Jacobo… Gracias por tus flores

Por Chemi González
Para Fundación Nacional Para la Cultura Popular

El pasado jueves 11 fue uno de exaltación y júbilo para la Universidad de Puerto Rico y para el país en general. Ese día nuestra principal institución académica honró con un doctorado honoris causa en Humanidades a un tesoro nacional, a una figura sin la cual sería imposible comprender la cultura nacional de las últimas décadas: al señor Jacobo Morales.

A las 10 de la mañana era la cita concertada en el Anfiteatro núm. 1 de la Facultad de Estudios Generales. Entremezclados amigos, estudiantes, profesores y parroquianos que querían ir a honrar al maestro llenaron el anfiteatro. Media hora más tarde irrumpió el claustro, junto con las autoridades universitarias y el homenajeado en el desfile correspondiente. A Jacobo se le dio un aplauso cerrado y sonado.

Acto seguido se pasó a la ceremonia protocolar que se distinguió precisamente por la ruptura de protocolo y, por el contrario, rebosó de la informalidad, simpatía y franqueza que distinguen al maestro. El Rector del Recinto de Río Piedras rompió el hielo destacando la valía de Jacobo como poeta, guionista, actor y defensor incansable de la patria y nuestro patrimonio. El presidente de la Universidad, Uroyoán Walker Ramos, por otro lado destacó la trascendencia plena en el plano artístico de Jacobo a través de su incomparable trayectoria de 65 años de carrera. Lo llamó nuestro “Hidalgo” refiriéndose al icónico Don Quijote de la Mancha. Jocosamente nos recordó de las décadas de diversión que a través de su pluma y presencia nos ha regalado a tantos espectadores televisivos. De hecho, bromeó diciendo que pidió expresamente a la Junta de Gobierno de la Universidad que no vistieran a Jacobo con toga blanca – por aquello de no confundirlo con el recordado “ángel guardián” del programa “Esto no Tiene Nombre”- y claro destacó por igual su innegable contribución al séptimo arte como el cineasta más importante de nuestro cine nacional, aún en constante cierne.

Semblanza de un Maestro –

El profesor y cineasta Alfredo Rivas fue el encargado de leer la semblanza del homenajeado. Portando una vena de humor irreverente, Rivas se

Portada del libro publicado en la década de 1970. (Foto suministrada)
Portada del libro publicado en la década de 1970. (Foto suministrada)

imaginó y nos imaginó a todos los presentes en una máquina del tiempo en la que desde 2089 se recordaba el centenario de “Lo que le pasó a Santiago” recalcando el hecho de que es la única película puertorriqueña nominada a un premio Oscar en la categoría de Mejor Película Extranjera, y reflexionó acerca de la importancia de que se rectificara el derecho de que Puerto Rico pueda competir como nación autónoma por ese premio, derecho que le fue usurpado hace algunos años. Desde 2089, a través de la máquina del tiempo de Alfredo, se recordaba aquel 11 de diciembre en que homenajeamos a Jacobo en la Universidad, inclusive desde 2038 un viejo Alfredo Rivas a través de una carta rememoró ese día. Máquina de tiempo aparte, Alfredo Rivas reiteró que el cine de Jacobo es uno de los reflejos más acérrimos, ácidos, hilarantes y veraces de nuestra compleja realidad colonial isleña- desde su guión de la versión fílmica de “La criada malcriada”, a sus seis largometrajes como escritor y director-. De su trabajo por décadas como humorista en la televisión y como uno de los fundadores del ya mítico y siempre necesario grupo de sátira política Los Rayos Gamma destacó a Jacobo como un pionero del verbo cómico e inclusive como el creador de una posible “post comedia” puertorriqueña. De su experiencia personal y la influencia que Jacobo ha ejercido en él como creador destacó que el maestro siempre ha instigado a sus compañeros artistas a ser críticos y honestos para con sí mismos.

La participación del profesor Rivas arrancó otra ovación cerrada de los asistentes, después de sus palabras Tania García Ramos, decana de asuntos académicos del recinto recalcó que el profesor Rivas lleva 15 años como profesor del recinto de Río Piedras bajo contrato. Reclamó que se une al de restaurar y reevaluar la siempre amenazada oferta de cursos de cine y comunicación audiovisual en el recinto.

