| Paquito López Vidal revolucionó el sonido
de las orquestas puertorriqueñas
Por Miguel López Ortiz
Fundación Nacional para la Cultura Popular

El legado de Paquito López Vidal ha trascendido el tiempo.
(Foto colección Miguel López Ortiz) |
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Se cumplió un siglo de su nacimiento y consideramos que, tratándose de una figura tan importante en nuestro pentagrama popular, tal efeméride no debía pasar desapercibida. Porque Francisco Rafael “Paquito” López Vidal no sólo legó un amplio y valioso repertorio al cancionero boricua – y latinoamericano en general – en el que resalta cerca de una docena de estándares, sino que también estableció varios precedentes muy interesantes.
Por ejemplo, como ejecutante del saxofón, no pocos conocedores lo califican como el primer especialista del tenor que alcanzó categoría de virtuoso. También, fue el primero que ejecutó el barítono en orquesta de Puerto Rico. Como arreglista – considerado uno de los mejores en cualquier época –, fue quien introdujo tales sonidos en la orquesta de baile boricua. Lo sorprendente y significativo de su caso es el hecho de que no tuvo maestro en este instrumento. Aprendió a ejecutarlo de manera autodidáctica en tiempo récord: ¡apenas un mes le tomó descubrir sus secretos! Entonces contaba 16 años y recién emprendía su carrera musical formando parte del conjunto dirigido por el clarinetista y saxofonista alto utuadeño Francisco Carballo que amenizaba las tandas de películas mudas que proyectaba el Teatro Luna, del Viejo San Juan. Se puliría sobre la marcha. Tocándolo.
Claro: ello le hubiera sido imposible de no haber tenido preparación musical previa. Paquito era mandolinista y violinista. De todas maneras, esta circunstancia no le resta en lo absoluto a su condición de genio. Porque, sea como sea, la técnica del saxofón es muy distinta a la de cualquier instrumento de cuerdas.
“El maestro Carballo me había sugerido que aprendiera a tocar algún instrumento de viento, porque en aquel tiempo los músicos especializados en ellos tenían mayores oportunidades de trabajo en los cines y de encontrar cabida en las bandas y en las orquestas de baile. En cambio, habían demasiados violinistas y pianistas. Un día que pasaba por la Calle De la Cruz, en el Viejo san Juan, me detuve frente al Bazar Luna porque me llamó la atención un saxofón alto marca Wurlitzer que exhibían en la vitrina. ¡Era precioso… y el único que tenían disponible! Pensé en el consejo de Carballo. Sin pensarlo mucho, aunque no tenía el dinero para comprarlo, decidí que sería para mí. El hecho de que fuera carísimo, $300 (una fortuna en aquel tiempo) incluyendo el método para quien no supiera tocarlo, como yo, me representó mala suerte por un lado y buena suerte por otro. Mala, porque tuve que hacer malabares y hasta pasar hambre para juntar el dinero que necesitaba y buena, porque, precisamente por ser tan caro, nadie lo compró mientras yo hacía el esfuerzo por conseguir los chavos. Así que me dieron tiempo para compralo”, narraba el maestro López Vidal durante la entrevista que concediera a este redactor, entonces director de la revista Artistas, en agosto de 1985.
Aprendió a ejecutar el saxofón, sin maestro… ¡en apenas un mes!
Este gran músico puertorriqueño vio la primera luz en Caguas, el 1ro. de febrero de 1908, pero casi acabando de nacer fue trasladado a Cayey, de donde era originaria su familia. En aquel municipio transcurrió su niñez. Siempre se identificaría como cayeyano, aunque a los doce años de edad ya radicaba con su familia en San Juan. Comenzó a adiestrarse como músico cuando contaba ocho, bajo la tutela del profesor Clodomiro Rodríguez Colón – insigne autor del one-step, de imperecedera vigencia “Alma boricua” – siendo la mandolina su primer instrumento.
