescar la historia del oeste del País. Son tres mujeres de distintas generaciones que, como bien canta Lourdes, “imparten saber a sus tradiciones” y le “rinden loores a nuestra cultura”.

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