Un Jacobo visiblemente emocionado y al que no le cabía la felicidad en el rostro tomó la palabra. Su discurso fue uno breve pero con la emotividad, la franqueza y la dignidad que lo caracteriza. En el rememoró sus comienzos en el recinto riopedrense, la importancia que este tuvo en su formación no solo al participar de numerosos montajes teatrales como estudiante sino también como espectador de luminarias como el mimo francés Marcel Marceau y la bailarina cubana Alicia Alonso en los tiempos de gloria del Teatro de la UPR. Prosiguió su mensaje de amor al recinto que le homenajeaba recalcando la importancia de mantener la autonomía universitaria y la política partidista fuera de la Universidad, además a viva voz reclamó que no cesen los reclamos por la libertad de nuestro preso político Oscar López Rivera. El aplauso fue rotundo.

Aplauso que fuera retomado y con creces esa misma noche con la presentación de “Muchas gracias por las flores” en el Teatro de la Universidad, ese en que Jacobo comenzó y aprendió tanto. Como quién dice, volvió a sus orígenes a recibir el aplauso de un pueblo agradecido. Esta pieza fue la primera obra de teatro escrita por Jacobo. Su puesta original en escena se dio en 1973; fecha desde la que no se reponía. Tras esa ocasión Jacobo ha delineado siete obras teatrales adicionales y muchos más laureles ha acumulado por su prolífica labor en el arte nacional. Resulta peculiar el hecho de que esta obra no haya sido repuesta en 41 años, tratándose a nuestro entender de uno de los textos más complejos, poéticos y elaborados de nuestra dramaturgia nacional de las pasadas décadas. Un texto que no ha perdido nada de su vigencia.

Con vigencia los cinco monólogos –

Según el propio autor se trata de “Cinco alegres tragedias” cinco monólogos en que diversos personajes, de diferentes edades, circunstancias y estratas sociales – siempre con flores – como hilo conductor exploran pelean, se reconcilian y nos exponen sus diversos demonios y contradicciones. Además de las flores como concepto/objeto unificador, los grandes temas de la fragilidad de la salud mental, la memoria y la muerte dan cohesión a la propuesta. En la puesta en escena original Jacobo interpretaba los cinco personajes. En esta ocasión se reservó para sí mismo uno de los monólogos, legando los demás a Teófilo Torres, Miguel Difoott, Israel Lugo y Carlos Miranda.

En el primer monologo “¿Habrase visto cosa más hermosa?” Teófilo Torres interpreta a un recién estrenado viudo que agradece las flores y gestos de cariño ante la muerte de su amada. Las flores según su amada serían en su muerte la perpetración de su vida, desafiando toda explicación metafísica. Como nos tiene acostumbrados Teófilo dominó cada uno de sus momentos en escena arrastrándonos irremediablemente al particular dilema de su personaje.

El propio Jacobo se reservó probablemente el mejor de los monólogos con ” Es tan sencilla mi vida” en la que un viejo enfermo mental se

Jacobo representó uno de sus monólogos. (Foto suministrada)
Jacobo representó uno de sus monólogos. (Foto suministrada)

regodea en su condición de loco, argumentando que mucho la prefiere ante una aparente estable y “normal” condición de condura. Al ser loco no tiene nada que perder ni espera nada de la vida, contento de podar y cuidar su muy colorido jardín de flores. Irrumpe en su soliloquio la voz de su supuesta “amada” de quien aseguraba lo amaba con pasión pero que en realidad lo ha tratado con un desdén y un desamor a tal grado que probablemente desembocó en su actual locura. El monólogo juega de tal modo con la audiencia y la noción de la locura del protagonista que, aunque el loco viejo nos narra literalmente como asesinó a su amada, nunca sabemos si estamos o no viendo dicho momento en escena. Claro está ante sus ojos él está libre de culpas porque su vida es “tan sencilla”. No nos resulta difícil ver en este monologo la semilla de la galardonada “Lo que le paso a Santiago” en donde el protagonista Santiago (Tommy Muñiz) reencuentra el amor a su tercera edad con una misteriosa mujer (Gladys Rodríguez) que resulta ser una enferma mental y decide aceptar tal hecho ante el consejo del investigador Arístides Esquilín (interpretado por el propio Jacobo) en la más memorable línea de una película de por si memorable: “La felicidad es la capacidad de vivir con alegría, aunque esa alegría pueda confundirse a veces con la locura”.