“Empecé a tomar clases con la mandolina que había pedido a los Tres Reyes Magos. Aprendí a tocarla rapidito y no la soltaba. Hasta dormía con ella. Pienso que nací para ser músico porque me sentí cautivado por este arte desde que tengo uso de razón. Pero, a menudo me comentaban que muy pocos conjuntos usaban este instrumento y que, si mi intención era dedicarme a la música en serio, debía aprender alguno de los instrumentos regulares en las orquestas y conjuntos. Me decidí por el violín y el mismo maestro, don Clodomiro, me enseñó lo básico y, ya en San Juan, durante algún tiempo, recibí clases de don Augusto Sanabria. Pero, mi principal maestro fue el trabajo. La calle, como dicen por ahí. En cierta manera, yo me considero autodidacta. Después, Carballo me decía del violín algo parecido a lo que antes me decían de la mandolina. Recuerdo que la tarde en que me le aparecí con el saxofón listo para tocar, por poco le da un infarto”, rememoraba mientras nos mostraba aquellos primeros instrumentos, mismos que conservaba en el pequeño espacio que, en su hogar en Río Piedras, reservó para guardar sus grabaciones y toda clase de recordatorios alusivos a su brillante carrera.
A la edad de 15 años, 1923, hizo sus pinitos a nivel profesional integrando el conjunto permanente del Cine Imperial, en Santurce. Pocos meses después se mudó al sanjuanero Teatro Luna, que ya les mencionamos. Durante aquellas mismas fechas se estrenó como compositor, siendo su primera obra “Amor, deja que sea para mí”, uno de los primeros boleros escritos por un boricua…. Aunque la mantuvo engavetada 17 años, hasta que en 1940 fue grabada por la orquesta de Rafael Muñoz en voz de José Luis Moneró, con un arreglo creado por él.

Don Paquito junto a su esposa Ana Luisa Rivero en 1985.
(Foto colección Miguel López Ortiz) |
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Su historial por las orquestas más estelares de nuestro País se desglosa de la siguiente manera: Carmelo Díaz Soler & Orquesta Euterpe (1929-1932); Ralph Sánchez & His Midnight Serenaders (1932-1934); Mario Dumont (1934-1935); Rafael Muñoz en el Escambrón Beach Club (1935-1942); Miguelito Miranda (1942-1943) y César Concepción (1947-1952). En el interín, formó parte de la Banda de la Marina de Estados Unidos (1943-1945) y, seguidamente (1945-1947), trabajó de manera intermitente con las de Armando Castro, la de Escambrón Beach Club dirigida por Rafael Alers primero y Rafael Duchesne después y la de Mario Dumont.
Siempre consideró su etapa más gloriosa la que vivió con la orquesta de Rafael Muñoz, pues durante su pasantía se desarrolló a cabalidad como arreglista, integrando con los hermanos Luis y Rafael González Peña y el pianista Rafael Elvira un equipo de orquestadores de ensueño. Al igual que los dos primeros, se alternaba con el saxofón y el violín. Aquellos se especializaban en el saxofón alto y también ejecutaban el clarinete.
“Con Muñoz empecé con el saxofón tenor. La sección de cañas de esa orquesta estableció pautas. Bueno… el equipo completo. Todos nos identificábamos con el trabajo colectivo. Y la mayoría éramos buenos compositores. A mí, nada más, se me grabaron 80 boleros. Mis favoritas siempre fueron ‘Pétalos de rosa’, que se estrenó en 1942 cantada por Vitín Garay – quien también me grabó ‘Reliquia’ – y ‘Mi loca tentación’, que estrenó Víctor Luis Miranda en noviembre de 1941. Pero, casi todas ellas las grabó después Moneró y mucha gente conoce más las versiones que él hizo que las originales”, comentaba.
_ ¿Prefiere esas canciones a “Espérame en el cielo”?, le preguntamos.
A todas mis canciones, especialmente las que fueron exitosas, las quiero como si fueran hijas. ‘Espérame en el Cielo’ es la más internacional y, claro, la que más satisfacciones y regalías me ha dado. Pero, la que más me emociona cuando la escucho es ‘Pétalos de rosa’. A veces me parece tan buena, que pienso que me la dictó otro compositor, mejor que yo, en un sueño. ‘Mi loca fantasía’ me provoca casi tanta emoción como esa”.
_ ¿Qué historia se esconde tras esa canción?
