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  San Juan, Puerto Rico ::

Ramón Fonseca: maestro ejemplar
de la impostación vocal


Ramón Fonseca González siempre fue identificado como un maestro sumamente exigente.
(Foto Colección Miguel López Ortiz)

A pesar de los resonantes triunfos que, como intérprete, cosechó en las principales salas de conciertos de su patria y en teatros neoyorquinos tan prestigiosos como el Town Hall y el Times Hall, fue en la enseñanza que el gran tenor lírico Ramón Fonseca González cimentó un sitial entre los consagrados. A tal punto que llegó a ser reconocido, en el campo latinoamericano, como el mejor profesor de la denominada técnica de impostación vocal. Este sistema permite el fortalecimiento del diafragma y de los músculos afonadores de la voz con el fin de desarrollar una proyección a flor de labios segura y redonda, así como el dominio de lo que en el bel canto se denomina “pase de la voz”. Dicho efecto se produce cuando las cuerdas vocales se encogen, permitiendo que la corriente de aire pase al registro agudo sin esfuerzo.

Este puertorriqueño excepcional nació en Humacao, el 29 de agosto de 1922. Era todavía niño cuando el tenor Estervino Doménech descubrió sus facultades artísticas tras escucharlo cantar en una función estudiantil. Fue éste su primer maestro y mentor. A la edad de 17 años tuvo la gran dicha de conocer a su ídolo, Antonio Paoli Marcano, aclamado por la crítica como “El Tenor de los Reyes y Rey de los Tenores” y considerado el mejor del mundo entre los afiliados al estilo dramático. Tras escucharlo cantar algunas arias, aquel insigne divo ponceño no vaciló en aceptarlo como discípulo en la academia que, junto a su hermana Amalia, recién había establecido en Santurce. Con el transcurrir del tiempo, la afinidad que se desarrolló entre estudiante y maestro llegaría a ser tan profunda que, además de convertirse en su alumno predilecto, Ramón Fonseca pasó a ser el más cercano amigo y confidente del gran Paoli Marcano. De hecho, fue éste quien le enseñó la técnica de impostación vocal.

“La base de esta técnica es el manejo del aire correctamente. El aire produce el sonido, por lo que la extensión y la intensidad de la voz para su desarrollo están sujetas a una embocadura donde se colocan diferentes formatos con las vocales U, O, E y la I. Dichas vocales van distribuyendo el aire adecuadamente y desarrollando la voz gradualmente”, explicaba este sabio maestro a quien fuera su discípulo, Roberto Pumarejo, en entrevista que éste le realizara para la edición 449 de la recordada revista Artistas, en octubre de 1995.

─ ¿Por qué no incluyó la vocal A?, le preguntó Roberto.


El maestro Ramón Fonseca González en una foto de archivo que data de la década de 1950.
(Foto Colección Miguel López Ortiz)

“La vocal A es nefasta para vocalizar, debido a que su proyección es abierta y mata el color y el timbre de una voz natural, anulando por completo el pase de la voz, ya que convierte el agudo en un antiestético y estentóreo grito sin uniformidad en su emisión”, le respondió, agregando que la técnica de impostación vocal retrasa el proceso natural de envejecimiento, si es repaldada por un comportamiento físico y mental saludable. En otras palabras, cero vicios (alcohol, abuso de amanecidas innecesarias, cigarillos y, mucho menos, drogas).

A raíz del fallecimiento de su querido y admirado profesor e íntimo amigo el 24 de agosto de 1946, Ramón Fonseca cayó en una gran depresión. En pos de encontrar algún alivio, decidió probar fortuna en Nueva York, convencido de que si alcanzaba el éxito, en gran medida honraría el recuerdo de aquel. La suerte le sonrió durante casi cuatro años. A lo largo de aquel período recibió siempre el más cálido aplauso de la exigente crítica neoyorquina.