“Tic Toc” es el tercer monólogo de la pieza, esta vez interpretado por Miguel Difoot quien encarna al Conde de Lavartien, que vive encerrado en su mansión opulenta, aparentemente rehuyendo a sus deberes diplomáticos y supuestamente esperando que llegue el ramo de flores de su futura esposa para poder cumplir con la ceremonia de su matrimonio. Las flores no llegan y la desesperación crece en El Conde, torturado por las figuras difusas a su alrededor que incluyen las de su amada y su jefe militar. Al ser representados ambos por maniquíes y voces ausentes se enfatiza la posible disasociación del conde con su entorno y como buen cineasta Jacobo hace que con la interpretación de Difoot y los pocos objetos de utilería bien espaciados, nos imaginemos un cuadro visual completo de un castillo o una lujosa mansión venida a menos.

“Coño” es el cuarto monólogo, representado por Israel Lugo que encarna a Yayo, un indigente que intenta entrar a un cementerio en medio de la noche. El guardia de seguridad que nunca vemos lo increpa y lo intenta echar del cementerio al que llega con el propósito de llevar llevarle un ramo de flores a la tumba de su madre, el único ser humano que lo ha tratado con algún tipo de ternura en lo que ha sido aparentemente una difícil vida para el muchacho vagabundo. Madre e hijo tienen un quizás imaginado dialogo que resulta sumamente tierno, y Yayo es plasmado por Israel Lugo con ternura y compasión.

“Próximamente vendrá Bob Hope” es el ultimo monologo de la pieza y quizás el más intenso y el mas desprovisto de humor. Carlos Miranda encarna a un militar de alto rango que se dirige probablemente a un grupo de cadetes militares recién iniciados en el ejército. Gradualmente los síndromes del torturado militar se van develando alcanzando niveles violentos. Aquí la presencia de las flores se limita para dar paso a la revisión más directa, menos poética y humorística de una poderoso texto teatral que tiene a la cabeza el escabroso y temido tema de los estragos de la salud mental en los puertorriqueños- que si es tabú en el Puerto Rico de 2014 todavía, en 1973 era quizás tema innombrable-. A pesar de que el País no es aludido nunca directamente en los parlamentos, es intrínseca la sensación de que el autor habla sobre la abatida salud mental de nuestra sociedad, que parece estar permanentemente pendiendo de un hilo.

Incluso en este último monólogo y su disección franca y directa del tema militar se antoja pensar en la reacción inicial a éste en 1973, en torno a

El actor Carlos Miranda rememoró con su actuación los años de la guerra no declarada de Vietnam. (Foto suministrada)
El actor Carlos Miranda rememoró con su actuación los años de la guerra no declarada de Vietnam. (Foto suministrada)

un tema reciente en esa época como fueron los sucesos ocurridos en Culebra en 1970. Desde entonces, han pasado cuatro décadas en las que salió la marina de Vieques y hemos visto ofensivas militares entrar y salir de territorios como quien sale y entra de una casa. Hemos visto soldados nuestros salir a pelear en el ejército como parte del país invasor y volver trastornados, lacerados y heridos. Quizás por todo eso y más, éste se nos antoja como el más urgente y vigente de los cinco monólogos. El magistral tour de force en escena de Carlos Miranda acentúa todo lo antes expuesto y nos recuerda que es uno de los mejores actores de este país, uno que nos vemos con la frecuencia que deberíamos ver sobre nuestras tablas.

Jacobo demostró con creces ante todo porque debe de ser considerado un maestro completo de varios registros en el arte. La afinada y atinada dirección de actores, las voces de los talentosísimos Sara y Joaquín Jarque que complementaron los monólogos de más de una forma, los pocos elementos de utilería y ambientación de Bonita Huffman en escena bien escogidos y utilizados, la cuidada y atinada producción de la inseparable compañera de vida, lucha y arte de Jacobo, Blanca Silvia Eró, junto con el también sonidista Antonio Betancourt, unos diálogos y un lenguaje dramático a la misma vez accesible y poético. Todos esos elementos hicieron de “Muchas gracias por las flores” una experiencia memorable y una obra teatral que no debería de permanecer cuatro décadas más sin representarse. Muchas felicitaciones y gracias a la Universidad de Puerto Rico por conferir este honor al maestro e invitarlo a reponer tan importante obra teatral.

Y a Jacobo y a Blanca, gracias por sus flores… y ojalá nos regalen muchas, muchas más.

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