“Junto a mi compañero en la orquesta de César Concepción, Joe Valle, me había ido a Nueva York en 1952, pues a él se le hizo el ofrecimiento de crear de planta del Panamerican Casino, en Broadway. Aquel salón había sido un cabaret muy exclusivo llamado Diamond Horseshoe, que se hizo famoso porque el compositor y productor Billy Rose lo recreaba en una de sus comedias musicales. La cosa es Joe me convenció para que lo ayudara a organizarla y quedara como director musical. Allí conocí a un individuo que había perdido a su esposa en un accidente de tráfico, por lo que lloraba cada vez que la recordaba. Él decía que esperaba encontrarse con ella pronto en el cielo. Un día, durante el receso de la orquesta, escribí la letra basándome en la historia de aquel señor para un bolero que había compuesto meses antes y no estrenaba, precisamente, porque no le había hecho la letra”.
Joe la estrenó en un disco Seeco, en 1956. Muy poco tiempo después la registró Carlos Pizarro bajo la etiqueta Verne. Pero, las primeras versiones que trascendieron a todo el Hemisferio fueron las aportadas por el chileno Lucho Gatica y los mexicanos Pedro Vargas y Andy Russell. Éste último lo grabó tres veces, incluso lo dio a conocer entre el público anglosajón con una letra en inglés y bajo el título de “A Door to Yesterday”. Desde entonces, este bolero ha acumulado más de 200 versiones discográficas, incluso varias más en inglés y algunas en francés, portugués, italiano y hasta en japonés.
Su obra más allá de “Espérame en el cielo” -

El autor de este escrito, el periodista Miguel López Ortiz, junto a Paquito López Vidal.
(Foto colección Miguel López Ortiz) |
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Aunque las trascendencias de “Espérame en el cielo”, así como “Pétalos de rosa” y “Mi loca tentación” son innegables, pues han vencido las barreras del tiempo y se siguen grabando con frecuencia, otras de las cerca de 200 que componen su bella colección de melodías tuvieron un sitial especialísimo reservado en su corazón: “Antes de que te alejes”, “Estrella”, “Fue por tu pecado”, “Horas del ayer”, “Lágrimas del corazón”, “No me mires así”, “No te alejes de mí”, “Pecado es amarte”, “Toda una eternidad” y el danzón “Lena”…
“Me sorprendió gratamente que el Trío Vegabajeño, de Fernandito Álvarez, me grabara ‘Besos de hiel’, porque ese grupo siempre me gusto muchísimo, aunque nunca fui muy seguidor de e la música de voces y guitarras. Siempre me apasionaron las ‘big bands’. Pero esa grabación me emocionó. Fernandito también me grabó ‘Espérame en el cielo’, ‘Te arrepentirás’ y creo que dos o tres más”, revelaba nostálgico.
Al retornar a Puerto Rico, en 1956, a petición de la gerencia del Hotel Condado organizó el combo que alternaría con Pepito Torres Silva y su Orquesta Siboney, que era la oficial de la hospedería. Allí permaneció hasta 1974 – 18 años ininterrumpidos tocando diariamente –, cuando se acogió al retiro. Se recuerda que el pianista Pijuán inició su carrera integrando aquel conjunto a principios de la década de 1960. Don Paquito ejecutaba el saxofón tenor.
_ ¿Cuándo introdujo el saxofón barítono en la orquesta puertorriqueña?, preguntamos curiosos.
Al empezar con César Concepción en 1947. A diferencia de Muñoz, César estaba muy empapado del sonido y el estilo de las ‘big band’ norteamericanas porque había trabajado con algunas en Nueva York. Yo también, porque el jazz siempre me apasionó y seguía ese movimiento musical que se desarrollaba en Estados Unidos. El barítono no existía en Puerto Rico. Ni siquiera en bandas militares. Lo introducimos y creamos la sección de cañas más extraordinaria que ha tenido orquesta alguna en Puerto Rico. Si la de Muñoz era buenísima, la de César la superó”.
Aunque nunca dejó de componer, el maestro Francisco Rafael “Paquito” López Vidal se inclinó más por la poesía durante sus últimos años. Tenía poemas suficientes como para llenar dos libros. Falleció en el hogar que compartía con su esposa Ana Luis Rivero, en Río Piedras, el 14 de abril de 1994. Contaba 86 años de edad.
5/jul/08
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