Fue maestro de Gilberto Monroig y su hijo Glenn, Elio Rubio, Jesús Quiñones Ledesma, Danny Rivera, Lalo Rodríguez, Yolandita Monge, Eddie Santiago y muchas otras estrellas –

Desafortunadamente, la recurrente aparición de una alergia lo forzó a admitir, con profunda tristeza pero con valiente sentido de la realidad, que no podría mantener una carrera exitosa con unas condiciones vocales óptimas. Por tanto, en 1950 optó por dedicarse a la enseñanza. Y, tras ser admitido, con grandes elogios, por el panel seleccionador de la prestigiosa New York Singing Teachers Association – requisito indispensable para ejercer tal función en la Gran Urbe –, estableció su primera academia en Manhattan. Años más tarde, en reconocimiento a su aporte cultural, la NYSTA le conferiría un diploma declarándolo Miembro Vitalicio.

En 1958, el maestro Fonseca retornó a Puerto Rico y, adjunto a su hogar en Río Piedras, abrió su estudio de enseñanza de canto. Desde entonces, la lista de sus discípulos que alcanzarían fama nacional e internacional sería impresionante. Entre los que han descollado en la ópera y en la zarzuela figuran Jesús Quiñones Ledesma, Elio Rubio, Eusebio González, Roberto Camuñas y Mario Roche (tenores); Héctor López (barítono) y Ana del Pilar Pérez (soprano). Y, entre muchos otros exponentes de la canción popular, Gilberto Monroig y su hijo Glenn, Danny Rivera, Lalo Rodríguez, Sophy, Yolandita Monge, Eddie Santiago, Roberto Pumarejo y Lucianne Silva.

─ ¿Cuáles de sus alumnos le producen mayor orgullo?

“Son varios. Recuerdo con especial cariño al tenor Jesús Quiñones Ledesma, a quien preparé para que cantara convincentemente la opera ‘Otello’, de Verdi, en el Teatro de la Universidad de Puerto Rico durante la década de 1970. Y, en el presente, la soprano lírica spinto Ana del Pilar Pérez, que ha cosechado resonantes triunfos en las diversas zarzuelas en las que ha participado. En el campo popular, Danny Rivera y Lalo Rodríguez”.

─ En la actualidad, ¿cuáles cantantes líricos y populares usted considera muy completos?


Intantánea de 1957 en Nueva York donde el maestro Ramón Fonseca posa junto a Rafael Camuñas frente a una obra dedicada al tenor Antonio Paoli.
(Foto Colección Miguel López Ortiz)

“Justino Díaz, Pablo Elvira y Margarita Castro. El tenor César Hernández se perfila como un cantante de quilates, pero aún podría descubrir su mayor potencial vocal con el estudio de la técnica de impostación. Los consagrados Luciano Pavarotti y Plácido Domingo han deteriorado sus facultades por cantar óperas que no son coherentes a sus tesituras. Ejemplo: ‘Otello’. En lo popular, las técnicas que se utilizan dejan mucho que desear. El fraseo es deficiente y la voz la proyectan forzada, engolada, gutural o nasal, acompañada de gestos exagerados. Los agudos son gritos forzados sin musicalidad y sin uniformidad en el timbre. Esto no significa que no existan buenas voces, pero estas se deterioran prematuramente por su proyección incorrecta”.

A través de su fructífera trayectoria, Ramón Fonseca González siempre fue identificado como un maestro sumamente exigente que sólo admitía alumnos en los que, además de genuinas facultades, percibiera verdadera vocación artística. Esto es así porque, de acuerdo con su criterio – que es compartido por la mayoría de sus colegas y los conocedores – durante las últimas décadas son muchos los aspirantes al éxito que pretenden hacer carrera en el ambiente musical, no impulsados por la vocación, sino deslumbrados por el glamour que implica alcanzar la fama y la fortuna. Claro: al carecer de talento y no tener nada que aportar a la música, los más afortunados de ellos sólo lograr disfrutar de los consabidos “cinco minutos de gloria”.

A la pregunta que Roberto Pumarejo le formulara respecto a ¿cuáles elementos necesita un cantante para mejorar su calidad interpretativa y vocal?, contestó:

“No solamente para los cantantes, sino para toda clase de vocación artística: programas de orientación y reeducación sin ego alguno y una gran dosis de disciplina, sensibilidad y facultad creadora”.

El maestro Ramón Fonseca González falleció a consecuencia de dolencias propias de su avanzada edad, faltándole apenas 20 días para cumplir 86 años de edad, en Carolina, el pasado 9 de agosto de 2008. Le sobreviven su hoy viuda Diana, sus hijos Antonio, Gloria y Julián y su hermano Reinaldo.


24/ago/08

 

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