Certero Micro-teatro en la azotea

Por Alina Marrero
Para Fundación Nacional para la Cultura Popular

Vamos a confesarlo: los que amamos el teatro hemos soñado con hacerlo en nuestras salas, en las marquesinas, en los patios, en la esquina de la calle en que vivimos; y es posible que en nuestra niñez lo hayamos hecho. Pero hacer maniobras en una azotea, como en Mary Poppins, es el sueño de cualquier niño. ¡Teatro en una azotea! La sola idea nos emociona y nos alegra. De modo que cuando fuimos a ver “Micro-teatro en la azotea”, en el Centro de Estudiantes de la Universidad de Puerto Rico, en Río Piedras, el pasado 18, nos sentimos como si fuéramos a jugar con nuestros amiguitos, en complicidad.

El concepto Micro-teatro se originó en Madrid, España, no hace tanto tiempo. Sucedió que un grupo de directores, dramaturgos y actores retomaron un antiguo prostíbulo donde el Micro-teatro se desarrolló por dinero. Este concepto pretende hacer unas cuantas obras, de 10 a 15 minutos de duración, en forma simultánea. Esta idea fue rápidamente aceptada en muchos países como Argentina, Alemania, Francia y Estados Unidos. En algunos países, hasta se efectúan festivales de micro-teatro.

Teatro La Azotea es una compañía fundada por los puertorriqueños Alejandra Ramos y Heriberto Feliciano. Esta compañía fue creada en 2012 y debutó con Micro-teatro en la azotea, en la calle San Sebastián 213, del Viejo San Juan. A diferencia del ya establecido Micro-teatro, las obras (cuya duración fluctúa entre 15 y 20 minutos) son solo dos y no se presentan en forma simultánea. El proyecto ha tenido temporadas exitosas en sus dos años de edad.
No era en la azotea del Centro de Estudiantes de la Universidad de Puerto Rico, en Río Piedras, donde Ramos y Feliciano deseaban presentar sus obras cortas, sino en la azotea del Teatro de la Universidad. Así nos dijo Alejandra Ramos cuando nos recibió en la entrada de la azotea del Centro de Estudiantes. Al parecer, el cambio de espacio se debió a razones de seguridad. Era nuestro primer encuentro con este grupo de teatro y para nosotros el sitio era inmaterial: íbamos a jugar con nuestros amiguitos teatreros en una azotea que bien podía ser la de mi casa.

El encuentro con el ambiente fue feliz. Nos hizo creer que estábamos en la azotea de un edificio de viviendas, con tendederos y luces en colores. Había una tarima con una pequeña caseta de campaña, tipo nativo norteamericano, pero de hule. Teníamos deseos de entrar a la caseta y explorar por ahí. Por supuesto, nos contuvimos. El cielo de la noche dejaba ver unos rayos de vez en cuando que parecían ser parte de la ambientación. Amenazaba con llover, pero durante la primera función a la que fuimos, eso no sucedió. También ambientaron las copas de los árboles y los techos de edificios cercanos. Ver la Universidad desde el techo nos regaló una sensación de dioses que miran hacia abajo. La experiencia fue buena desde el primer momento.

La primera micro-obra, ‘#numberoneguest’, contó con el preámbulo de Sabina (Norwill Fragoso), una muy joven empresaria de un eco camp. Se suponía que todo era natural en el hotel de casetas de campaña, muy rodeado de yerbas verdes; y Sabina, quien hablaba con un teléfono celular en la mano, lo tenía todo controlado a través del internet. La muchacha estaba tan entusiasmada que asustaba. Esperaba su primer cliente como una novia que espera a su novio en el altar. Entonces llegó Verónica (Cristina Sesto), pesada y malhumorada, le apestaba la vida y no tenía intención de disimulo.

En la medida del desarrollo de la obra, nos enteramos que Verónica sufría de adicción a la tecnología moderna y estaba en el eco camp en una especie de detox que ella misma se había recetado. No quería saber nada de computadoras, mucho menos de teléfonos celulares; y Sabina no dejaba de aludir y acudir a su celular en la misma cara de Verónica. La empresaria, quien no pegaba una sola con su primer cliente (hasta el zipper de la caseta se encajó), decidió, al final, cambiar su concepto de eco camp a un centro de terapia para adictos a la tecnología moderna. La situación era comiquísima por real y los diálogos fluían con naturalidad. Ambas actuaciones fueron muy convincentes. Entendemos que lo que vimos fue un acierto de principio a fin y no descartamos la posibilidad de convertirnos en clientes de este centro en algún momento.

En la segunda micro-obra, ‘Buscando el norte’, conocimos a Mauro (Eric Yamil), un joven en sus 20, que está celebrando un cumpleaños con su familia a través de un teléfono celular. Mauro, quien aparentemente escapa de la desabrida cotidianidad en una azotea, intenta abrirse camino en una ciudad, lejos del calor de las personas que ama. Esto, que puede liberarlo, también lo encadena. Está lleno de frustraciones, considera abandonar sus sueños, no sabe qué hacer con su vida. Esta situación es, tristemente, compartida por muchos jóvenes en la vida real.
De repente, apareció Caridad (Magali Carrasquillo), muy espiritual a lo new age, todo es positivo, todo es bello, todo debe tener olor a incienso. Caridad, una mujer en sus 40 o 50, quien además de licor trae una urna funeraria, abraza al joven y trata de brindarle motivos para afirmar que la vida puede ser bella si seguimos nuestra voz interior. Caridad celebra lo que fue la vida de las cenizas que carga en la urna funeraria; y poco a poco contagia al muchacho con esperanza. Ese encuentro generacional nos pareció hermoso y efectivo. Nos conmovió la visión de la joven dramaturga sobre las personas de mayor edad, capaces de encender la llama de valentía en los jóvenes con una sonrisa en los labios y abrazos. Los actores nos hicieron amar a los personajes que interpretaban. Les creímos.

Ambas obras resultaron comentarios sinceros sin pretensiones, pero muy certeros, de la vida moderna, acierto de la dramaturga Alejandra Ramos, quien dirige las obras junto con Heriberto Feliciano. Ambos montajes fueron ágiles. Tal vez ‘#numberoneguest’ resultó ser una pieza más completa, por su desarrollo y novedad.

Esta producción tuvo un diseño de escenografía e iluminación de Kiara M. de Jesús y un diseño de utilería de Noelia Loiz. El vestuario era de Teatro la azotea y elenco. El diseño gráfico fue de Jorge Sierra.

En definitiva: pasamos un buen rato en la azotea del Centro de Estudiantes de la Universidad de Puerto Rico, en Río Piedras.

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